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Viernes, 11 de marzo de 2011

SOY POSITIVO

P de puto y prisionero

 Por Pablo Pérez

Cuando llegaron al aeropuerto de Río, Master X los estaba esperando. Era un negro corpulento,

algo barrigón y de brazos fuertes. Sólo se adivinaban sus años por el pelo y barba canosos, por su serenidad. Cuando los saludó, la voz gruesa parecía nacerle desde la enorme verga, que los dos pudieron sentir contra su cuerpo cuando el Master los estrechó en su abrazo. Los guió hasta donde estaba estacionado el auto; él adelante, P y T atrás como sus perros. T y Master X ya habían hablado acerca de las condiciones de su estadía. P las ignoraba. En una hábil maniobra, mientras metían el equipaje en el auto, Master X empujó a P al baúl sin que nadie más que ellos se diera cuenta. En la oscuridad del baúl, P sintió calor, estaba excitado pero también tenía miedo.

Confiaba en T, pero apenas conocía a Master X. El trato que había hecho con T no tenía cláusulas: obedecer en todo tanto a él como a su anfitrión. Durante el viaje, T y Master X terminaron de pactar; los dos estaban de acuerdo en que todas las prácticas debían ser consensuadas. T también le contó, como pudo en su portuñol, la situación de la pareja. Master X ya sabía que T era seropositivo y que los dos estaban tratándose una sífilis. Lo que no sabía era que P, que decía ser seronegativo, nunca se había hecho un test y que por lo tanto no tenía manera de saberlo; tampoco sabía que la pareja estaba en crisis y que ese viaje a Río, y ante todo la experiencia en su dungeon, era para reavivar la pareja y darle un giro que los uniera. T sabía sobre las relaciones amoesclavo, pero si bien estaba equipado con cuero y conocía las prácticas de ataduras, azotes y sumisión, necesitaba la experiencia de Master X, para aprender a llevar una relación así. “Tudo bem, garoto, ¡comigo vais aprender muito!” P estaba transpirado, había perdido la noción del tiempo. Cuando lo sacaron del baúl ya estaban en el garaje de la casa de Master X: “Quero você de joelhos, meu escravo!”, dijo. P no entendió la orden, estaba desorientado. “De rodillas, esclavo”, tradujo T y P obedeció. Le vendaron los ojos, lo esposaron y lo dejaron ahí. Al rato llegó alguien en botas, P se excitó de nuevo al escuchar los pasos. No era ni T ni Master X. Sintió el cuero contra su cara y después una pija con forro en la boca. “Suck it, boy!” escuchó. La chupó un buen rato, hasta que sintió la acabada tibia en la cara.

El hombre lo ayudó a levantarse del piso, lo condujo a otro lugar y lo hizo sentarse en una silla. Durante todo el tiempo, P estuvo tan al palo que casi le dolía. Alguien le dio de tomar agua, boca a boca. No era T, ni Master X ni el hombre encuerado al que le había chupado la pija. Era un hombre desnudo que le sacó los zapatos, los pantalones, los calzoncillos. Le amarró las piernas a la pata de la silla, le sacó las esposas y la camisa. Se tomó un buen rato para inmovilizarlo con sogas contra el respaldo. Desde no muy lejos, P oía la música del Carnaval. (continuara)

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