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Viernes, 10 de abril de 2009

La máquina tragaperras

Eterno, El Niño –como se conoce a Raphael desde hace 50 años– vuelve a la Argentina para
entregar su voz de pájaro y sus parpadeos de loca en el ritual que sabe poner en el cielo el gusto paparulo por su estilo, aunque siempre guiñando el ojo de la ironía. Mientras los “abrecloset” intentan sacarlo año tras año, el niño cantor aceita el engranaje de su máquina tragaperras. Encantador de almas camp, él hace sus gestos a la “comunidad gay”, aunque siempre aclarando que no es “de ese grupo”. Cantó con todas, desde Rocío Durán hasta Joan Manuel Serrat, y está a punto de trepar a la categoría de santo popular después de haber sobrevivido a un trasplante. Si hasta parecen haber quedado en el olvido sus roces con la rancia derecha.

”El tomate es una fruta”, dijo alguna vez Raphael (“Falín” para la familia), durante un reportaje y sin que viniera al caso. Y no es que se equivocara sino que tal precisión botánica no hace juego con el sentido común que suele atribuírsele a un cantante popular; porque lo cierto es que el tomate va mejor en la ensalada cruda que en la macedonia de frutas. Es que en El Niño de Linares todo es excepcional. Empezando por la voz: considerable, cristalina y un tanto afectada, lo suficiente como para que Raphael la use de exageración en exageración sin hacerle asco a ningún género. El ha ido siempre de la copla al bolero y del flamenco al pop y de ahí a cualquier cosa, sin echarse atrás y sin bajarse de la camisa blanca y el pantalón de chulo aunque los años le hayan dictado cierta moderación en el flequillo. Pero ¿por qué Raphael? Porque un icono no tiene apellido. Es único. ¿Qué idiota preguntaría “cuál Madonna”? “¿Sandro qué?”. “¿Qué Raphael?”. Es como si no tuviera padre. Entonces hasta el compositor de sus más conocidas canciones lo ha copiado promocionándose como “Manuel Alejandro”. Claro que Rafael Martos ha incurrido, para autobautizarse en el gusto travesti, en insertar una h en donde no la había para rebuscar el nombre hasta darle un tinte extranjero. 

El niño de los placares

Entonces: Raphael. Esa h de “homo” es lo único que de “homo” reconoce El Niño. Y tiene razón. Un niño es polimorfo vitalicio, jamás llegará a jugar la ruleta rusa de la orientación sexual. Y Raphael, El Niño de Linares, se amanera menos como loca que como huérfano de coro; es, psicológicamente, uno de Los Niños Cantores de Viena, pero suelto. Los cerrajeros de placares quieren sacar de allí al menos una de las mangas albas de la camisa, de su camisa, pero no lo consiguen. Pero tampoco él se esconde; ha posado para la revista gay Zero y hecho declaraciones progresistas sobre la unión civil y el casamiento entre hombre y hombre y mujer y mujer: “Estoy totalmente de acuerdo. Siempre lo he estado, todas esas cosas tienen que estar legalizadas”. Para luego aclarar haciendo el zonzo: “Cada uno es lo que tenga que ser, y bien hecho está. No hay por qué avergonzarse de nada. Pero vamos, yo no estoy en ese caso”. Bueno, es que El Niño no es ducho en retórica, a lo sumo ha llegado a diseñar aforismos del tipo “mis hijos son mis mejores conciertos” o “actuar es superior al orgasmo”. El estilo de Raphael hace juego con el del franquismo que tan bien él vistió con su voz y que une eufemismo sexual-casamiento con envío de bendición papal y frutos de pecado dejados en el trono de los conventos –y fanfarria cutre–, como los desfiles de la Guardia Mora con la espada desenvainada y los pelos en los brazos de Carmencita Franco, casada con un Martínez (el general Millán Astray dijo que Carmencita se parecía a su padre pero en más hombre). Tal vez El Niño mismo sólo se desenvaine para engendrar –es padre de Manuel, Jacobo y Alejandra– o se la pase sublimando de concierto en concierto y de grabación en grabación, con el grácil agitar de sus manitas como si fuera una Lola Flores descafeinada. Pedro Lemebel, que ha escrachado en sus crónicas a Miguel Bosé y a Silvio Rodríguez, es benévolo con El Niño –al que llama “Er Niño”– a quien atribuye una sutil inteligencia paródica: “Raphael ha hecho una producción de su propio chiste, devolviendo la burla, revirtiendo la mofa de sus imitadores al acentuar los pestañazos de su canto, al enfatizar las guaripolas aladas de su baile, al refinar el plumero irónico de su gestualidad. Porque al fin y al cabo, él mismo se mimetiza en la pirueta colifrunci de su actuación, él mismo es su mejor y más paródica copia, que deja a los humoristas que lo remedan como tontos de segunda fila”. Aunque no le perdona que haya desfigurado una letra de Violeta Parra “amariconando el ‘Gracias a la vida’ de la finada con el joteo Terezo de su zetas”.

Falín en ascenso

El Niño no debe crecer, al menos desde 1962, cuando triunfó en el Festival de Benidorm y medía un metro sesenta y ocho. Según la periodista Luz Sánchez Mellado, que en diciembre de 2008 le hizo un reportaje en El País (“Raphael cierra el círculo”), fue luego de su éxito en Benidorm que Rafael Martos descubriría en un cartel callejero que Philips se leía Filips y dedujo que esa clave fonética le convenía para cambiarse el nombre. Buen empresario de sí mismo, Raphael empezó muy pronto a recibir los millones de pesetas que ni se soñaba cuando vivía en Cuatro Caminos, en compañía de sus padres, y se ponía en el Winco temas de Mina pero fiel al tamborileo de dedos que simula las castañuelas y que suele arrancar alaridos en sus recitales. En el festival de Eurovisión del ’66, Raphael ya era global con su cursi pero pegadizo “Yo soy aquél”.

El Niño confiesa que su secreto como artista es un ligero trémolo que bordea la nota, el efecto chorrera que alienta en el inconsciente popular el recuerdo de los canarios de balcón o los de plástico que trinan una vez que se los carga con agua corriente. Raphael no es peor actor que Joe D’Alessandro, el icono de Warhol, ni que Pablito Calvo, aquel niño verdadero que era llevado al cielo directamente por un Cristo de pueblo y desde la misma sacristía de iglesia pobre en el abominable film Marcelino pan y vino, otra preferencia cultural de Francisco Franco. Actúa en Cuando tú no estás, Sin un adiós, El golfo y El ángel (Vicente Escriva) y llena las plateas de todo público que se impacienta a lo largo de las tramas pateando las butacas de adelante, ansiosos por las canciones. En un momento, Raphael se latiniza y desfigura no solo “Gracias a la vida”, como se enoja Pedro Lemebel, sino “La llorona” y “Cuando calienta el sol” y hasta se anima con alguna versión de John Lennon. Y si los cerrajeros de placares siguen sospechando un secreto muy bien guardado, quizás habría que pensar en una astuta estrategia de marketing que hace que Raphael cante letras en donde queda ambiguo el género del destinatario. Cuando no insiste en insinuaciones que coquetean con la infracción erótica a través de exclamaciones rebeldes que dejan todo por imaginar: “No me importa que murmuren /y que mi nombre censuren /por todita la ciudad /ahora no hay quien me detenga/ aunque no pare la lengua /de la alta sociedad” (“Escándalo”). Entonces, mucho más que tapado, El Niño es una hábil máquina tragaperras, persuadida de que la comunidad gay –que él reconoce como “gente con un sentido del arte excepcional, sensible, especial”– nunca dejará de consumirlo como lo hizo siempre, generación tras generación, primero como amanerado familiar, luego como postmoderno paródico, por último como bizarro kitsch, aunque él juegue a no llamar a las cosas por su nombre.

Si a partir del primer coro, El Niño nunca cesó de ser elegido como solista –siempre es el turno de Raphael–, su astucia de “currante” tampoco lo abandona. Cuando a los veinte le ofrecían 3000 pesetas por una actuación, prefería con buen tino el cinco por ciento de los royalties. Durante el destape se corrió hasta Miami y siguió ganando en cada gira mundial antes de que los vaivenes de la moda lo pusieran de nuevo a tono con la España en donde las feministas cantaban: “Felipe, capullo, queremos un hijo tuyo”.

El órgano

El morbo plebeyo exige que la carne del icono pase por la prueba del milagro. En 2003 la enfermedad biliar de Raphael generó un rezo colectivo de varios días, velas encendidas y desfiles de candidatos que buscaban dar parte del hígado propio al cuerpo del enfermo quien, tumbado por una hepatitis B, amarilleaba entre sábanas de hilo, posponiendo la fecha de la operación por el repeluz que le daba la posibilidad de devenir mito pasando por el cementerio. La operación se realizó en el hospital 12 de Octubre de Madrid y fue dirigida por el doctor Enrique Moreno, que tuvo sus días de gloria, aunque no tanto como cuando el doctor Antonio Puigvert, experto en próstatas estatales –entre sus pacientes estaban Juan Domingo Perón y Rafael Leónidas Trujillo–, operó la de Francisco Franco, ese dictador con la voz aflautada de nuestro Manuel Belgrano, pero más ajada. La prensa amarilla insinuó que a Raphael se le permitió adelantar turnos en espera de un trasplante pero el doctor Moreno dijo que de ningún modo. Raphael llegó al trasplante en las últimas, tanto que se le puso un hígado con virus B, que debido a una medicación contra el rechazo –la globulina– no se ha reproducido. Desde entonces, cada mañana, toma inmunodepresores. Toda esta última información proviene del reportaje de Mellado, en donde Raphael aparece inusualmente locuaz.

La inmediata recuperación del cantante avivó la devoción popular por un órgano tan milagroso como el Sagrado Prepucio de Jesús –la monja austríaca Agnes Blannbekin dice habérselo tragado a la hora de la comunión, que era dulce y un poco seco como una cáscara de huevo– y la sangre de San Genaro que se licua puntualmente y crece en su ampolla.

En la red, en donde siempre se cultiva el arte de la injuria, alguien sugirió que le trasplantaran a Raphael un hígado de cisne para que hiciera por fin su último canto. Algo de El Niño de Linares queda en Raphael; por algo al salir del hospital dijo que su primera comida fue judías con chorizo, agregando “las mejores inyecciones son chorizos y jamones” (tradición oral de los platitos decorados para turistas de El Rastro)

Blasones

Raphael se ha expandido en el Hola por línea sucesoria. Casado con la periodista Natalia Figueroa, hija del marqués de Santo Floro y nieta del conde de Romanones, consiguió remozar aún más sus blasones farandulescos al casarse su hija Alejandra con Alvaro Arenzana, hijo de los condes de Fuente Nueva. Pero su pedigrí de derechas –en donde figuran sus espectáculos de Navidad dados en el teatro Calderón en honor de Carmen Polo, por no hablar de sus actuaciones en el palacio de Anastasio Somoza– le exigía blanquearse emparentándose, también, con el socialismo democrático. Tuvo suerte y su hijo Manuel se casó con Amelia, la hija de José Bono, actual presidente de la Cámara de Diputados de la novena Legislatura. Y a todas esas bodas no faltan ni José María Aznar, ni el marqués de Cubas, ni la duquesa de Franco. Raphael ha retribuido a su nuerísima y a su yernísimo con la dote de sus quince minutos de fama que ya llevan sesenta años. De este modo hace el ascenso de clase con paso seguro y gran inversión en caterings –el de la boda de Alejandra fue El Ciboulette, de Rocío Gandarías, porque todo lo de Raphael es marca España–. Es que, de vez en cuando, una oveja negra fatigada de haber tenido que transformar su castillo en museo turístico o dilapidar la herencia en el consumo burgués del “café society” empieza a tener el vicio del cine y de la tele y se mete a actor como Luis Escobar, el inolvidable marqués de las Marismas o José Luis de Villalonga, cuya putañería dio para que se le bautizara “glande de España”. Entonces ¿por qué no iba Natalia Figueroa a tentarse con El Niño, a quien, hasta que la conoció, no se le supieron amores de ningún sexo? Así que los nietos de Raphael ya tienen sangre medio azul como aquellos obreros enfermos a los que la última duquesa de Alba les donaba la suya vía transfusión, no sin antes llamar a toda la prensa; filantropía que se terminó –según confesión de la duquesa de Valencia, Luisa Isabel Alvarez de Toledo y Maura a José Luis de Villalonga– cuando un transfundido le tocó el culo diciéndole “Gracias, prima”. Pero no hay caso. A pesar de estos roces El Niño sigue siendo cutre, como cuando cantó a dúo con las finadas Rocío Durcal y Rocío Jurado los temas “Como han pasado los años” y “Como yo te amo”, como de la tumba a la sala de grabación. Ultimamente personalidades de la izquierda exquisita como Joan Manuel Serrat, Víctor Manuel y Joaquín Sabina han grabado junto a Raphael comprendiendo que juzgarlo de derechas es como insistir en tomarle la temperatura ideológica a nuestra Tita Merello. Este fin de semana Raphael volverá a llenar el teatro argentino de eufemismos y de generaciones. Gusto paparulo de dictadores, con un poco de Jairo y de Ginamaría Hidalgo, Raphael es el sobreviviente de una época en que lo excepcional se ponía a cuenta de la naturaleza, que es como decir que artista se nace o no se nace. Y él sigue cantando con toda su potencia. De lo demás “Qué sabe nadie”.

Raphael como actor en El angel (1969)

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