CONTRATAPA

El antigüo verano

 Por Jorge Isaías

A veces creo que el tiempo no viene como antes.

Los veranos podrían suspenderse en las alas de las infinitas mariposas, o en una tajada roja de sandía o en las fatigantes siestas en que perseguíamos esas mariposas con las ramas peladas de tamariscos, o el carro de Ugolini con las monedas para comprarle esas jugosas sandías que vendía caladas y probadas.

También la pesca de los bagres furtivos, tanto como lo eran nuestras escapadas sin permiso, por esos callejones que nos llevaban a las cañadas llenas de chuncacos.

Mitigábamos aquellas inolvidables canículas con los chapuzones en esas aguas amargas y barrosas.

Eran menos frecuentes en ese tiempo tan caluroso la persecución de los cuises con veloces boleadoras de alambre que mi padre me construía. Derretía una bola de plomo y le ponía una arandela en la punta. Luego le ataba un alambre largo en esa arandela y arrojaba a los cuises o, a las bandadas de pájaros. El modo de usar consistía en hacer girar el alambre sobre la cabeza y luego arrojar. Mi padre era un avezado tirador ya que en la chacra del abuelo él y sus hermanos eran muy buenos tiradores. En la adolescencia la cambiaron por las temibles escopetas. En general eran buenos con cualquier arma, todos.

Lo que quiero decir aquí es que el verano no era para andar detrás de cuises presurosos o liebres aún más esquivas.

Este deporte, diversión o travesura quedaba más bien para cuando los días refrescaran, ya sea el otoño lento, cobrizo y querendón, o el invierno con su escarcha y su llovizna.

A veces a estos temibles alambres ﷓como las llamaba mi padre﷓ le colocaba tres puntas de plomo y entonces era raro que al tirar con violencia no cobrara una pieza. Si era pato o una liebre, allí estaban los perros, serviciales, que enseguida traían la pieza herida delicadamente entres sus dientes temibles.

El verano era bien distinto. No se podía andar en esos campos de Dios bajo esos solazos pampas y aunque todos llevábamos nuestros humildes sombreritos de plástico, no faltaba "el que andaba en cabeza", como decía mi madre. Y no era raro que uno se pescara una insolación.

De aquella barrita desflecada recuerdo los nombres y los rostros de muchos, pero tal vez en el recuerdo agrego alguno y olvido a otros.

El año pasado presenté un libro en mi pueblo y pedí que se hiciera en lo que había sido mi escuela querida, donde ahora funciona un jardín de infantes.

Allí leí un texto que se llama "Una travesura" y que narra esa imagen confusa de los que protagonizamos ese hecho, yo dije que no los recordaba a todos y pedía disculpas. Mi amigo Roberto Vega que estaba presente comentó su participación en ese robo de duraznos al Turco Alé, con final casi cinematográfico. Pero a mí no me reprochó nada. Aquí le pido disculpas. La memoria suele ser esquiva y engañosa, como sabemos, muchas veces.

Con esto quiero decir que esta barrita de los veranos podía sumar algún chico que estuviera de casualidad, de vacaciones y que fuera de otro lugar. Por lo tanto no diré el nombre de nadie, aunque casi todos ustedes saben quienes eran mis amigos más cercanos de entonces. Y los que lo siguen siendo hoy.

Estamos contestes entonces que preferíamos evitar el campo traviesa, o los callejones donde los árboles eran una ausencia visible. Pero en ese tiempo había muchos que sí estaban y profusamente festoneados por arboledas frondosas y eran pinos, plátanos u olorosas casuarinas oscuras.

En la noche sí éramos muy felices porque el tiempo era más laxo, ya que no había clases.

Nuestras familias cenaban temprano, por lo cual nos íbamos arrimando a esa esquina donde sobraba la gramilla y el polvo reseco había sido aplacado por la acción del regador comunal. Persistía aún ese olor agradable a tierra mojada que calmaba los ánimos como el recuerdo del mar que conocimos después.

Pasábamos varias horas allí, contando cuentos y anécdotas, cantando el que sabía o se animaba algún tango escuchado en la radio.

También corríamos alguna carrera hasta la pequeña placita vecina a mi escuela, y era muy difícil que nos aventuráramos más lejos. Por dos razones: No había permiso de los padres y en otro barrio tal vez nos topáramos con una barrita que cuidaba su lugar y podríamos tener un disgusto.

Al tirarnos esa noche en la cama donde el sueño nos esperaba y caía sobre nosotros "como una parva sobre un chingolo". Tal vez sin llegar a pensar en las aventuras que nos esperaban con el primer canto del primer pájaro, cuando el día era tan nuevo como nosotros en la rugosa corteza del mundo.

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