CONTRATAPA

Atrapar el aire

 Por Rosario Spina

"Son ángeles que vuelan mal, lastrados por un pesado secreto: el de la miseria". Elena Poniatowska

La ciudad aletea como un animal herido. El colectivo avanza desganado por calle Oroño y dobla en Tucumán. Hubo que desviar por la explosión. En Dorrego suben unos cuantos nenes que no deben pasar los 10 años. Uno salta ágil el último escalón. Los miro mirarse. Ríen como ríen los chicos cuando se delatan en una travesura. El último de ellos paga el boleto. Solo uno.

Un boleto.

El chofer no arranca. O pagan o se bajan, les dice.

La guardia urbana está justo ahí frente al colectivo. Con todo este caos, en cada cuadra hay policías. Los veo difusos a través de la ventanilla salpicada de gotitas de barro. Miran el bondi con mirada incógnita.

"Aguantame el boleto, chofer", dice uno de los nenes. Yo lo escucho mientras hablo por teléfono con mi hermana. Me doy vueltas para ver. A pesar de que el colectivo está casi vacío, los chicos se ubican dispersos, aislados unos de otros. Compruebo que en verdad deben rondar la edad de mi sobrino más grande.

El chofer insiste.

--Paguen o se bajan. Vamos.

La gente comienza a ponerse ansiosa; sin embargo nadie los mira. Por unos segundos cada quien simula seguir en lo suyo. Algunos se entretienen observando por la ventana un paisaje aburridísimo de estático, como si el colectivo estuviera andando. Mi hermana nota que tardo en responderle; me pregunta qué pasa. Le cuento con palabras sueltas. A través de un teléfono es difícil comprender la situación cabalmente. Lo primero que me dice es ojo, tené cuidado.

Un hombre reacciona.

--Vamos che, que voy a laburar y se hace tarde.

--Dale chofer, no pasa nada --dice uno de los chicos que se sienta más alejado.

Mi hermana retoma el hilo, me cuenta de su trabajo. De las cosas que quiere preparar para la comunión de Fausto. Que tendrá que comprarle camisa y zapatos nuevos. Yo intento concentrarme pero no puedo dejar de pensar en esos chicos.

La ciudad está alterada en el sentido literal de la palabra. Todos estamos un poco en el otro. En la piel de.

Entretanto, alguien que los nenes verán desde la otra punta del colectivo se anima a romper el delicado equilibrio. A desafiar el modo automático del no te metás.

Se levanta.

--¿Cuántos boletos les faltan?

Es alguien que quizá vio en esos niños a su hijo o a su sobrino. Ahora, la tarjeta sin contacto establece un nexo, una unión. Un gesto que tal vez engendre otros futuros gestos de bondad. Alguien decide --una vez más, en una ciudad desgarrada-- pararse desde el amor.

La chica pasa la tarjeta varias veces. El señor, el que va a trabajar, niega con la cabeza, le dice: "No, flaca". Quiere dar a entender que así, de esa manera, no van a aprender nunca.

Quien sabe...

Pero apenas la chica vuelve a su lugar, escucho que ahora el hombre les habla a los nenes. Les dice que la próxima tienen que preguntar, que no pueden subir de esa manera. Les habla de un modo extraño, entre el amor y el reto. No sé si ese señor tendrá hijos. Pero les habla en ese tono, como si ellos lo fueran.

Les enseña. Les está enseñando.

Pararse desde el amor. Entender que cada día somos testigos de imperceptibles desamparos. Entender a cuántas criaturas se les cae encima la vida mucho antes de que puedan comprenderla. Saber que también por esto hay que hacer algo.

Llego a mi parada. Toco el timbre y me bajo. Apenas pongo los pies en la vereda el colectivo arranca. Uno de los nenes saca la mano y cruzamos miradas un segundo. Pienso que va a saludarme. Pero no. Está jugando con el movimiento. Quiere atrapar el aire

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