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Viernes, 18 de noviembre de 2011

TEATRO

La farmacia abierta

 Por Leandro Ibáñez

La trastienda de una farmacia, un entramado de estanterías metálicas, un laberinto de pasiones, dar vueltas entre cajitas de remedios para no llegar a ninguna parte. Esta escena, tan poco frecuente, es el llano para el desarrollo de un fragmento ínfimo en una noche más, perdida en alguna parte del conurbano bonaerense. Comedia costumbrista, que tiene mucho de tragedia, y donde los protagonistas no son una extensión de la familia Benvenuto sino tres hombres maduros y dos abatidas travestis. Un mundillo en el que en lugar de fideos amasados al mediodía de un domingo se come pizza berreta con cerveza de segunda, donde las caricias para calmar el dolor son reemplazadas por calmantes, el vino por inyecciones de hormonas, y el amor por el prójimo es ciertamente dudoso.

Entre el director, Sergio Boris, y el resto del elenco surgió este proyecto, donde primero estuvieron pensados los personajes y luego se tejió la trama. No existe tema central claro sino un oleaje de pequeñas cuestiones que asoman la cabeza y se vuelven a hundir. Así es como la prostitución, la violencia, el desprecio y el ninguneo del que son objeto las travestis surge por momentos, y en otros, el compañerismo, el cariño, el cuidado, el legado familiar. Pero sea el tema que fuere, el público percibe con una punzada en la boca del estómago la tensión de lo que allí sucede, lo no visto, lo intuido. Y en esta búsqueda es que los cinco protagonistas se llevan todo el crédito. Patricio Aramburu y Marcelo Ferrari en la piel de las dos travestis, una joven e inexperta que cree que el amor la salvará, la otra más experimentada y protectora, desesperanzada, agotada, física y moralmente molida a palos. En paralelo, los hermanos farmacéuticos —interpretados por Darío Guersenzvaig y David Rubinstein—: el mayor, canchero, con el conocimiento empírico de atender durante años en el mostrador; y el menor, tímido y reservado, recién graduado luego de trece años de estudio, con los conocimientos teóricos de los libros y la facultad. Y en la unión de estos dos mundos, el visitador médico de medio pelo —papel ampliamente logrado por Federico Liss— chabacano y grasa, que hace uso de los hermanos para conseguir los medicamentos y de las chicas para colocarlos, empañando la amistad con los primeros y el amor con las segundas. Entre recovecos metálicos y espacios ocultos, voces bajas se perciben, por momentos murmullos, las miradas se cruzan, se encuentran, varias historias a un mismo tiempo. El espectador toma una lupa durante un segmento cronológicamente específico, y medio científico, medio voyerista, observa el comportamiento de seres complejos y sanguíneos, un grupo de seres humanos tan desolados y maravillosos como aquellos que sostienen la lupa.

Viejo, solo y puto. Sábados a las 23.
Espacio Callejón, Humahuaca 3759.

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