OPINIóN

El macrismo en la historia Argentina

 Por Juan José Giani

Tendemos a pensar los movimientos de la historia a partir de sus datos más salientes, de aquellas facetas cuya inmediata estridencia nos conmina a colocar allí nuestra privilegiada atención. Cuando las multitudes se conmueven y la repercusión pública se exacerba nuestra disciplina intelectual dictamina que en ese terreno circula el misterio interpretativo que espera ser develado.

Una transformación económica o un giro geopolítico parecen definir mejor que cualquier otra cosa el perfil exacto del suceso que concita nuestro perplejo abordaje. Eso no es incorrecto, y nuestra mirada no puede desentenderse de la densidad de esas instrumentaciones; pero en más de una ocasión un detalle inadvertido, el rasgo en apariencia secundario revela riquezas de un acontecimiento de otra forma oscurecidas. Es parte entonces de la agudeza del analista combinar la atinada ponderación del gran relato con la microscopia sobre aquello lateral pero igualmente relevante.

Suponer que la historia no entrega lecciones nos hace livianos e improvisados, pero ubicar cada episodio perturbador en una serie de anaqueles que consideramos intocable nos arroja en el dogmatismo y la inoperancia. Pensar que en las interpretaciones que heredamos ya está todo contenido nos evita el vértigo de sentirnos consternados (pero a riesgo de recitar un libreto exhausto), y postular la suprema virginidad de lo nuevo libera la imaginación teórica (pero al precio de subestimar cuanto de lo que vivimos es tributario de éxitos o fracasos que ya en su momento atravesamos).

Dilemas que reseñamos, para adentrarnos con mayor justeza en el fenómeno político que hoy recorre la Argentina: el macrismo. Tres características lo convierten en un cuerpo llamativo, que invita a desperezar nuestras certezas y extremar la flexibilidad de nuestra bagaje de conceptos. 1) Por primera vez en la historia argentina llega al gobierno de la nación una fuerza con inclinaciones ideológicas hacia la derecha no por la imposición del golpismo militar sino por la simpatía mayoritaria de los sufragios. 2) El Presidente que encabeza esta sorpresa no es ni radical ni peronista. 3) Un tercer actor irrumpe consistentemente en el sistema político, gestionando además la Provincia de Buenos Aires y la Capital Federal.

Pues bien, la tentación inicial lleva a describir esta naciente identidad a partir de algunas drásticas medidas que se han ido tomando en estos primeros meses. El levantamiento de las restricciones para el acceso a moneda extranjera y la devaluación consiguiente, el acelerado acercamiento a los EE.UU como eje de las relaciones internacionales, la quita de retenciones al agro y la actividad minera, la apertura de las importaciones a productos competitivos con la industria nacional o una suma de despidos en el sector público. Por cierto que las consecuencias de esta lista ya muestran su rostro deplorable y no sorprenden. Depreciación del mercado interno, caída del poder adquisitivo del salario y del consumo y deflecamiento del Mercosur como alianza estratégica regional.

No obstante, no es este el punto que ahora nos interesa. Son las estridencias del macrismo, esos trazos duros que teniendo a todas luces envergadura decisiva vienen ya siendo más asiduamente comentados. Vamos a detenernos en cambio en dos noticias menos visibles pero simbólicamente medulares. Dos iniciativas que invitan a preguntarse por el espesor y la durabilidad eventual del macrismo, por su consistencia como novedad política y su empalme con las vigas más profundas de la historia argentina. La primera de esas decisiones es quitar de los billetes la presencia de cualquier prócer y reemplazarlos por animales; y la segunda es retirar toda la Galería de Patriotas Latinoamericanos de la Casa Rosada y colocar en su lugar prestigiosas obras de arte. Ambas son sugestivas y la de los billetes sencillamente inaudita, pues ningún gobierno había de manera tan rotunda sustraído su propia historicidad, abdicando de legitimar sus prácticas y discursos aferrado al auxilio de los más célebres panteones de la patria.

Bien lo sabemos, calles, monumentos, ferrocarriles, plazas y también billetes han sido el territorio locuaz en el cual las distintas administraciones dirimieron el sentido de su presencia en el combate político; pues dieron por supuesto (y no se equivocaron) que la apelación al cargamento mítico del protagonista ilustre potenciaba la fortaleza de una empresa que por tanto no era un mero arbitrio de sus ejecutores contemporáneos.

El billete es un caso especial, pues circula en nuestras manos todo el tiempo, exhibe rostros que a su manera nos hablan a cada minuto. El kirchnerismo, entre otros, lo sabía muy bien. Tanto que incorporó en sus homenajes a Eva Perón y las Islas Malvinas, y de triunfar el 22 de noviembre pensaba sumar unidades de 200 y 500 pesos con las figuras ostensiblemente populistas de Hipólito Yrigoyen y Juan Domingo Perón. ╦picas del nacionalismo popular que el macrismo por supuesto desprecia.

La cuestión aquí es que podemos imaginar con rápidos fundamentos aquello que el Presidente desestima de los linajes patrios, pero cuesta barruntar sobre qué pistas del pasado edificará su propia nervadura simbólica. Ahora bien, suplantar próceres con horneros o líderes con ornamentos estéticos admite creo, dos lecturas. O es la acción de aquel que encapsula los conflictos pretéritos (y quita sus rostros antitéticos de cualquier superficie conmemorativa) porque viene a superarlos desde una imparable estatura fundacional; o es la debilidad congénita de una experiencia que si toma partido sobre la querella de prosapias pone al desnudo un costado raquítico de sus apoyaturas culturales y políticas.

He ahí una de las claves para pronosticar el futuro del macrismo. O es tan fuerte que al deglutir los trazos de cada identidad preexistente rediseña hondamente la política argentina; o es tan escuálido que los dramas de la vida popular y los héroes que a su turno los encarnaron arrasan raudamente con un gobierno que se declara incapaz siquiera de incorporarlos en alguna nomenclatura.

Es interesante a propósito de estos temas seguir con detenimiento la línea editorial del diario "La Nación". Tribuna permanente de las voces más reaccionarias del liberalismo vernáculo, en sus páginas en más de una ocasión se proclama sin tapujos los que el macrismo en el fondo piensa pero tiene comprensibles recaudos en decir. Basta de revanchismo en los juicios a los genocidas o apelaciones a la flexibilización laboral conviven (y a esto vamos) con una lectura decadentista de la historia nacional. Para estos ideólogos Argentina era un ejemplo hasta que irrumpió el peronismo y pudrió todo. Una comunidad sabiamente modelada por la Generación del 80, acaudalada en el Primer Centenario y apenas alterada en su modelo económico-social por el paso de los gobiernos radicales (donde, claro, Alvear entusiasma mucho más que el Caudillo de Balvanera).

La referencia a este diario no es en absoluto antojadiza, pues vale recordar además que el primer gran relato de nuestra vida política no lo pergeñaron José María Rosa o el Instituto Dorrego sino Bartolomé Mitre, quien luego de la Batalla de Caseros autoabasteció lo influyente de su propio rol en la nueva época escribiendo primero "Historia de Belgrano y la independencia argentina" (1857) y más tarde "Historia de San Martín y la emancipación sudamericana" (1887). Habría allí, en primera instancia, un dispositivo simbólico perfectamente potable para el macrismo, una resurrección de la tradición liberal-republicana que por lo demás cuenta entre sus filas a dos talentos como Domingo Faustino Sarmiento y Juan Bautista Alberdi.

Los obstáculos son, sin embargo, evidentes. Al PRO lo integran numerosos dirigentes que se asumen peronistas y una gobernabilidad elemental desaconseja predicar un credo crasamente gorila ante un elenco opositor de sindicatos y gobernadores. La incomodidad con Yrigoyen tampoco encaja, siendo la Unión Cívica Radical parte fundacional de Cambiemos. Los pilares de un gobierno no solo se apuntalan con fondos para las provincias, recursos para las obras sociales o ministerios. También se requiere una cuota de caricia simbólica.

La solución momentánea a estas incógnitas el macrismo la ha buscado presentándose como una identidad impoluta, desprendida de las fútiles querellas del pasado, y donde la pura negatividad reside en el kirchnerismo. Gavilla de corruptos como versión degenerada del peronismo dialoguista.

La oposición a su vez ha abordado la historicidad del macrismo rastreando un símil absoluto en experimentos ya conocidos: la Revolución Libertadora, el menemismo y la Presidencia de Fernando De la Rúa. Ese criterio repetitivo es arriesgado, pues sabemos en qué se parece pero también en que radicalmente se diferencia. Como en 1955 hay vestigios de revancha oligárquica pero ahora con impulso de votos que albergan otras expectativas más atendibles. Como con Menem rige el recetario neoliberal pero con una sociedad que luego del kirchnerismo porta derechos que fijan un piso. Como con De La Rúa hay fragilidad institucional pero la herencia recibida es en general próspera y no hay ninguna convertibilidad a punto de estallar. Se aguardan entonces más finos diagnósticos, para evitar la ausencia de brújula política.

Aquí estamos por tanto. Con un macrismo que aún no atina a argumentarse y una oposición que no le encuentra sitio acertado en la historia. Si el primero no se percata de la seriedad de la carencia quedará borrado como una fugacidad sin suelo; si los segundos no sopesan con inteligencia lo raro de este tiempo tardarán mucho más de lo deseable en volver a ganar elecciones.

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