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Viernes, 18 de noviembre de 2011

Vivito y colgando

El cuerpo de Juan Miceli oscila como un péndulo. Las tenues luces rojas hacen foco en distintas partes de la piel que encarna una danza. Así se verán como manchas tintineantes el torso, la espalda en tensión y las piernas del hombre semidesnudo que se bambolea en medio de un universo más amplio, donde cuelgan decenas de perlas y esculturas de seres mitológicos, mitad hombre y mitad monstruos.

 Por Gerardo Streger

El artista que decidió ponerle cuerpo a su obra, ser su obra, es Juan Miceli en la muestra La suspensión, aunque aclara que no busca “hacerse el contemporáneo o realizar algo absurdo” sino que se cuelga de un arnés para complementar sus creaciones: esculturas realizadas con hueso, dientes, plástico y otros elementos que une instintivamente para crear un mundo de héroes y villanos.

¿Cómo nace la idea de trabajar el concepto de la suspensión y hacer levitar tu obra con hilos a metros de altura?

–Un día me empecé a preguntar por qué busco que las cosas floten entre el cielo y la tierra; mis esculturas eran colgantes, y mientras yo practicaba Yoga Iyengar, donde me hacían estar cabeza abajo. Descubrí que lo que hacía con la obra lo hacía conmigo mismo. Ahí me puse a investigar sobre la suspensión y encontré que desde la física se considera como un estado en el que estás en comunicación con algún tipo de potencia, algo místico, pero no como delirio. Por otro lado estaba mi fascinación por trabajar con huesos animales y humanos, sumado al plástico; entonces me pareció que en la mezcla de los huesos fundidos en plástico había un deseo de detener el tiempo o suspenderlo: dentro de miles de años, cuando el hueso se termine de pulverizar, igual va a quedar su forma en plástico. Además, de los huesos y fósiles deriva el petróleo y de éste viene el plástico, por lo que sentía que se estaba cerrando una especie de círculo. Por otro lado, esta cuestión de suspenderme me dio la idea de que podía dejar de hacer obra para ser obra.

Hay artistas que intentan separarse de sus creaciones para protegerse. ¿Cómo es para vos ser la obra?

–Es liberarte de lo material. Yo podría hacer esta instalación, si me quisiera hacer el contemporáneo, con mi cuerpo colgando con un video de fondo y nada más. He visto cosas más absurdas que eso. Pero para mí sigue siendo importante la escultura, aunque como una parte del cuerpo; creo que la obra es una huella. Hace tres años practicaba yoga, pero luego lo empecé profundizar en el sentido artístico porque cuando volvía al taller, luego de una clase, los movimientos que hacía para trabajar eran muy parecidos y con la misma mecánica. Había una secuela en mi cuerpo porque me volvía más flexible. Y la obra y el cuerpo se mimetizaron.

¿Qué sentís al estar colgado? Por momentos se te ve relajado y por momentos, tenso...

–Nunca lo pensé racionalmente, pero quise agregar a lo relajado un movimiento y marcar una sensación de que el cuerpo está vivo y no es un fiambre colgado. Es parte del ejercicio de violentar la postura. Un cráneo de jabalí abre la muestra y yo lo veo como la síntesis de este trabajo: puedo ser el jabalí colgado muerto y el que mata el jabalí. Se puede vivir entre lo monstruoso y lo heroico.

¿Qué considerás heroico en vos?

–Yo busco transmitir a la gente la sensación de que podés hacer lo que vos quieras, que tenés la posibilidad de soltar una visión en un espacio y que haya al menos una persona que se cope con tus proyectos. Lo heroico consiste en armar una red, pero no como Facebook sino real, cara a cara, con gente que se une para un determinado fin y buscar colaboración de otros artistas. Lo heroico también es colgarse medio en bolas y provocar cosas en el otro.

En la inauguración de la muestra se llenó el espacio y algunos hablaron de vos como un referente entre los jóvenes. ¿Por qué?

–No quiero quedar como un megalómano, pero la gente me sigue en mi idea de hacer lo que uno quiera. Si te gustan los pibes, las minas, no importa. Si junté gente que por un rato se creyó que hay un mundo en el que reina un ídolo cabeza de jabalí con cola de pez que tiene un ejército de guerreros negros y que, mientras, una gente vegetal se va para arriba y hay un humano cabeza abajo y, encima, viajás un toque, yo estoy hecho. Vengo laburando los últimos años en publicidad, donde es todo como no es. Obviamente, me iba económicamente mucho mejor laburando en cine o en publicidad, pero hay algo que vuelve en el arte que no tiene que ver con lo económico.

Vos hablás de la importancia de ponerle el cuerpo a tu obra. En la comunidad homosexual, poner el cuerpo también tiene una connotación muy fuerte: gays, lesbianas, travestis y trans piden ser visibles y poner el cuerpo. ¿Qué reflexión te merece esto?

–Más allá de la orientación sexual, aunque la incluyo, creo que poner el cuerpo en “lo público” o hacerlo visible es una manera de señalar algo: estamos acá y somos iguales y sentimos esto que mostramos con el cuerpo. Y digo más allá de la orientación sexual porque rige para la comunidad Glttbi o para los estudiantes que toman un colegio o a cualquier grupo de gente que quiera hacerse oír en el discurso público. No hay manera de ser escuchado si no se pone el cuerpo. Creo que poner el cuerpo en la escena por algo en lo que uno cree es a la vez acto de amor y decisión política. En el caso de mi suspensión creo que también hay eso, un señalamiento o, dicho más concretamente, es mi modo de transmitir justamente a lo público mi visión particular del cuerpo en relación con el arte, y que somos puro cuerpo.

La suspensión
ThisIsNotAGallery, Cabrera 5849
Martes a viernes de 17 a 20,
hasta el 24 de noviembre

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