LECTURAS

Angela de la casa

 Por Fabricio Simeoni

I

Como una presa, la locación se olvida de uno entrelazando la espera calificada de un aviso que vende un monobloc semi amueblado y una calle profana, al final del paisaje con su nombre huérfano, nunca pronunciado por las demás calles, nunca pronunciado por las demás presas. Encastrada en el Dios de afuera, que mira como un amuleto detrás de la ventana nos protege hasta acumular la culpa y la vanidad de los espejos. En esa casa no existe el tiempo ni la doble circulación, sólo el veneno del funcional ejercicio de los que miran y una oración ambigua para desconcertar el rumbo de todo pasante.

Obligada a fenecer ante el espacio que no habita ningún objeto pone en las cosas vacías, otras casas. Casas viejas y sinceras, con valijas y sin concreto, señaladas y cancerígenas, volátiles y artesanas. Casas mudas e hispanohablantes, intransigentes y despechadas, del barro y del mismo caos que trajo este corte.

Cuando despliega el vidrio del comedor que da a la garita de la línea F se aglomera el anticiclón de la perpendicular que confunde el vértice con su reminiscencia, el mundo sólo es lo que ha visto, lo que pudo ver. Un colectivo detenido cursante de la hora exacta, la llegada humectante de la vendedora de cremas, un celofán de amoníaco en las nubes subterráneas con camiones de residuos, nada más podría pasar en la coyuntura. Nadie más en su memoria de cosas quietas, suspendidas en la cuadratura de un plano fuera de foco.

Nunca duerme, nunca come, sólo mira con dirección medida a ojo, el rumor de las viejas de las bocas incendiarias en los balcones desapercibidos. Todo es enfrente, otra medida, la dirección contraria de las veredas desaconsejables con raíces de tierra firme y agua gravitatoria de campos magnéticos desapercibidos.

Maldice el remiendo que tienen las movilizaciones trazadas en la esfera de un acto sombrío haciendo del perímetro la contramirada, cuántas cosas no pudieron detenerse en ella. Queriendo judicializar el mundo de los bloques linderos, encontrando el ángulo que festeje el acierto invisible de la ciudad aplanada.

La propia geografía está en la forma de pestañear que tiene sobre el pavimento caliente y esmerado a combinar su esencia con afables correlaciones inorgánicas. Queriendo visualizar el accidente que dio origen a lo que se contrae y se dilata hasta morder el anzuelo y perpetuarse en lo increado.

Alguien se dio cuenta de las puertas, quiso entrar despacio como encubriendo la pena merecida de las moscas, que le agregan a cada mueca una disolución facial de cuadro estampado en la pared sin revoque.

Tal vez una foto que condice con lo impasable. Alguien la vio, desangelada.

II

En el minuto de aguja desvaído como en la promoción de escaneado hicieron fingir el cuerpo de un movimiento que no sabían mesiánicamente si tenían.

Decía sobre los vidrios, decían en la esponja orgánica, decía sobre el videt, decían en las aletas del ventilador industrial, decían sobre el diván, decían en el baño químico. Decían del determinismo lacaniano como una marca de piel en la piel. No decían nada.

Unas vueltas cotidianas, las que salvan un recorrido, van cayendo como una sustancia adicta a lo que se dice, se mezclan los colores en la acción de la pantera locuaz. El tablero de ajedrez espera la próxima reacción de la ficha vertical al rey que juega molecular, a concebir el jaque más anestésico del ojo.

Es amontonar las píldoras en la cabeza que resiste y concilia la idea de que en realidad no hay movimiento, sólo hay formas de moverse. Formas adecuadas al molde, adulteradas y adeudadas. Formas precisas, precámbricas y presagiadas. Formas insinuantes, inusitadas e insurrectas. Formas diabólicas, diametrales y diáfanas.

En la hora de aguja desnutrida como en la definición del fotograma deshicieron la conciencia de lo que está quieto infundado en el orden causal de lo que está.

De tiempo indefinido vive la estática, de estática definida muere el tiempo, alfabeto de reacciones térmicas, una mueca constante al sismo despierto. Perímetro de pausas espaciales, donde la tumba disociada lacra los grumos. Saltar sobre los grumos, esparcir el registro de nulidad concediéndole la licencia arbitraria al servicio metereológico.

Hay baja presión en esas planicies de amor normal, un interdicto de paredes manchadas o paladares ilegibles. No conviene decir las veces que dijeron, no conviene decir los relámpagos. La carga es lo de menos, siempre y cuando sea uniforme el paso y la vuelta al mismo lugar, como antes del síntoma. No sabían bien de dónde venía esa música confusa, pero la espiaban todo el tiempo y se definían entre la sangre y su cercana figura a lo que sistematizando el desvelo hectopascal, parece eléctrico.

Cuando ella empieza a llover corre la Avenida Francia en sentido contrario, muestra su fósil oscilación inguinal como un correlato de niebla en la zona perimetral del deseo. Correr en ella no es alfabetizar las coordenadas ni eyectar cada espejo de agua con pavimento sano. Correrla no es adosar la planta del pie a la masa de la calle ni cavilar el afluente de una secreción signada por la cosmética del colapso.

Sólo pasa un perro adueñado del trayecto y la docilidad que ella provoca en la inundación, se retuerce después de toda la lluvia como amodorrada, promulgando de cara al piso su culpa incesante por seguir cayendo.

Recae el sentido de la indignación o el atascamiento, el perro goza del límite que moja la espalda. El primer obstáculo superado al cruzar la diagonal representa el modelo de superación que todo animal infringe después de abastecerse, ella sigue corriendo atestando ojos en las cuatro esquinas. Algo de aceite se desparrama defectuoso sobre las sartenes del bodegón. Ese olor cauteloso que inflama las fosas del duodeno y se infecta en la tempestad clamando el fin de los tiempos bautizados en la misma ocasión que peca el cielo. Un diseño ácido en el paisaje desfigurado de la noche, envuelta oficiosamente con cada impacto que orbita la inducción. Un plato de comida no es para la lluvia lo que la decorosa grieta en la tierra es para el perro. Ambos se encuentran en la rusticidad de la sobra.

Se estigmatiza cada paso que falta para llegar a destino, salpicando la frontera del decomiso. Se corren los vehículos estacionados como el vino misceláneo. Como una mutual de resfríos mal curados, se empaparon de coberturas selectivas creyendo en la disolución que algún día podrán espaciar el paradero.

La gente se amontona en la consistencia y liviandad del aceite como el peso muerto que flota en la embestida, adelgaza el ripio resfriado de pañuelo peripuesto, moldea la sagrada línea perimetral indicadora de sangre sacrílega. Ella sigue haciendo correr la avenida que nada tiene ya para mostrarle a los corredores, las valijas repletas de miembros caninos, los suegros de la última novia casada por despecho, los sostenes del cuerpo cóncavo, los resabios de la lengua agrietada por el influjo menor de un piercing huérfano, la secreción dilatada del terreno ultrajado, parcelas de la noche melancólica.

Se desenvuelven las marionetas tendidas en la soga del patio solitario, se salpican los tobillos cercanos a las cabezas de los de abajo, no hay demasiado resquicio para recalentar el menú ejecutivo. Se acercan a la puerta, el último estruendo después de la luz violeta les detona la sien confundida con los cordones vaporosos. Los grumos del cemento solemne elevan la debilidad del mozo arrojado a conciencia a la voracidad del tumulto trazado en la carta como innovación gastronómica. Toda la porcelana se destruye en los mostradores y nadie paga cubiertos. Después, el foco incandescente presume un secreto inanimado a la hora del reencuentro amante y todo lo que esperan nunca tendrá posibilidades de encontrarlos.

Parece haber refrescado en la intimidad del efluvio, la térmica no soporta un ladrido más. Para el secador no hay ninguna suerte amalgamada a los efectos del premio de la lotería.

Trepar es una utopía, falta el aire. Murió el perro y ella se detuvo ante la copiosa insinuación de lo que vendrá a recetar lo condicionado del reflejo.

En la operación hubo un corte que no se seca todavía.

Tal vez una foto que condice con lo impasable. Alguien la vio, desangelada.

III

Iban exactamente al cruce, partiendo la rectitud de ciertas líneas preparatorias para otra dirección, la que los iba a llevar adentro. No hubo pretensiones en la horizontalidad ni los pozos verticales sangraron tanto como el ostentoso impacto del cuerpo contra el pavimento. Los restos de las cosas nunca chocan, es estar o no. Ni el cuerpo contra el cuerpo, ni el pavimento contra el pavimento, sólo la figura impregnada, hecha peatonal. Entre ir y venir también se esconde lo distante, lo inabarcable, tanta posibilidad de descartarse a tiempo de lo que ya está afuera. La voz de la intermitencia no pudo despertarla esa mañana.

Volvían diametralmente opuestos a la mano contraria, ensamblando la delación de ciertas curvas consagradas para otro desvío, el que los iba a excluir. Hubo ampulosidad en la llaneza, las elevaciones fatuas cicatrizaron tanto como la liviandad de la inercia del ejido contra el mundo. Las estructuras de las galaxias siempre frenan, es dejar de estar o no. Ni dios contra dios, ni el mundo contra el mundo, sólo una inquietud amordazada, inversamente proporcional a lo deshecho. Entre salir y entrar también sucede lo incontinente, lo accidental, tanta posibilidad de rascarse el espacio de lo que ya está contenido. El silencio de las miniaturas pudo despojarla de las fragosidades que la deshabitan.

El barro corrido de la boca, el rouge en la banquina, un neumático a la deriva, su preservación. Nada es más importante que la ubicación. Igual pueden correrse, la intersección representa menos riesgos que la fatalidad del sexo. Un nuevo artilugio para desposeer lo incorregible, del deceso postergado en las rutas queda la interrupción del peaje. Algo será mejorado entre los desperdicios, la infamia que aún padecen las chatarras amontonadas. En las chapas dobladas están las manos, mordidas, como en los bordes, un descuido que señaliza el infortunio. Faltan las mismas luces que perdieron cuando había niebla, las que los protegían de la restricción. Después salían del cuerpo, incendiados, desprovistos de toda humanidad incólume. Despedidos de las separaciones como si sobraran las excusas y alcanzara el prestigio de una maniobra detrás de los espejos.

Arremete el suplicio, el cansancio de la envestidura. Tapar la forma, desubicarla. Diferir la causa del movimiento, sentir la deformidad. Las marcas sobre la piel no precisan la velocidad ni la fuerza del bloqueo. Lo intransitable es menos inconcluso por extinguible, pero el próximo paseo deberá establecer los modelos de encaje hacia la infección ilesa del tronco.

La misma distancia es el mismo desvío, la misma dirección. Tendrán que invertir la U para que no haya salida o invertirse para que la U no tenga salida en ellos. La misma U es la misma salida, ellos mismos.

Estuve inflando madejas a una temperatura oxidante, aún la temperatura oscilante se dejaba enfriar, me dejaba inflado. Estuve inflando madejas como la noche corriéndose del lugar donde la había dejado antes de empezar a inflar, inflaba noches que no tenían dirección en la punta como tampoco el continente del hilo, las inflaba pero no podía hilvanar una coordenada en el punto que hiciera posible la coartada. Inflaba para que no se me escape el aire entre las manos, para que no se me escape la torsión, la aguja.

Trabados en la sentencia, como un germen dictatorial el cuerpo de Rocío y su punto de inflexión no encuentran la manera de socavar la inventiva, un secuestro hormonal que se clava en la columna invertebrada del aislante térmico. No nos deja ver los cerramientos que clausuran el nudo y se deshilachan, trabados en la sentencia he sumado uno al ruedo para que tanta oscuridad no crezca en las vitrinas.

Ella planea soltarlo para que no se acerque demasiado, soltarlo hasta ahí nomás, no vaya a ser que después no vuelva, no vuelva a ser parte del material de estudio que tenía previsto exponer en el próximo trimestre, soltarlo para que pueda experimentar un vuelo rasante pero no demasiado elevado, no hacia los postes de luz, no hacia la estatua de la virgen en lo alto del convento. Planea soltarlo ni muy lejos ni muy cerca, antes que se precipite el vapor del desayuno en las noticias.

La condensación intersticial alivia la materia del dolor en lo de adentro, cierta multiplicidad de analfabetos deslenguados que aprecian la forma que los tres tuvimos para decir las cosas cuando nos tapamos la boca. En la exhalación se difuminan las secreciones inundadas de fosas nasales reconvertidas y resucitadas en la composición de las sepulturas, se subordina el malestar de la vegetación entre las líneas introductorias del deseo. En la inhalación se concretan las máscaras y sus alrededores, como vecinos muertos sin pañuelos, se incrusta un cometa que pone en peligro la oda que mañana amenazará a la última madeja.

Un artilugio que me hace pensar, me hace pensar en la aerostática convicción de lo que se oxigena, se oxigena en la náusea. Un artilugio convexo, envuelto en una capa que me sacude. Nos sacude, porque seguimos siendo los que se rarificaron con la mueca inválida del ascensor, la mueca que sanciona una pena casi justa. Seguimos siendo los enardecidos que fluctúan de acuerdo al modelo de saturación, la única escapatoria. Seguimos siendo los que hacen agua cuando otros flotan en la castidad del sueño.

Tal vez una foto que condice con lo impasable. La vi, desangelada.

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