CONTRATAPA

Dos presos

 Por Víctor Maini

A pesar de haber incorporado tempranamente a mi vocabulario términos específicos escuchados en el programa televisivo Los doce del signo, un discurso Horangeliano, una lluvia de constelaciones, de sol y de luna, con el único objetivo de llamar la atención del otro sexo, debo confesar que nunca creí en la astrología. Tampoco en las hechiceras, chamanes, horóscopos ni predicciones. Sólo sentí devoción por las gitanas. Tal vez mi amor incondicional hacia los perseguidos, discriminados, perdedores peligrosos del sistema fue la fuerza que me acercó hacia ellas. Cuando las húngaras cruzaban el barrio, sus vestidos largos y coloridos, flameaban como banderas de todos los países caminados. Mientras la mayoría de los vecinos huían de las sucias ladronas, mis piernas corrían a su encuentro. Me fascinaban sus miradas fuertes como sus voces y la seguridad con la que leían el futuro escrito en las líneas de la mano. Siendo muy joven me topé con una bella experta en quiromancia mientras caminaba por el parque Independencia, una tarde de duelo por la pérdida de un amor de estudiante. "Ven aquí, criollo bonito... ¡que te digo lo que viene!, fue su modo de presentación. "Utiliza tus poderes para adivinar mi pasado, mi otra vida, no quiero conocer mi futuro ¿puedes hacerlo?", le supliqué mientras le mostraba la palma de mi mano izquierda. En silencio, recorrió con su dedo índice el trazado de la línea del destino en forma contraria a lo habitual, desde la base de mi dedo mayor hacia mi muñeca. "Es la pregunta más fácil que un payo me haya hecho alguna vez" dijo pensando en voz alta. "Haz sido un ave, un ser plumífero, acá está escrito...", me dijo, cambiando su voz y bajando su mirada, como médico que esconde una parte crucial de los análisis químicos. Desabroché la malla de cuero de mi flamante reloj Tressa y se lo entregué en forma de pago mientras volví a preguntarle. "Qué tipo de ave, fíjate bien, un pavo, un ganso, también son aves. Necesito saberlo". "Un ave voladora, un pájaro, pero no veo nada más, está todo muy borroso, te lo juro papacito...", fueron sus mentirosas palabras de despedida. Cuando algún sorpresivo ataque de ego me lleva a cometer el error de creerme un buen tipo, sólo tengo que mirarlo a Paco, mi tordo chaqueño, encerrado en una jaula a pocos días de nacido, por decisión mía, el eslabón capitalista de una cadena cruel e inhumana que encierra entre alambres a seres alados. Ensayé sin éxito miles de excusas para justificarme. Desde una desinteresada protección a la fauna contra el desmonte, el avance impiadoso de la soja, los pesticidas, hasta el burdo chiste malo y repetido de que en realidad se trata de un tordo preso por mala praxis en la zona de Charata. Me sabe esperar como lo hacen mis perros, conoce mi voz, le gusta comer de mi comida y disfruta de algunas lombrices que le traigo los días que voy de pesca. De pichón le gustaba pasear sobre mi hombro, de adulto es cuando más se me parece, no quiere salir de su encierro. Según mi estado de ánimo su silbido es sinónimo de canto o llanto. A veces pienso que no me guarda rencor, que aceptó la triste misión de acompañar a un hombre solitario, pero en otros momentos siento que me mira diferente, como quien observa a un animal enfermo, a un ejemplar de una especie que va perdiendo peligrosamente su instinto día tras día. En esos casos apago sus ojos junto con la luz de mi habitación. Mi cobardía elije esconder en la oscuridad lo que no desea ver, archivarlo en la penumbra de mi lado oscuro junto con recuerdos, fantasmas y misterios que sólo recobran vida en mis sueños. Anoche sufrí una pesadilla recurrente. Después de correr desesperadamente entre una agreste y tupida vegetación, me detengo exhausto frente a la misma adivina con un pañuelo de seda cubriendo su cabeza. Veo como apoya el viejo reloj pulsera sobre mi mano transpirada, lo envuelve con mis dedos, para después cubrir mi puño con sus dos manos. "Vengo a terminar mi trabajo", escucho su voz como un eco. "Lo que tanto querías saber, en tu otra vida fuiste un ave de renegridas plumas, poseedor de majestuoso vuelo y potente silbido, un bello animal salvaje habitante de un bosque impenetrable, pero sobreviviendo en un sitio lejano, dependientemente amaestrado, encerrado en una fría jaula de oro".

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