PSICOLOGíA › LA íNTIMA ARTICULACIóN ENTRE AMOR Y LENGUAJE

Más allá de cualquier significado

 Por Sergio Zabalza*

Así como no hacemos el amor sin palabras, tampoco hacemos las palabras sin amor. Lejos de imaginar que el verbo se adoba en algún edulcorado crisol de la mente, esta articulación entre amor y lenguaje cumple una función que trasciende la emisión y recepción de los mensajes. Esto es: más allá del valor de verdad de los enunciados y de la oportunidad de su enunciación, el cuerpo tramita el acéfalo empuje que lo agita en el ejercicio del habla. Para decirlo de una vez: tramita el goce auto erótico con el sentido sexual y amoroso que cargan las palabras. (Nadie habla sólo para comunicarse, las compañías de celulares agradecidas).

Lacan lo formula en sus términos cuando expresa: "Que se diga queda olvidado tras lo que se dice en lo que se escucha". Es decir: el simple y sustancial hecho de hablar queda opacado por el sentido gestado en la interlocución con el Otro. Por eso, este diálogo no llega a conformar un trayecto cerrado ni circular. Una satisfacción allende las fronteras del yo altera la comunicación. El rumiar del obsesivo o la indeterminación de la histérica son ejemplos de esta dulce tortura que erotiza las palabras. Para bien o para mal, nos habita un Otro, cuyo incómodo discurso aparece en los lapsus, sueños y demás formaciones del inconciente. Somos sujetos divididos.

La poeta Alejandra Pizarnik decía que "las palabras no hacen el amor, hacen la ausencia". Pero, para Lacan, esa ausencia se debe a que "los significantes copulan entre ellos en el inconsciente". En otros términos, el amor viabiliza una ausencia constitutiva. Quizás por eso, tal como un enamorado que no tolera la decepción, el neurótico se pelea con sus propios fantasmas. Así, no es la por la vía del sentido o la comprensión como se disuelven los síntomas.

Una paciente solía concluir sus frases con la expresión: "Y me enojé". --Cuénteme la historia del "Y menos Je, Je"--, fue la intervención que, posibilitó, vía la homofonía y el humor, llegar al "punto G". Concepto que, sólo a título de letra, facilitó cernir el goce, cifrado en la lengua materna, pero oculto tras la novela de odio y resentimiento con el Otro.

Esta maniobra que echa a andar el trabajo analítico constituye, según Jacques Alain Miller, un acontecimiento semántico. Pero también se trata de un acontecimiento amoroso, porque introduce una ausencia "una pregunta, una grieta en el síntoma, al cual --según Freud--, uno ama como a uno mismo".

La carga erótica que brinda cohesión a la comunidad hablante deja entrever este conflictivo intervalo entre el sentido y la satisfacción, entre el amor y el goce. Tomemos, por caso, ese insulto por excelencia que soporta las inclemencias del tiempo, las modas y las épocas: ¡La puta madre que te parió!

¿Hace falta más evidencias para mostrar el amor y la ausencia que cargan las palabras? Está la madre, pero que también es puta, esa yunta entre amor y goce de tan difícil convivencia en la cabeza del ser hablante. Es que una madre que goza sólo se puede visualizar en el Otro. Quizás sea esa la puta ausencia de la que sufre el neurótico: allí, donde una mujer no es toda madre, algo de lo femenino hace fracasar, incluso, a las propias palabras. ¡Qué lo parió!

*Psicoanalista. Hospital Alvarez.

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