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Viernes, 11 de marzo de 2011

CINE

Cisne encerrado

Una lectura en clave lésbica o cómo torcerle el cuello al cisne. La película con la que Natalie Portman increíblemente se llevó el Oscar a la mejor actriz.

 Por Liliana Viola

Si históricamente los Oscar acusan una franca inclinación a la arbitrariedad, la última edición quiebra la inercia y se dedica de lleno a premiar películas malas. El letargo y propaganda de la corona británica de El discurso del rey, la insoportable levedad de Facebook y el engendro psicoplumífero de la película de Darren Aronofsky prometen ceremonias más bizarras y sinceras. Nos concentramos en El cisne negro porque a lo largo de las sucesivas escenas robadas a géneros tan distantes como el terror, la comedia de gags, el cine clase C y la sit com adolescente, hay un cisne ni blanco ni negro, ni sí ni no, que parece haberse olvidado todas las plumas en el closet y sufrir durante toda la película por eso. Tan oscuro el objeto de su deseo que los indicios tímidos y reprimidos devienen en una versión paranormal del drama de Tchaikovsky. De las muchas pistas que escupe la trama, la única que se mantiene sin contradicciones hasta el último minuto es la que apunta al drama lésbico. Una lesbiana buena (que lo es también porque no se asume como tal) se convierte en juguete de una lesbiana mala (que es tan mala que si quiere no es tan lesbiana) y en el objeto de capricho de un vampiro sexual (que es ese coreógrafo sorprendentemente heterosexual dentro de tanto clisé en danza). El secreto de la protagonista, que tal vez ni ella misma se atreva a escuchar, la conduce hasta una metamorfosis con plumas incluidas, falanges pegoteadas y todo lo monstruoso que pueda representar para el director y muchos más el incumplimiento con las reglas de la normalidad. Un fantasma de lesbo erotismo sobrevuela la trama de El cisne negro que afecta al guión y a la actuación de Natalie Portman. ¿Habrán notado que tiene la misma cara de tormento desde la primera escena hasta la última? Si le va bien, si en ningún momento su puesto corre real peligro, ¿por qué está siempre tan consternada? Tal vez el Oscar a mejor actriz haya estado basado en este rictus Guinness (y eso que las bailarinas clásicas tienen la curiosa orden de sonreír siempre, en cada pirueta). Más allá de una madre robada a Baby Jane, un despliegue de desórdenes alimenticios, autoflagelación y un cuarto lleno de muñecas y ositos, la joven cisne parece tener un problema de orden sexual. Al menos así lo ve su acosador maestro de danza y por eso mismo que lucha dentro de ella la elige. No ha tenido sexo, no tiene novio, no es capaz de responder más que con un mordisco brutal a la obligación de acostarse con el director de la compañía y si esta mera hipótesis necesitara de una confirmación, allí está el único momento en que Natalie cambia su gesto triste por algo más expresivo: un orgasmo. Esto es, cuando tal vez en sueños, tal vez en serio comparte una escena de sexo con su supuesta rival que nunca es tan peligrosa como para justificar tanto dramón. La llegada de Lily, interpretada por la sí buena actriz y encantadora Mila Kunis, le cambia la cara al cisne y contribuye a esta larga tradición de que las atracciones entre mujeres cargan con su negrura.

Críticas y sinopsis no es casual, hablan de “una amistad medio perversa” entre las bailarinas rivales, abonando esa idea de la histeria femenina, las malas amigas, las que se quieren y odian como hermanas. Mientras el cisne hace piruetas. Pero no puede levantar vuelo.

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