SOCIEDAD › ROSARIO/12 PRESENCIó UN TRASPLANTE DE óRGANO. ANTES DE LLEGAR AL QUIRóFANO HAY UNA SERIE DE DECISIONES MéDICAS Y HUMANAS PROFUNDAS.

Del dolor de la muerte a la posibilidad de una vida

La historia de los trasplantes tiene cara y contracara. Alguien muere y el dolor invade a sus seres queridos. Para quien recibe el órgano, es una posibilidad de vivir o de mejorar la vida. Algunas historias resultan desgarradoras. En la provincia hay 500 pacientes con sus familias que esperan un órgano para prolongar o salvar su existencia.

 Por Lorena Panzerini

En Santa Fe hay 500 pacientes en lista de espera por un órgano que necesitan para continuar su vida. Desde que comenzó el año, el Centro Unico de Ablación e Implante de Organos (Cudaio) realizó 61 trasplantes, en su mayoría renales. La cifra es histórica, comparada con años anteriores. Sin embargo, concretar un trasplante necesita del trabajo de muchos hombres y mujeres. Todo comienza con la muerte de una persona que tiene todos o algunos de sus órganos en condiciones. El área de terapia del centro de salud debe denunciar al posible donante, y se pone en marcha un mecanismo complejo. Se realizan análisis clínicos y de compatibilidad con los pacientes más urgentes de la lista de espera, para buscar al receptor. Sin embargo, lo más difícil es lograr que la familia de una persona con muerte encefálica, acepte que ﷓﷓aunque todavía respire con asistencia mecánica﷓﷓, ya no está allí. El proceso no es sencillo, y el acompañamiento psicológico llega a ser de hasta 48 horas. Por esa situación pasaron Susana y Eduardo, los papás de Natalia, que a pesar del dolor ante la muerte de su hija de 11 años tomaron una decisión ejemplar. Eligieron donar. Después de la ablación, el equipo de trasplante del paciente que recibió el órgano tiene que lograr que funcione en un cuerpo ajeno. El trabajo es meticuloso. Adentro del quirófano hace frío, y hay al menos cinco personas, más el paciente, que duerme anestesiado. Rosario/12 presenció un trasplante. La operación no es nada sencilla.

El operativo de trasplante de riñón comenzó en Córdoba. Los médicos procuradores denunciaron la muerte de un paciente de 40 años, con riñones sanos. Como los estudios de compatibilidad fueron positivos para una rosarina, el Cudaio tomó contacto con el sanatorio cordobés y el equipo de trasplantes viajó a la provincia vecina a buscar el riñón. Mientras tanto, los profesionales prepararon a la paciente para recibir el riñón.

Las agujas del reloj de ingreso de personal marcaban las siete de la tarde cuando alguien tocó una ventana que da al pasillo de quirófanos. Una enfermera abrió una de las hojas, deslizándola. Había llegado el órgano. Fue trasladado en una pequeña heladera portátil de telgopor. Llegó sumergido en solución de cardioplejia para mantenerlo más tiempo fuera del cuerpo. Para asignar el órgano, se tomaron datos del Instituto Nacional Centro Unico de Ablación e Impalente (Incucai), que actualiza la lista de espera nacional, y también almacena la información genética de cada paciente. El estudio definitorio es el cross match (prueba cruzada). Se realiza en un tubo de ensayo, donde cruzan células del donante con suero del paciente que puede llegar a recibirlo. Es como un trasplante a escala. Los resultados demoran un par de horas.

En el quirófano

En el trasplante que pudo presenciar Rosario/12, el jefe de la intervención entró al quirófano a las 19.45, con ambo y barbijo. La circulante de la sala ﷓un empleada que asiste en todo lo necesario a los profesionales﷓﷓ lo vistió con una bata verde esterilizada, que estaba envuelta en papel madera, y guantes de látex.

La paciente ya estaba sedada. Apenas se recostó en la camilla, desnuda, la instrumentista le puso unas tablas de madera bajo los brazos, a 90 grados con el cuerpo, para que permaneciera derecha y prácticamente inmóvil, durante las dos horas que duraría la intervención.

El quirófano estaba helado. Había aparatos grises y herramientas de cirugía por todas partes. Arriba de la paciente, tres enormes lámparas móviles se encendieron, y le iluminaron el abdomen rojo, por el iodo Povidona que le puso la instrumentista con una gasa, para evitar infecciones y para limpiar la zona que iban a cortar.

El cirujano se lavó las manos, los antebrazos y los codos, en el baño pegado a la sala. No tocó nada hasta que la enfermera le puso los guantes. Casi no se le veía la cara: gorro negro, lentes con aumento y barbijo lo hacían irreconocible.

La paciente ya dormía. El cirujano le abrió las piernas flexionadas y le introdujo una sonda en la vagina, y conectó la otra punta con una bolsa plástica, de 750 centímetros cúbicos, para recolectar orina.

Las ayudantes pusieron entre 6 y 7 sábanas verdes esterilizadas alrededor de la mujer, y dejaron libre un espacio grande del abdomen para que los médicos pudieran trabajar. El cirujano cubrió esa zona con un papel elástico y transparente.

Atrás y a los lados de la paciente recostada en medio del quirófano había por lo menos cuatro aparatos en los que se monitoreaban sus signos vitales. A su izquierda, un trípode sostenía dos sueros colgados: uno inyectado a la mujer. Justo atrás, la anestesista tomó nota de los datos que leyó de los monitores, y controló repetidas veces el goteo del líquido de un sachet. El ruido continuo de la bomba de oxígeno se volvía molesto, aunque en un rato se hacía costumbre.

"Bisturí", le pidió el cirujano a la instrumentista, que tenía una mesa de metal llena de herramientas, gasas, suero y alcohol al pie de la camilla donde yacía la paciente. No es un bisturí cualquiera, sino un eletrobisturí. El aparato "corta la piel y a la vez permite coagular la sangre". Cuando el cirujano lo apoyó sobre la piel del abdomen empezó a subir lentamente un humo gris y en seguida el olor invadió el quirófano. A menos de un metro, en una mesa metálica tapada con una sábana verde a modo de mantel, el urólogo preparó el riñón. Dijo que era de tamaño "normal", aunque tenía "bastante grasa", y había que retirarla. La arteria y la vena, que se unirán al cuerpo de la paciente, eran "buenas".

Con dos pinzas y tijeras, quitó las sobras de grasa. Es una tarea que requiere ser muy meticuloso: no se puede arruinar la vena, la arteria o el uréter del órgano recién llegado.

Una vez que sacó toda la grasa, la ayudante abrió un suero para lavar el órgano. Se veía bastante blancuzco, aunque mantenía un rosa muy pálido.

Ya estaba listo, lo habían limpiado hasta dejarlo como nuevo. El urólogo los llevó hasta la camilla donde la paciente dormía, y lo ubicó en la cavidad acondicionada cerca de la vejiga. Lo primero que unió fueron las venas, diminutas. Su pulso lo acompañó en el arduo trabajo de sutura: tomó una pequeña aguja plateada y curva con una pinza para poder trabajar desde arriba de la apertura abdominal. La introdujo por una fina pared de tejido y la sacó del otro lado con otra pinza. Estiró la mano para que pasara el hilo, dio una vuelta sobre el mismo e hizo un nudo para el primer punto. Luego vendrían un par más. Esa primera sutura demoró cerca de 20 minutos.

Con ayuda del cirujano, y mientras el jefe del trasplante llenaba la planilla de protocolo operatorio, el urólogo unió la arteria renal y la ligó a la arteria interna de la receptora. Se usaron los mismos elementos que para coser la vena, y el procedimiento fue un poco más rápido.

Por último, unieron el uréter del riñón con la vejiga de la paciente. En segundos, el riñón fue tomando color. Se fue oscureciendo y quedó casi rojo. Funcionaba. Una nueva vida, mejor, le esperaba a la receptora. Ya no habría diálisis.

La muerte inconcebible

La historia de un trasplante tiene cara y contracara. Cuando alguien muere, el dolor invade a sus seres queridos. Para quien recibe el órgano, es una posibilidad de vivir, o de mejorar la vida. Algunas historias resultan desgarradoras. Natalia murió el primer domingo de agosto de 2004. La decisión de sus padres no fue instántanea, aunque los tiempos en estos son muy exiguos. Una psicóloga del Cudaio, que puso en marcha el proceso de notificación de fallecimiento, mediante un protocolo, basado en la "claridad a la hora de dar la información sobre la mala noticia". Según indicó Alejandra Rigalli, psicóloga del Cudaio Santa Fe, la asistencia inmediata a la familia que sufre una muerte por causas inesperadas como un ACV o un accidente de tránsito, disminuye en un 80 por ciento la posibilidad de que ese hecho quede como un trauma para los familiares.

Susana, la mamá de la niña, comentó que además del aporte de la psicóloga, su opción tuvo que ver con honrar la forma de ser de su hija. En el momento de decidir recordó un mediodía del último verano de su hija. La televisión transmitía la historia de Abril, de 16 meses, mientras su padre, desesperado, explicaba la urgencia. Necesitaban un corazón para la beba. Arrodillada en una silla, con los codos apoyados en la mesa y las manos en la cara, Natalia les preguntó a sus padres: "¿Por qué nadie dona órganos?". Y reflexionó: "Así se salvarían muchos niños".

La conversación, en aquel momento, no tuvo mayor trascendencia. Nadie en la familia imaginaba el futuro. La mañana del viernes 6 de agosto de 2004, Natalia fue a la escuela Jesús de Nazareth como cualquier otro día. Mientras la clase se disponía a festejar el cumpleaños de uno de los alumnos, su compañera de banco la vio apretarse la sien derecha con la palma de una mano, y cerrar los ojos con fuerza. Como se sentía mal, la maestra la acompañó a la dirección. Pocos minutos después, se desmayó, mientras esperaba a su mamá.

Susana ya había llegado al colegio, tras el llamado de las docentes, cuando advirtió que la nena casi no podía hablar. Pocos minutos después, que le parecieron días, llegó la ambulancia. En el trayecto de la zona sur al centro, Susana viajó tomada de la mano de su hija más pequeña. Lo primero que hizo fue taparla con una frazada que encontró en la cabina. Los cachetes rosados que Natalia solía tener, comenzaban a empalidecer y sus movimientos eran limitados.

Cuando llegaron al sanatorio de Niños, la nena entró prácticamente inconsciente a la guardia. Susana empujaba la camilla junto con las enfermeras. La doctora apuntó al consultorio de emergencias; pero Susana, empujó hacia el quirófano. Su hija atravesó las puertas vaivén y el texto que rezaba "área restringida" casi le golpeó la cara.

De una camilla a otra, en segundos, Natalia fue conectada al respirador artificial, mientras los médicos intentaron bajarle la presión para poder hacerle estudios.

Apenas parada sobre sus pies, Susana esperaba afuera, cuando llegó su marido. Antes que pudiera intercambiar palabra con Eduardo, el médico salió del quirófano y diagnosticó que la nena había sufrido un ACV. Había que operarla.

A las 13.30 empezó la cirugía. La desesperación de Susana hizo que perdiera la noción del tiempo, y hasta hoy no recuerda cuánto duró la operación. Cree que fueron un par de horas, pero Eduardo está convencido de que se extendió entre seis y siete.

Del otro lado de la puerta del quirófano, la situación se complicó a mitad de la intervención, y los médicos tuvieron que trabajar rápidamente en sanar otro derrame cerebral. La operación terminó de noche. Natalia dormía, casi obligada, en la sala de terapia intensiva. Nicolás, su hermano de 15 años, entró a verla en los pocos minutos que le permiten a los familiares. Salió destrozado, enojado. No podía concebir que dios hiciera eso.

Natalia pasó la noche sin mayores complicaciones, aunque no fue desconectada del respirador. Se mantuvo estable mientras dormía. Con temperatura normal y presión adecuada. El sábado por la mañana sufrió otro derrame que empeoró el cuadro. Susana está segura de que su hija murió en ese momento. Lo sintió.

Sin embargo, los médicos prefirieron esperar evoluciones favorables. Esa mañana, Susana entró a verla a la sala de terapia. Su pequeña patinadora, que quería estudiar actuación, tenía cables conectados a sus brazos, y una serie de sondas le salían de la cara. Convencida de lo que los médicos todavía no confirmaban, la madre volvió destrozada a su casa.

En la tarde fría de ese imborrable domingo de agosto, los médicos confirmaron la muerte encefálica de Natalia.

La decisión más difícil

Poco tiempo después de recibir la desgarradora noticia, Susana y Eduardo se reunieron con la psicóloga del Cudaio. Los riñones y las córneas de su pequeña hija estaban en buenas condiciones para ser donados, y esa posibilidad salvaría otras vidas. Sin embargo, Alejandra planteó que lo más importante en ese momento era que la familia de Natalia estuviera bien. "El acto de donar se tiene que instalar en lo bien que eso le hace a la familia. Les preguntamos qué hubiera querido hacer el familiar fallecido", detalló.

Los padres de Natalia no entendían demasiado, todo era extraño. "Cuando algo tan tremendo sucede, se rompe la cadena histórica, entonces los padres se preguntan cómo sigue la vida sin ese futuro que uno piensa para sus hijos. Nuestro trabajo es volver a reencadenar esa historia", comentó Alejandra.

Susana y Eduardo contaron que en aquel momento Abril se les vino a la mente, y recordaron la congoja de Natalia aquel mediodía de enero. Alejandra aseguró que cuando los familiares que sufren una pérdida tan grande comienzan a hablar del fallecido en tiempo pasado, es cuando aceptan que murió. "Nosotros usamos palabras que pueden ser duras, pero no podemos sembrar dudas en la familia. Hablamos directamente de la muerte", agregó.

Susana contó que después de aceptar ser una familia donante, el operativo de ablación de los órganos fue "ruidoso, como era Natalia". Es que después de que se extrajeron los riñones, ambos salieron en pequeñas heladeras portátiles del sanatorio, refrigeradas a unos 4 grados para mantenerlos. Esa caja viajó en una ambulancia. Aquel día, las sirenas sonaban y los patrulleros intervinieron para el control con el mismo alboroto. Unos segundos después, el sonido seco al cerrar las puertas de los móviles, despejó la calle en un segundo.

"La familia está presente en todo momento durante el operativo, y son informados de todo lo que va sucediendo", apuntó Alejandra, que aseguró: "Es muy importante que la familias hablen de la donación. Todo es mucho más sencillo cuando pasan este tipo de cosas. Si la persona que muere llegó a decirle a alguien que quería ser donante, la mayoría de las veces, es manifestado antes que les preguntemos". Para la psicóloga, "los chicos son los primeros que toman ese tipo de charlas con mucha naturalidad".

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La ablación ya se hizo y el órgano solicitado viaja hacia el lugar acordado para ser implantado.
 
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