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Viernes, 18 de noviembre de 2011

Travestis con clase

Si la montaña de la educación no va a las travestis, si se mantiene quieta y reaccionaria, las travestis van hacia la educación y arman su propia escuela. Se acaba de inaugurar en Buenos Aires el bachillerato Mocha Celis, una escuela pública orientada a la población travesti, que otorga títulos oficiales.

 Por Federico Sierra

LAS PIONERAS

Las Amazonas del Oeste fueron las pioneras, allá en La Matanza, pasando la Ruta 3. Ellas solas armaron la cooperativa donde travestis y transexuales comenzaron a recorrer el camino que va de la prostitución obligatoria a la dignidad. Algo tan simple como aprender a leer y escribir. La cooperativa se ocupaba de que la gente viviera cosas que la mayoría de la gente tiene en su vida cotidiana: compartir un desayuno, aprender un oficio, recibir información sobre prevención de enfermedades, aprender a leer y a escribir. Las amazonas, como su nombre lo adelantaba, se pusieron de pie por sus propios medios. En febrero de este año le siguió otra experiencia: la primera campaña focalizada desde el Estado dentro del Programa Nacional de Alfabetización en la Biblioteca Popular Crisálida, de Tucumán, llevó adelante una campaña destinada a travestis y con alfabetizadoras travestis. La iniciativa tuvo el apoyo de la senadora tucumana Beatriz Rojkes de Alperovich ante los alarmantes datos que mostraba el Area Queer NOA: sobre 563 travestis, transgéneros, transexuales y transformistas de Tucumán, “la discriminación y el desarraigo son las principales causas de la deserción escolar, lo que a su vez limita las posibilidades laborales y las confina a la prostitución”. Casi el 90 por ciento de quienes tienen primaria incompleta, el 86,7 por ciento de quienes la completaron y el 81,4 por ciento de las que terminaron el secundario recurrían a la prostitución para sobrevivir.

Alfabetizar para sobrevivir: y sobrevivir es poder mandar un mensaje de texto, leer un documento oficial, el diario o un folleto sobre VIH.

FIGURITAS REPETIDAS

El sistema educativo ha funcionado como una máquina perfecta de expulsión de niñas travestis. Todas las alumnas que se acaban de inscribir para empezar a cursar sus estudios en marzo próximo, en la flamante escuela Mocha Celis que se encuentra en el Centro Cultural Tierra Violeta, Tacuarí 538, donde funciona la biblioteca Feminaria, en la Ciudad de Buenos Aires, pueden contar más de una anécdota de segregación, primero con horror, luego con melancolía y si la cuentan tres veces pasa a dar risa por lo absurdo. Desde el Palacio Pizzurno, la subsecretaria de Equidad y Calidad del Ministerio de Educación y diputada electa, Mara Brawer, explica que: “Se trata de una población que no sólo está marginada de la escuela, sino que muchas veces también está marginada de la familia y de la comunidad. Muchas veces no hay una familia detrás que presione contra la deserción. A diferencia de gays y lesbianas, que han desarrollado históricamente algo terrible que han sido las estrategias de ocultamiento e invisibilidad, pero las travestis y las trans no pueden ocultar su identidad”.

En el ministerio aún utilizan como referencia ese trabajo que realizó la antropóloga Josefina Fernández, La gesta del nombre propio, aunque ya atrase algunos años. En esa investigación, Fernández señala que sólo el 14 por ciento de niñas travestis termina la primaria en un país que tiene el 98 por ciento de su población alfabetizada. Sólo el 10 por ciento de las travestis termina la secundaria. Los datos ya tienen algunos años de antigüedad, “pero en verdad no creo que hayan cambiado mucho todavía”, admite Brawer.

En los casos en que hay una familia detrás de esa adolescente travesti presionando a la escuela para que cumpla con sus obligaciones, muchas instituciones “aceptan” formalmente el travestismo pero les niegan a la vez su identidad ni las llaman por sus nombres. Por eso Brawer insiste: “Cuando decimos ‘una escuela inclusiva’ no es solamente una escuela que garantiza el ingreso, sino una escuela que recibe la diversidad y actúa en función de ella. Permitir el ingreso y no reconocerle su identidad de género no es una escuela inclusiva. Por eso la escuela no debe tolerar la diversidad, debe abrazar la diversidad. El Estado tiene una enorme deuda con la población travesti y transexual”.

FIGURITA DIFICIL

Agustín Fuchs (activista Lgbtti) ya trabajaba en un bachillerato popular “convencional”. Le gustaba ese formato sin estructuras rígidas, con fuerte servicio social orientado a acercarse a quienes no pudieron en su momento ir a la escuela. Pero fue su amigo el activista transexual Mauro Cabral el que le propuso hacer un bachillerato “orientado a las travas”. Que sea para ellas, ¿por qué no? En Buenos Aires se sumó Francisco Quiñones de la fundación Diversidad Divino Tesoro. Con el nombre de una ONG registrada en documentos oficiales se aceleraron los procedimientos burocráticos hasta obtener el aval que les permite emitir títulos oficiales. En el camino, se sumaron las referentes más visibles de la comunidad: Lohana Berkins, Diana Sacayán, Marlene Wayar. El resultado es el Mocha Celis, un bachillerato con orientación a cooperativismo: se reciben con título (601/01): “Perito auxiliar en de-sarrollo de la comunidades”. Son tres años de cursada. Habrá maestros travestis, trans y no trans, con y sin experiencia en educación popular, todavía se están armando las parejas pedagógicas (funcionan en dupla: dos maestros por curso).

Hay quince chicas inscriptas hasta ahora: saldrán a reclutar y hacer trabajo territorial durante todo el verano con las organizaciones trans por los bosques de Palermo, el Hotel Gondolín en San Telmo.

Quienes no tengan la escuela primaria entrarán a un curso nivelador para terminar el primario. Quienes ya tengan algunos años cursados deberán traer los papeles y darán sus equivalencias. Hay chicas que tienen hasta tercer año hecho: ésas entrarían directamente al segundo año del Mocha Celis.

Agustín explica que el Bachillerato Popular Mocha Celis “es un proyecto grande y a largo plazo: el ciclo de enseñanza dura tres años. Para que ‘una camada’ de travestis logre terminar el secundario se tiene que sostener por tres años”. Y lo de los tres años no es una referencia al paso, Fuchs sabe a qué se refiere: tres años travestis es mucho tiempo si se tiene en cuenta en principio que la expectativa de vida de una travesti en Argentina es de treinta y cinco años y sobre todo si se tiene en cuenta la prisa con la que obliga a vivir las necesidades básicas de comer y dormir. Las tres principales causas de muerte responden a causas que son evitables: el sida, la violencia y el abuso de operaciones y cirugías estéticas potenciadas muchas veces por la oferta y la demanda de la calle. “De todos modos, las que decidan seguir ejerciendo la prostitución podrán hacerlo, pero nos gustaría que no dejen de venir a estudiar por ello”, aclara Quiñones.

Es muy difícil llenar una plantilla docente con travestis y transexuales. La cuestión no es formal ni menor si se considera que uno de los principales problemas de las jóvenes travestis y transexuales se origina en “el currículum oculto”. En todo aquello que la escuela enseña pero que no está en los programas sociales, ese hábitus que se transmite de manera informal e implícita. Con paciencia didáctica, Brawer nos explica que “el currículo oculto es aquello que no esta escrito pero que sucede en la escuela: aquello que la escuela enseña sin que esté escrito en el diseño curricular. Cuando en la escuela se muestra a la mamá con el lavarropas y al papá trabajando, eso es currículum oculto”. También lo son las clases de educación sexual que nunca contemplan a los alumnos gays, las notas dirigidas a “las mamás y los papás”, la forma en que se debe usar y vestir el cuerpo y miles de situaciones cotidianas donde se dirimen el género y la sexualidad. Brawer aclara que “con respecto a la educación sexual, la escuela siempre enseñó y dio normas sobre la sexualidad. Ocurre que antes no había un currículum formal, todo ocurría en el currículum oculto. Ahora hay un currículum formal con lineamientos que se aprobaron en el Consejo Federal, aunque sabemos que seguirá habiendo currículum oculto en temas como sexualidad, en familia y muchos otros, porque nunca lo que sucede en la vida cotidiana podrá ser contenido por los programas académicos educativos”.

“Es difícil armar un bachillerato orientado a las trans cuando todos los docentes y organizadores no son trans. ¿Con qué autoridad podemos tocar ciertos temas y cuestiones cotidianas que irán surgiendo en las aulas?”, piensa en voz alta Agustín. Una solución fue armar una suerte de “comité académico”, figura que no existe en los bachilleratos populares pero que es una manera de involucrar a la propia comunidad en el Mocha Celis: allí estarán madrinas travestis asistiendo y acompañando todo el proceso. La otra solución fue salir a buscar profesoras travestis y transexuales, las que hubiera: así se acercaron otras travestis que sí habían terminado el secundario o habían estudiado y querían participar como docentes. Llegó Mar Morales, que estudió enfermería y es ayudante en una cátedra de biología. Ella será profesora de educación para la salud. Luego llegó Nicole, que es locutora y estudió comunicación. “Es una alegría enorme que esta idea que surgió en agosto del año pasado fuera tan bien recibida en el seno del activismo trans, ¡y también en los senos del activismo trans!” (sonríe).

SEGREGAR O EMPODERAR

Una y otra vez a Lohana le volvía la misma pregunta: ¿será que estamos segregando o que estamos empoderando y ayudando a las travestis? ¿Será que estamos incluyéndolas en la sociedad o apartándolas de las escuelas “tradicionales”? Lohana piensa en voz alta: “Una cuestión que me llamó mucho la atención es que mucha gente nos decía: ¿Y por qué sólo para travas? Son temas en los que una siempre piensa. Pero qué raro que reaccionen cuando es algo exclusivo de nosotras y no reaccionen cuando en los colegios no nos dejan entrar. ¿Por qué no es la misma reacción, por qué esas personas no se indignan cuando una travesti tiene miles de problemas en un colegio tradicional y sí empiezan a poner reparos cuando hay una iniciativa como ésta? Y le di vueltas al tema y me dije: está bien, que sea para travestis el bachillerato, que por una vez sean las primeras invitadas a la educación”.

Esto no significa, claro, que no pueda entrar cualquier persona que quiera terminar el secundario. “Sería una contradicción que las travas pongamos trabas al acceso de otros. ¿Por qué no bancarse que haya un bachillerato para travas y que entre quien lo desee? O como les dijo un chico a los organizadores: “Yo soy tan mariquita que no creo que pueda terminar los estudios en el colegio al que voy ahora”.

“¿Dónde estudiás? Yo voy al bachillerato para travas”, imagina en voz alta un diálogo posible, y sonríe. “Suena muy bien, ¿no? Después de haber ido a tantos colegios donde nosotras éramos violentadas o expulsadas, nunca nombradas por nuestros nombres, siempre con el mismo dilema de las figuritas de nenes y nenas en los baños.”

PREPARANDO LOS UTILES

Norma Beatriz Gilardi trabaja como secretaria de una cooperativa y abandonó los estudios en segundo grado de la primaria. “Después fui aprendiendo lo básico: a leer, hacer cuentas fáciles, fui aprendiendo sola. Pero a veces para mandar un mail o algo así complicado le pido a alguna compañera que me dé una mano.” Enseguida sonríe y agrega: “A mí me gustaría terminar, recibirme. Y después sí, quizás estudiar veterinaria. No me importa la edad, porque tengo una fuerza de voluntad a prueba de todo”. Después de recordar el maltrato del pasado, Norma siempre piensa: “¿Por qué no pasó todo esto cuando yo era chica? ¿Por qué no hubo esta libertad cuando yo era adolescente? Si yo no tuve infancia, un día me fui de casa y abría puertas de taxis en Constitución, después estuve en institutos de menores, pasé por todos lados”.

A la preocupación acerca de que las alumnas abandonen los estudios y prefieran esa “plata rápida” que les da la prostitución, Norma replica: “No, yo no creo que empiecen y dejen, las compañeras van a seguir, hay muchas que son analfabetas, o casi analfabetas. Pero ahora están aprendiendo a firmar en las planillas, ellas quieren”, explica Norma. “Son chicas que nunca tuvieron un oficio tampoco. Y después no llegan a la edad que tengo yo. Fijate: vos no ves travestis de mi edad, se mueren antes.” Rápido sale del paso y se vuelve a entusiasmar: “Ya me vas a ver con los libritos abajo del brazo y las trenzas, todo. En marzo con la cartuchera, la mochila preparada, y si es posible Louis Vuitton, claro”.

Nicole Cagy es perito auxiliar en electromecánica. Travesti versátil como pocas: egresó del colegio industrial y se recibió como técnica en locución de radio. También es saxofonista y se acercó a Mocha Celis para ser profesora. Su estrategia para transitar el colegio industrial fue la androginia “medio mariquita, medio dark”. “Por miedo, como no entienden, los tipos prefieren meterse con vos. Cuando vos te transformás realmente y te montás, empiezan los problemas.” Pero Nicole advierte que “muchas chicas lo van a aprovechar, pero otras se van a ver con la necesidad del dinero, de trabajar. Ese tiempo que ellas emplean acá lo podrían estar empleando en la prostitución, entonces pienso que quizás haría falta alguna beca estímulo”. Ella ya se está preparando, sabe que no quiere ser una de esas “profesoras jodidas” que tuvo que soportar durante su carrera y agrega: “Está bárbaro que vayan saliendo en el aula todos los temas cotidianos y las discusiones que las travestis necesitamos hablar. En mi aula no va a ganar el silencio, se va a poder hablar de todo y que mis alumnas vengan como ellas son”. O como cuenta una travesti en La gesta del nombre: “A mí me hubiese encantado ir a la escuela así. Con unas sandalitas, así”.

Para más información: 156-353-2927
[email protected]

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Una de las alumnas que va a inscribirse para cursar el año que viene y una de las futuras docentes, durante la presentación oficial del bachillerato.
Imagen: Sebastián Freire
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