LECTURAS

Barcelona de paso

A partir de hoy, y todos los domingos de enero y febrero, Rosario/12 publicará textos de escritores y periodistas nacidos y/o criados en la ciudad, publicados originalmente en libros y revistas, para leer en un verano relajado. Inicia la serie, Elvio Gandolfo, ex director de
la Editorial Municipal Rosario, autor de numerosos libros, quien cuenta aquí su primer viaje a Europa y su recorrido por la ciudad catalana junto a su hermano y Madrid.

 Por Elvio E. Gandolfo *

Vamos por una vez en ómnibus, de noche, con mi hermano, por las calles de Barcelona. Hemos caminado hasta el agotamiento, pero curiosamente, no estamos muy cansados. Desde que llegué a España, unos días antes, un júbilo tranquilo me inunda cada día desde que despierto o hasta que me duermo: la primera vez con euforia, la segunda con sueño. Atrás de las ventanillas se ve la forma iluminada del Tibidabo, lugar alto iluminado, de referencia máxima, desde muchos puntos de la ciudad. Una postal, sí: el pantalón que llevo puesto lo compré en una sastrería de Montevideo que se llama El Tibidabo. En la charla supieron que venía a la ciudad y no dejaron de recomendarme, cuando ya salía: "¡No deje de ver el Tibidabo!". Lo estoy viendo. "¡Qué notable!", me digo, encantado.

Es una obviedad, sí. Más aún, es una postal. Pero esa obviedad, esa postal, aumentan un poco más el júbilo. No dejo de pensar, desde que llegué a Madrid hace unos días, que hacerlo así, venir por primera vez, y además invitado, a Europa, pisando los 60, ha sido el momento y la ocasión exacta.

Entrando

El cruce del Océano lo hicimos con dos dibujantes de historietas uruguayos. Los tres íbamos a la inauguración de una muestra del cómic uruguayo en un Instituto de la Juventud de Madrid. En el avión mismo no pienso mucho en eso, porque cierto primitivismo esencial me alerta que en cualquier momento nos podemos caer en picada. O peor: que ese salto de meridianos y longitudes, tan grande, me provocará cambios físicos y psíquicos irreversibles. Con Fabián, el dibujante que va sentado en la misma fila, nos entretenemos sin embargo en hacer comentarios sobre una mezcla de gitano de película y cantor de boleros que va hojeando un libro lujoso de Tarot, en estridente musculosa, en la misma fila. O sobre el gordito que ayuda a las azafatas a servir los minúsculos menúes: con el bigotito característico de muchos empleados y funcionarios de Aerolíneas Argentinas, que en más de una ocasión los acercan notoriamente (sobre todo si son delgados y jóvenes) a los oficiales de la Policía Federal Argentina.

No bien pisamos tierra nos unimos al otro dibujante, que comenta que ahora vamos a ver lo que es el T4: espectacular. El local donde hacemos la cola me defrauda bastante: típica cancha de cemento con valijas y bultos que giran en círculo, y colas de gente ante migraciones. Me lleva unos días enterarme: estuvimos en el T1, no en el T4, que es re﷓nuevo, y posiblemente re﷓fashion. Ahí aterriza Iberia.

Volviendo

Estuve dos días al llegar, y tres al volver: Madrid mata. Pero es otro tema. A diferencia de ese primer día en que nos sentíamos, mi hermano y yo, frescos como lechugas después de haber caminado hasta quedar figuradamente con la lengua afuera, el segundo nos liquidó. Mucha humedad. Barcelona es (o fue) hasta cierto punto un puerto. Y tiene clima de puerto, o de lugar junto a mucha agua. Me doy cuenta tarde de qué pasa (con júbilo, la conciencia siempre demora). Entretanto me dejaron estupefacto los edificios del así llamado modernismo, y sobre todo los de Gaudí, aunque no solo: el Palacio de la Música es uno de los grandes delirios arquitectónicos coloridos del mundo.

Pasaba que la ciudad, de algún modo, la conocía un poco. Sin haberla pisado nunca, sin recordar demasiado las películas con ambiente barcelonés, tampoco. Un motivo era claro: vi sobre todo sudacas, empezando por mi hermano, y siguiendo con una serie de amigos que viven allí. Como yo, pululan por lugares de trabajos como editoriales, traducciones, disquerías, libros infantiles (mi hermano), o comentarios para la prensa, así que intercambiamos fichas con entusiasmo. Eso me resulta conocido. Pero inevitablemente no es solo eso: es la ciudad. ¿Cómo decirlo? Tiene algo rioplatense y, diré más, litoraleño. Digamos la palabra por fin: algo de Rosario. Pero agrego en seguida: algo de porteño también. Obvio otra vez: es mucho más vieja. Y el barrio gótico no tiene nada que ver con el Plata o el Paraná. Hablaba de clima, de atmósfera no sólo natural, sino humana. Y sobre todo la humedad.

A cierta altura he llegado a conocer bien el barrio donde vive mi hermano: Sarriá. Aunque más que un barrio es un pueblito al que se lo tragó la ciudad. Llego para un momento (estirado en días) módicamente histórico: a la cuadra donde viven mi hermano Sergio, Rosabel y su hermano Joan, le queda una sola casa de la vieja época. Y la están demoliendo. La misma noche en que llego a la estación Sants de trenes, cuando salimos un rato después a comer, quedo alelado por la serenidad con que está cortada exactamente al medio: con el empapelado puesto, con algún elemento de mobiliario todavía pegado a la pared, con una máquina muy parecida a un dinosaurio torpe y gordo detenida, al acecho en la oscuridad, con los dientes metálicos alzados. En los tres días siguientes, mucho antes de volver a Madrid, la casa ya está demolida, vaciada del todo por los gestos al parecer lentos pero muy eficaces de esa máquina. No sé a Joan, pero a Rosabel esa desaparición la pone muy triste, de muy mal humor. Los dos son de una ciudad pequeña de los Pirineos.

Bajando y subiendo

Con mi hermano nos íbamos a ver en Madrid. Pero el día antes se accidentó (junto a Rosabel) en su moto pequeña, su scooter. Una conductora dobló sin avisar y se los llevó puestos, bajándose para explicar: "No sé qué me pasó. Se me ocurrió doblar, y no los vi." La gran suerte era que no iban rápido. Igual se han raspado y golpeado bastante, y la camarita digital con que mi hermano iba a registrar nuestras actividades madrileñas quedó hecha trizas: la que tiene ahora es un poco inferior. Recuerdo que en un mail me mencionaba que se había comprado el scooter por ciertos problemas en las rodillas y los pies que lo hacían cansarse en los subtes de Barcelona. Cuando estuve en los subtes de Madrid, se me ocurrió que, bueno, que él exageraba.

Pero no bien conocí los de Barcelona lo comprendí. Son un poco más viejos, y ese poco se nota en cómo te cansan. En algunos momentos se parecen a las malas zonas de los subtes de Buenos Aires. Quiero decir: corredores desolados de una o dos cuadras en las combinaciones, sin nada, ni kioscos, ni puestos, ni nada, salvo en todo caso algún músico solitario que se las rebusca. Y después docenas, veintenas, centenas de escalones a pie, subiendo y bajando: hay mucho menos rampas y escaleras mecánicas que en Madrid. Más vale no comentarlo (lo hice): una sorda ira le hace entrecerrar los ojos a cualquier catalán acerca del modo en que la ciudad central se chupa el dinero del universo. Aunque no son estentóreos: rechinan los dientes y mascullan sin gesticular demasiado: "¡Ellos! ¡Claro! ¡Tienen todo el dinero!".

Cerca de la plaza Cataluña (en realidad Catalunya), hay un cruce importante de líneas, tipo plaza subterránea, lleno de personajes barrocos de ambos sexos, totalmente de ciudad, un poco derruidos, que a medias bailan, tocan, se tambalean, en una especie de carnaval un poco freak.

Me doy cuenta de que si sigo metiéndome seguido en los subtes se me va a ir un poco el júbilo. Así que me acostumbro casi de inmediato a tomar los Ferrocarriles Catalanes. Son nuevos, rapidísimos, silenciosos, baratos, y la estación Sarriá queda a pocas cuadras de la casa de mi hermano.

Charlando

Al primer sudaca que veo es a mi gran amigo Eduardo. Como siempre, tiene miles de recriminaciones que hacerles a los catalanes. Sin embargo también habla de que en esos días empieza a hacer un programa de jazz (música que lo apasiona) en una radio pirata, no le falta el trabajo, y así sucesivamente. Nos sugiere comprar unos sandwiches por ahí, y comerlos caminando. Le decimos, riéndonos con mi hermano, si está loco. Al fin transamos en una de esas cadenas de hamburguesas, equivalentes de lomitos (en Madrid les llaman "pepitos") y bebidas. Él tiene una cámara digital que le recomendó mi hermano, y mi hermano tiene la suya. Salimos de ahí, con un sol esplendoroso, y caminamos rumbo a una gran plaza, cerca de la cual hay pubs y también la radio pirata. A la noche vemos en pantalla las fotos y nos reímos con mi hermano porque a medida que transcurren (no hay límites para la cantidad, cuando es digital) a Eduardo se le va yendo el ceño y al final sonríe, sin darse cuenta.

A Diego lo veo cerca de una estación de subte (ahí sí lo tomé, porque me dejaba justo). Está a un par de cuadras del parque Güell. Hay que rodear un pozo gigante donde están haciendo una terminal nueva de subte. Su casa está bajo tierra, pero es extraordinariamente luminosa, forrada de libros. Prepara con rapidez y sabor un trozo de pescado y comemos tranquilos, riéndonos y comentando libros, películas y vidas amigas. Lee, estoy seguro, mucho más que yo, lo cual es decir. Después vamos al parque Güell.

Todos los incontables y sorprendentes edificios de Barcelona son del modernismo aquel, cuya cabeza fue claramente Gaudí. El parque Güell es el colmo: casi como si tratara de crear el entorno completo de otro mundo (planetario o espiritual), sin llegar del todo a concretarlo, torciendo un poco la dirección. Hay aquí, por ejemplo, monstruos, pero no tienen nada de monstruosos. Galerías casi góticas, pero con algo de inconcluso, que las vuelve más geniales. Todo el modernismo se hizo con la plata abundante de los comerciantes prósperos de la época, y se nota. Ignacio comentó, por ejemplo, que eran un derivado de la muy genial repostería catalana. Como si todo deseo fuera posible, los arquitectos menores a Gaudí se dan los gustos, y a veces las arruinan, o terminan por proyectar un sano sentimiento de juego infantil, más que de arquitectura. Por ejemplo: en el centro una ventana ovalada que da a una de las ramblas tiene dos dragones enmarcándola. En cualquier otra parte, los dos dragones serían iguales, simétricos. Aquí no: aunque la única variación es que uno tiene colmillos alargados y el otro chatos.

A Ricardo lo veo de noche, en un restaurante al que me acostumbré de inmediato, cerca de la casa de mi hermano, atendido, si no me equivoco, por mozos paquistaníes, entre otros. Es inconcebible, pero las milanesas (que me recomendó mi hermano) son de carne, incluso levemente jugosas. Si conociera a dos o tres sudacas más de la estatura, el nivel de energía demencial y el impacto gesticular de Ricardo haría la película Yo encontré sudacas felices. Cuando se vino con su mujer, gastrónoma, la pasaron tan mal, sin papeles y toda la historia, que, dice "estaba seguro de que la pareja se iba al fondo". "¡Pero no! ¡Todo lo contrario! ¡Salimos de eso mejor que nunca!", exclama. Ahora vende discos de jazz con gran precisión y rendimiento económico. La única dificultad de ser feliz es que le cuesta un poco más seguir la novela demencial, testimonio de su loca infancia, que empezó hace tiempo. "Siempre pasa", le digo. Y le cuento que yo mismo había traído libretas de distintos colores (periodismo, prosa, poemas, agenda) para anotar todo, y la única que abrí, casi sin usarla, fue antes de que aterrizara el avión. El júbilo me come el tiempo para cualquier otra cosa.

Salimos cerca de medianoche y nos vamos hasta la gigantesca diagonal que atraviesa la ciudad. Caminamos y caminamos y Ricardo queda atónito: nunca caminó tantas cuadras en Barcelona, a cualquier hora, sin encontrar un bar abierto. De pronto la soledad relativa es cruzada como por un rayo de cristal por un tranvía eléctrico blanco, alargado, que no sabemos qué hace a esa hora, con dos o tres pasajeros, sino parecerse a una versión posmoderna de Edward Hopper.

Recorriendo

Las muestras son impecables. Acá no llegué, como en Madrid, a museos propiamente dichos. Hicimos planes con mi hermano, pero al único que arribamos estaba cerrado ese día. Una muestra que vemos es en La Pedrera, una de las casas de Gaudí (casi pongo Dalí, por Dios): La Música y los Nazis. Está tan bien montada, tiene tanto para ver y oír, hay tantos canales de entrada (entre otros, los auriculares que llevás puestos y te dicen cosas cuando te parás adelante de un cuadro, apretando un botón), que al final lo dejo a mi hermano absorto en un cuarto pequeño donde pasan películas de Marlene Dietrich, de submarinistas nazis que escuchan a Lili Marlene bajo las olas, y otras atracciones. Voy hasta el mostrador y compro un suculento catálogo, tan completo como la muestra, y, desde luego, con un CD.

Un día queremos ver el famoso cine Super﷓Extra o algo por el estilo: una pantalla que te envuelve por completo. Cuando llegamos están agotadas las dos funciones que siguen. Al lado está el Acuario (una de las cosas que mi hermano quería aprovechar de ver, ahora que yo estaba), pero es tarde. Vamos unos días después. Otro viaje a otro mundo. Lo bueno es que no tiene ningún tipo de espectacularidad a la norteamericana. Más bien silencio, y movimientos lentos de los animales más raros que sea posible ver, aparte de los clásicos. Hay un cubo grande de cristal donde flotan en el agua clara "sepias": propiamente bichos de La guerra de las galaxias, con ojos inteligentes, tentáculos cortos colgando y un cartelito que anuncia que es un espectáculo transitorio, porque cuando procrean, una buena parte se mueren. En el tanque principal no se entiende bien cómo conviven sin mayor molestia un tiburón hecho y derecho con todo otro tipo de pez de cualquier tamaño. Los pulpos se pegan con las sopapas de los tentáculos al vidrio y después dejan fluir su carne. Es increíble que Caillois se haya asombrado de que hubiera tanto mito a su alrededor.

Lugares. Ramblas. Los bares de las ramblas. El banco de las ramblas donde lo estuvimos esperando un rato a Ignacio, que iba a venir en bicicleta, con una humedad fría que te mataba, casi literalmente. La plaza Artós muy cerca de la casa de mi hermano, muy acogedora. El parque Santa Amélia donde empezamos a corregir las pruebas de un libro de mi padre que me habían enviado por mail, y nos tuvimos que ir porque empezó a funcionar una cortadora de césped con motor de explosión. El bar del "casal" donde se desayuna en un clima de pequeña comunidad tranquilizadora. La Sagrada Familia, de un lado hecha por Gaudí, del otro continuada hasta el fin de los tiempos por comisiones diversas: la diferencia entre el Individuo Creador y el Estado, o la Institución. Las callecitas del Barrio Gótico, y la librería Central donde tenían el libro de Jules Laforgue sobre Berlín que había buscado tanto, y el cajero era de Rosario y de Ñúbel. El "Hospital de Sant Pau", de alucinante estilo modernista, al final de la avenida Gaudí, llena de barcitos a los costados.

Saliendo

Vamos con mi hermano y Eduardo hasta la estación Sants. Vine en primera (no había otro pasaje: se viaja mucho en tren), a la vuelta en segunda. Va atardeciendo. Atrás de las ventanillas desfilan una urbanización (balnearia o no) tras otra: el olor de la especulación, del dinero, de la carrera de ratas por el espacio. Los sórdidos rastros arquitectónicos grises que dejaron las Olimpiadas (como el triste shopping donde fuimos al cine), el taxista que comenta, entre sorprendido y reverente: "En el verdadero barrio caro las casas han llegado al millón de euros".

Todo se va. El júbilo sigue mientras emprendo el regreso a Madrid. El júbilo me impidió anotar, tomar fotos, incluso recordar. Le pedí a mi hermano que me enviara por mail algunos nombres para que esto no pareciera una hoja en blanco con algunos accidentes. Pero en cuanto la recibí me di cuenta de todo lo que faltaba. Las docenas, incluso cientos de fotos, quedaron en el hiperespacio: quedó en enviarlas mi hermano en un CD, por el tamaño. Pero muchas veces lo digital es el camino más lento. No hablé del idioma catalán, de los catalanes (y su secreto vínculo con los porteños), de Nicolás, en un bar de la plaza Catalunya, recién recibido en psicología, explicándome con una sonrisa: "Ojo: no en Freud. Aquí en España, en psicología, Freud no existe."

* Publicado en Transatlántico, periódico de arte, cultura y desarrollo del Centro Cultural Parque de España/AECI nº 2, Rosario, 2007.

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