CONTRATAPA

Apuntes tomados en un diario

 Por Alberto Giordano

21 de diciembre de 2014

Cada vez que llega el día de cobro, Luis, el jardinero, le pregunta a mi mujer si está "don Giordano". La primera reacción, instantánea y efímera, es aclararle que "don Giordano" es mi papá, que yo soy "Alberto" (no se me escapa que usa una fórmula de cortesía, pero querría advertirle que envuelve un escándalo ontológico). En los segundos entre que escucho el llamado y bajo con el sueldo, recuerdo que papá murió hace seis años, que yo tengo cincuenta y cinco, la ocasión y la responsabilidad de contratar un jardinero, que para todos los que hablan en la lengua de la juventud de mi padre debo ser "don Giordano", que se hereda más de lo que se sabe y de todo hay que poder apropiarse para que el patrimonio no nos aplaste. Cuando Luis se va, me abraza, y entre los saludos de la despedida reaparece la invocación inaudita a "don Giordano", un fantasma amigable, un verdadero disparate.

23 de diciembre

Antes de ayer, el 21 de diciembre, papá hubiese cumplido, creo, 87 años. Pero murió en 2008. En 2001, abril o mayo, se tuvo que operar de una aneurisma. Fue una intervención complicada. Lo desgastó más de lo que imaginábamos, más de lo que él mismo podía aceptar. En julio de 2001, me llamó desde el campo para conversar sobre un proyecto en Santiago del Estero que lo había entusiasmado, un proyecto ambicioso que podía demandar unos diez años. "Vamos a ver si llego. Como sea, me va a mantener ocupado". Si hubiese leído a Barthes, sabiendo lo mucho que siempre me gustó, habría bromeado con la idea de la Vita Nova. Era lo que buscaba: la posibilidad de imaginar, ante la inminencia del fin, un recomienzo. En octubre de 2001, como un rayo, un accidente cerebro vascular lo fulminó. Sobrevivió, tullido y afásico, casi siete años (seis en Rosario: fue la primera vez que vivimos en la misma ciudad después de Resistencia, digamos, desde 1971). Haría falta un narrador para referir lo raro, y al mismo tiempo trivial, del proceso de la supervivencia, el ritmo discontinuo de la vida insistiendo, porque sí, hasta su extinción. En junio de 2001, durante el posoperatorio, coincidimos en Buenos Aires. Contó que antes de que lo abrieran, cuando la anestesia comenzaba a hacer efecto, por las dudas, empezó a cantar "Nieblas del Riachuelo", para irse bien.

24 de diciembre

La vez que la orquesta de Gobbi tenía que tocar en Rufino, en el club Matienzo, pero el ómnibus que los traía se quedó en el barro, cerca de Amenábar, y papá los fue a buscar con la chata del abuelo. Hicieron un asado para festejar, en el campo. La orquesta tocó "Camandulaje". "Sonaban espectacular, pero era raro verlos: parecía que flameaban. Después nos dimos cuenta de que estaban todos drogados".

24 de diciembre, más tarde

La vez que papá tuvo franco y aprovechó a viajar a Buenos Aires para ver a la orquesta de Piazzolla, "la del '40", en un baile de carnaval. "A los colimbas nos hacían entrar en fila india y nos perfumaban al paso, con un vaporizador."

24 de diciembre (final)

La vez que, para sacármelo de encima, le ofrecí el discman con un cd de El Arranque que él nunca había escuchado. Estábamos en General Villegas, en unas jornadas de homenaje a Puig. Intervenía en las conversaciones y busqué una manera subrepticia de apartarlo. Como los padres viven en mundos paralelos, no advirtió, o no le importó, la astucia del hijo. Se apartó del grupo para poder escuchar. Enseguida lo cautivó el sonido de la orquesta, la filiación con la escuela decareana. Pero lo que más lo entusiasmó fue la versión de "Mariposita" que canta Ariel Ardit (también Emilia, a sus dos años, advirtió que es extraordinaria). Cuando nos despedimos el lunes, en Rosario, me pidió el cd para llevárselo a Córdoba, como si no pudiese dejar de escucharlo ni siquiera un día. El miércoles tuvo el accidente. Nunca supe a dónde fue a parar el único cd de tango que le regalé. La tarde en que visitamos la casa de su mujer, en Unquillo, unos meses después del accidente, lo busqué por todos lados para robarlo, pero no apareció.

7 de marzo de 2015

Una de las ocurrencias felices de Barthes, talentoso inventor de conceptos, es su teoría del punctum como acontecimiento sutil que desdobla la composición de las imágenes fotográficas. En algunas fotos hay detalles casuales que capturan la mirada y la absorben hacia la exterioridad de un vértigo sereno, el de la coexistencia de sentimientos antagónicos: júbilo, por el hallazgo circunstancial de una presencia conmovedora, y desasosiego, porque lo que aparece y cautiva testimonia la condición irrepetible, irrecuperable, de lo que pasó.

En la foto que capturó la reunión, trivial pero extraordinaria, de las tres generaciones de Giordanos, Emilia debe tener alrededor de cuatro meses, papá, setenta y cinco años, y yo, cuarenta y uno. Un típico encuentro familiar en el mes de las fiestas. Lo extraordinario hay sólo otra foto semejante, sacada nueve meses después tiene que ver con las circunstancias: papá no vivía en Rosario y en menos de un año se iba a convertir en casi un despojo de sí mismo (no sé si hay fotos suyas con Emilia durante los siete años que estuvo en silla de ruedas, sin poder hablar; yo no les tomé ninguna). Esta foto es, entonces, un documento valioso por distintas razones sentimentales (el tiempo en que mi papá casi no tenía canas, dirá Emilia; el tiempo en que había que sostenerla, diré yo). Pero hay un detalle casual podría no estar y la foto mantendría su valor que tiene la fuerza de un flechazo (amor a primera y última vista): la simetría entre la mano derecha de papá acariciando el pie izquierdo de Emilia, y la manito derecha de Emilia agarrando el brazo izquierdo de papá (el que iba a quedar inmovilizado), todavía fuerte, con un vigor que desmentía los setenta y cinco años. La intimidad entre esos cuerpos, casual e irrepetible, salta a los ojos, absorbe la mirada y la proyecta hacia un afuera del tiempo en el que padres e hijos quedamos, para siempre, a salvo de cualquier malentendido.

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