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¿La ciudad de la furia?

La lectura de las crónicas periodísticas, la audición de los informativos radiales, televisión mostrando manifestaciones de trabajadores reclamando por sus fuentes de sustento laboral, protestas de choferes de taxis por la violencia social que los afecta cada día, son acaso un breve muestrario de lo que cotidianamente ocurre en una ciudad en crecimiento pero en crecimiento desigual.

¿Es esta la ciudad de la furia?

Consideramos que no. En la medida en que se amplía la brecha entre los que más tienen y por lo tanto detentan de hecho el poder de someter a los demás y los que sobreviven de un salario cuando lo perciben, los trabajadores informales, precarizados, flexibilizados da como resultado conflictos. Conflictos que derivan de esa desigualdad.

Quedan de este modo en evidencia y al desnudo las contradicciones de un sistema, el del capital-mercancía, que se basa en la explotación, en la expoliación y al que le alcanza para continuar funcionando con una porción de consumidores de productos suntuarios, mientras la mayoría accede solo a lo mínimo para continuar reproduciendo la fuerza de trabajo.

Además, las políticas neoliberales aplicadas desde la década de los ochenta no han cesado. Si bien en los últimos años se insinuaron matices en lo esencial están instalados mecanismos y dispositivos que mantienen en la exclusión a miles de personas. El propio Estado en sus distintas instancias sigue aplicando la precarización laboral en diversas áreas.

Es absurdo que se produzca un boom edilicio y al mismo tiempo, miles de familias no accedan a su vivienda, por lo que deben padecer los sobresaltos y abusos del sistema de alquileres.

Como señala el sociólogo Zymunt Bauman, predomina el mercado por sobre el ágora. Es decir, que el núcleo decisorio detenta el poder sobre la mayoría con la fría lógica del lucro, no interesan cuáles sean las reales necesidades de las masas de productores sino el interés de los poderosos.

Ya a comienzos del siglo XX, Georg Simmel señalaba que las grandes urbes eran el centro de la economía dineraria y entonces el ritmo vital de las ciudades marchaba al ritmo de la lógica mercantil-capitalista, basada en el frío cálculo empresarial y no en la solidaridad entre las personas. Esto por supuesto deteriora la subjetividad de los seres humanos y engendra conflictos continuos.

Carlos A. Solero

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