CONTRATAPA

DUELE

 Por Miriam Cairo

Hoy no tengo más para ofrecer que mi silencio.

Pero no es un silencio vacío.

No es el silencio de la censura ni del miedo.

No es un silencio venido de la opacidad o la omisión.

Es un silencio que tiene necesidad de nombrar

a Hugo,

a María Esther,

a Carlos,

a Adriana,

a María Emilia,

a Estefanía,

a Domingo,

a Roberto,

a Teresita,

a Florencia,

a Soledad,

a Juan,

a Débora.

Nombrarlos para abrazar a los que compartieron sus vidas, porque ese dolor es un dolor común a todos. Esto no quiere decir que vaya a doler menos, sino que hay brazos donde llorarlo.

Nombrarlos para llevarlos lejos de las frentes más ciegas.

Nombrarlos como una oración.

Hoy no tengo más, porque todo en la ciudad es silencio y fortaleza.

Los días pasan, Rosario.

El atardecer te cae sobre los hombros cada vez con más peso.

El amanecer te pone de pie cada vez con más heroísmo.

Los pájaros no ignoran los crepúsculos, pero cantan menos.

Los arcángeles que nunca existieron quieren venir con sus alas de cansancio, pero retroceden al ver que aquí los ángeles tienen ojos, gestos y corazón humanos. Los ángeles llevan café caliente a los otros ángeles que remueven escombros con las propias manos.

Se ha dado vuelta el universo, Rosario. Lo de arriba está abajo. Lo de abajo es alto y luminoso como el cielo.

Y la noche baja, luego de cada día, para sostener con las dos manos el silencio.

Ni siquiera las lágrimas hacen ruido.

Ni las necesidades.

Ni el suelo.

Ni los dolores.

Ni las jerarquías.

Ni las ideas.

Ni el río.

Ni los perros.

Ni los libros.

Ni los colores.

Ni las banderas.

Ni la desolación.

La impaciencia y la tristeza no hacen ruido.

La vigilia y la búsqueda no hacen ruido.

La solidaridad y el abrazo no hacen ruido.

Los errores cometidos no hacen ruido.

Y con todo su dolor a cuestas, la ciudad no cae.

La ciudad va y viene, continente, fraterna, solidaria, con el ojo del amor enfocado en sus hijos.

Es cierto.

Más allá hay otras formas.

Más allá no hay silencio, sino sordera.

Más allá rebotan quejas que no claman con dolor sino con furia.

Pero ese estrepitoso hipo ni siquiera es un rumor en tu silencio de primera magnitud humana, Rosario.

*(En voz baja: Desearía que los profesionales de los grandes medios de comunicación de Buenos Aires, pudieran ser conscientes de la manera en que cada uno de los periodistas de Rosario han hecho su trabajo, y les sea posible advertir que el dolor colectivo, el dolor social y el dolor individual no merecen ser narrados con la estridencia del fantoche.)

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