CONTRATAPA

Texturas

 Por Miriam Cairo

I.

Dice que ha conocido gente muy brillante, muy brillante; la desconocida en todas partes machaca la lupa sepia de una multitud perturbadora del sueño profundo; veo cómo será la plena magnolia blanca, dice la poseída de poesía, la desolada que salta desde las páginas sin girasol ni destino; imagino cómo será la pasión cavilosa venida de la voz primordial en su selva de voces; me parece escuchar el llamado de algún nexo entre las palabras y los restos carbonizados del viento, dice; me inspira, me exhala versos incomprensibles pero no incomprendidos, dice; los continentes de sueños se ven sucesivamente meditando en coloquios y anuncian que en breve los astros, con un pie flor y otro pie tormenta, estarán a pocos pasos de la luna.

II.

Esa es la forma final de la luna, dice la ropavejera platónica que grita mi nombre y pone sobre sus cuatro patas aquella palabra de texturas simultáneas.

Un mirlo de ala roja me sustrae del pensamiento, dice, pero yo sólo reconozco la escritura seca y desnuda que finge una rosa que está ausente.

Aquella indiferencia vuelve la espalda a la propia letra de las guardadas esmeraldas, dice, mientras queda oscilante entre una cosa y otra.

III.

La luz se hace gato, se hace lámpara, dice. Las flores parecen influencias de espíritus y, sobre todo, vino, como las emergencias textuales del instante después.

La noche se apoya nocturnamente única, dice la falible, con la mano extendida, transparente, en la oscuridad que se escribe en la calle y se triza en la voz para que el corazón sin cuello se despierte en la madrugada y adivine los motivos sin verlos, dice.

IV.

Alada y textil, dice que el ala del cosmos anda con un traje sonoro, y que levanta hasta el sueño el cristal de la desesperación y de la esperanza.

V.

Ninguna desdicha textual.

Wallace dice que en el agua de las lágrimas sus negras flores se alzan, mientras que a mí me gusta encender los fósforos de las palabras.

Y qué decir de aquello que no es capaz de abrirse a lo que es.

Qué decir de la nave de espacio-tiempo que navega por la magnífica causa de existir; qué decir del aura de las cosas, qué del pequeño punto de luz, qué de aquello que atraviesa a Wallace, qué de la línea de aire que transporta la música de las palabras a su guarida secreta.

Qué decir de los versos fáusticos que recorren rapsodias y celebran las bodas de la carne y el aire.

VI.

Ninguna recompensa, dice.

Como en los taoístas religiosos, uno de los Ocho Inmortales es deforme, iletrado, pobre. Textual.

Como la leve fimbria del ángel y del perico que avanzan, sin distinción, por la divinidad o por el aro, dice.

Es la noticia que baila desde la mañana hasta la noche.

Inalcanzable.

Dice que los titulares y las emisiones radiales, un poco ahogados, entran en contacto con el vacío. Como una ostra texturada, dice.

VII.

Dice que Michaux camina como una sombra y los mirones sin sueño piensan en su ser quebrado como si fuera de vidrio o rosa de mármol.

Dice que Michaux la mira con sus ojos de tinta negra.

Dice que un iluminado no puede durar mucho tiempo encorvado mirando sólo los pies, y entonces los mirones piensan que es mejor dejarlo descansar sobre sí, en su esencia, hasta que el vidrio se cosa de nuevo. Inmediatamente.

Dice que desde siempre los mirones han soñado con Michaux y con la rosa texturada que se consume a sí misma.

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