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Viernes, 29 de enero de 2010

LUX VA AL BALNEARIO CAMBORIU

Donde hay médanos, delicias bullen

Volvió como siempre, como si nunca se hubiera ido, aunque con las pompis maltrechas por la ruta y el sol en la playa nudista, donde al fin encontró la carne de su gusto, bien curtida y sin remilgos. No hay por qué extrañarlx, Lux siempre está.

Ni las dos noches que dormí en cama de hoteles, durante el viaje de ida a Brasil en auto, devolvieron a mis pompis su forma humana. En el asiento trasero de la Ranger se formó un molde con mis dos nalgas, y hasta dejé ahí las semillas de un segundo culo, que por lo visto nadie recogió. ¡Más de veinte horas de ruta, y ninguna flor nacida en las paradas! ¿No era que los camioneros son como los faunos del Mercosur y bla bla bla? ¿Ya no quedan hombres dispuestos a reconocer de un vistazo el glamour Soho porteño que se ofrece sin costo? ¿Qué divinidad sino Lux puede desclasarse hasta el punto de trepar a un mionca de varios metros, sacando fuerzas como la Raulito?

Nada de glamour al final del viaje, era yo Lux extra-chatx arrastrando mis dos bolsos y la reposera diseño arco iris, detrás de la augusta pareja gay anfitriona y de aquel filósofo español que decía que hasta en los retretes de las Petrobras puede advenir el Ser si se le canta. Pero el Ser que yo necesitaba no advino, ni siquiera en los WC, donde me calenté con un graffiti en portugués, de alguien que ofrecía su “gostosa bundinha”.

Con el equipaje desperdigado en el departamento, corrimos a la playa, yo luqueadx de blanco ceñido, ramo de flores y sin calzado, ay, para posar mis piececitos directamente en la arena, cual Mesías bebé en Reveillon, como se conoce en Brasil el festejo del fin de año. Sí, era el 31 de diciembre, a las once de la noche y el rito lo quiere así: inocencia y promesa blanca para recibir 2010, en silencio las flores al mar... pero a cada costado un jolgorio de musculatura brasuca me distrae de la faena mística. Varios de esos dioses caterinenses rubios que hubieran hecho las delicias del Führer se la pasan encendiendo petardos, bengalas y un chispazo casi me incendia la flor de tul con que me sujetaba el aplique a la cabeza, qué mierda se han creído: “¡Secesionistas!”, les grité, porque de pronto me vino a la memoria aquel plebiscito mamarracho de los ‘90 en el que el Sur gringo votaba si separarse o no del Norte negro. Cuando me enojo me sale la política por los poros; me vuelvo cual lobx progresista a lo Orlando Barone en 6, 7, 8 aunque con el gesto altivo de Magdalena tempranísimo.

Por suerte llegó el 2 de enero y con la noche fueron desapareciendo muchos de los dioses y sus papis, seguramente los Reyes del Ganado, y ocuparon ya posiciones los paraguayos y argentinos. Pero el aire familiero seguía zumbando en esas playas y Lux iba poco a poco tomando el color rojo de la ira.

“¡Dónde se coge en Camboriú!”, fue el alarido que pegué, decididx a convertir todo ese convento brasuca en mi Sodoma portátil, y la augusta pareja gay y el español que soñaba con mulatos invisibles se dieron cuenta de que había llegado el momento de sacar la Ranger del garage y echarse a andar por los caminos, porque había bajado sobre Lux la entidad de la lujuria.

Así fue que cambiamos las playas del heterocentro por la cercana Praia Mole, donde como siempre en lo más alejado se había armado una disco al aire libre llena de musculocas paulistas, que no eran sin embargo lo que yo buscaba... Es que ya sabrán quienes siguen viernes a viernes mis crónicas que Lux brilla bajo las luces de los grandes escenarios de la noche, pero su mejor performance la consigue en la inmundicia.

Tomen entonces nota de lo que sigue: la clave está en Praia do Pinho, la primera playa nudista de Brasil. Está a pocos kilómetros del centro del balneario. No pierdan el tiempo bronceando los glúteos sobre la orilla. Ustedes me entienden. Mochila al hombro, piérdanse por los médanos y corredores del bosquecito encantado. Encontrarán hados con las varitas enhiestas, y también bocas dispuestas y —quién dice— hasta una ninfa mañosa que canta como sirena.

No hay nada que hacerle: donde hay médanos, siempre habrá poesía.

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