CONTRATAPA

Eclipse

 Por Víctor Maini

Con voz de acequia, dividía las aguas. Viudo, viejo, jubilado ferroviario, no sólo no desentonaba en un grupo de comensales veinteañeros, también era necesario. Repetidas discusiones entre estudiantes, medicina preventiva o curativa, pública o privada, negocio o servicio, Illia o laboratorios extranjeros, dientes para ricos contra desdentados pobres, Boca o River, eran polémicas diarias en las mesas de la pensión familiar que funcionaba en mi casa. "Si a uno le parece mal y a otro le parece bien, a mí no me parece ni mal ni bien", era la forma que elegía para demostrar la existencia de los grises. Creyendo siempre que las verdades eran hijas del tiempo, aconsejaba a los de menor edad que no nos encapsuláramos en fanatismos. Usando con maestría refranes picantes, relatos fantásticos y recuerdos de duelos criollos, nos sacaba a pasear como oyentes, cambiando en mitad del camino enojos por encantos. Un pibe de nueve años usa su imaginación para estar siempre en otro lugar. Aquellos almuerzos en los que jugaba a ser mozo, eran mi excepción. Don Climaco Vila, para algunos payador, para otros cuentacuentos, era un salteño de a caballo que las circunstancias lo habían apeado por estos lares. Para mí, lo entendí después de un tiempo, fue el primer poeta con el que me crucé en la vida. Siempre hablaba después de un prolongado silencio que le garantizara un auditorio. "Los hijos son el único y verdadero anclaje de la mujer. Un hombre suele detener su peregrinar frente a unos ojos color caramelo", explicó alguna vez la causa de su destierro. "Todos los paisajes que existen en el mundo los lleva adentro el hombre. Es más fácil caminar que caminarse". Pensó otro día en voz alta. Los saberes y sentires que transitaban su alma solían desfilar por el comedor. En vacaciones de invierno me gustaba compartir su mesa. Me incentivó a narrar cada una de mis salidas. Si me llevaban a la cancha, al circo o al cine, debía contarle con lujos de detalles cada vivencia. Enriquecí mi vocabulario para que viajara a mi lado por mi ciudad, por mi mundo. Escuchó en silencio durante toda una comida mi versión sobre la película El hombre invisible. Mis palabras proyectadas en su rostro reproducían imágenes en cada uno de sus gestos. "Todos quisimos hacernos invisibles alguna vez. A los antiguos, gauchos y negros intentaron invisibilizarlos en nuestra historia. Nunca pudieron", afirmó mientras me ofrecía la mitad de la naranja de su postre. Conociendo mis gustos, me preguntó por mi comida preferida. "Chinchulín", contesté de inmediato. Enrrolló una servilleta, la colocó sobre su frente y esperó que adivinara. "Vincha", adiviné. Me preguntó también por el nombre del caserito que me daba de más el panadero. "Yapa", respondí. "Mirá lo que son las cosas, sabés hablar en quechua. Los africanos se refugiaron en el tango y en el repiquetear de bombos en cada chacarera. El arte nunca se equivoca", sentenció con alegría. Sus cuentos infantiles inventados eran tan crueles como los importados de Europa. Enrique, el presumido, sin dudas me quedó grabado. La historia de un chango que pensaba salvarse en soledad. Sin amigos, demandante y vanidoso, era feliz con sus tres colgantes de oro. Una medalla de la virgen, otra del mejor alumno y una tercera con forma de llave. Con fe y estudiando técnicas probadas, sin cuestionarlas ni cuestionarse, seguro estaba de tener acceso al templo de la felicidad.

Le gustaba probar su voz de mando en los montes, impartiéndoles órdenes a temerosos animales. Conocedor del peligro, nunca jugaba de noche. Una calurosa tarde de febrero, mientras ensayaba un encendido discurso autoritario, lo sorprendió un eclipse. De repente y sin escala, cambió la fauna diurna por la nocturna. En una mentirosa noche cerrada, se abrieron los peligros en abanico. Enrique apeló a su inteligencia, optó por desdoblarse dejando toda su ropa junto a un quebracho, mientras subió desnudo a otro árbol cercano. El olfato de un puma no tardó en llegar hastas sus prendas. En momentos en que la fiera estaba por retirarse del lugar, un temblor incontrolable en el cuerpo del protagonista hizo tintinear los metales colgados en su cuello. El fatal sonido activó el instinto del felino. "Imposible iniciar el viaje sin antes despedirse de ustedes", fueron las palabras del sobrino que lo repatrió a su Cafayate natal después de un ataque de presión que lo había limitado fuertemente en el andar y en el habla. "Muchas gracias por todo", dificultosamente nos dijo antes de ensayar una forzada y torcida sonrisa. Lo abracé con fuerza, tan seguro de que era mi último abrazo como de que algo de aquel embajador de lo no escrito quedaba en mi prendido para siempre. Sólo recuerdo los sueños cuya intensidad me despiertan. En medio de un monte con forma de extraños ojos femeninos, rodeado de salinas de viejas lágrimas no lloradas y montañas con nieves eternas de gritos petrificados, me encuentro desnudo, escondido en el hueco de un tronco retorcido de un sauce, apretando con fuerza tres chapas colgadas en mi cuello. Una patente grabada con un nombre rodeado de un mar de números, otra medalla al deber cumplido y la tercera, un reconocimiento como padre de familia. Me niego a mirar hacia otro lado que no sea el cielo. No sé rezar, pero espero un milagro, que se rompa el eclipse. Me devuelve a la vigilia un jadeo animal que se agiganta.

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