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Viernes, 10 de abril de 2009

ENTREVISTA > SUSANA COOK

Femenino y singular

Dramaturga, performer, drag, feminista, lesbiana, butch (¡a la vieja usanza!). Hace 18 años que vive en NY y desde allí va y viene llevando sus trabajos, un modo estético de responder a quienes aseguran que hay sólo dos opciones (femenino y masculino) de ver el mundo y andar por la vida.

 Por Yuderkys Espinosa Miñoso

La mejor forma de presentarte sería...

—Soy una artista underground. En los ’80 actuaba en el Parakultural. Cuando cerró en 1989 me vine a Nueva York y me uní a un teatro que es una colectiva de mujeres, WOW Café, y a Dixon Place, un teatro del underground neoyorquino. Escribo obras feministas, lesbianas, divertidas, políticas. Entre ellas, por ejemplo, rescataría ahora una adaptación de Hamlet que se llama Hamletango, el príncipe de las buchas, y que es la historia de butch Hamlet, que en lugar de ver el fantasma del padre ve el de la madre. No es una tragedia sino una comedia de amor de mujeres. También escribí Dykenstein (una adaptación de Frankenstein, que va a ser publicada por el Instituto del Teatro muy pronto), Tamales calientes, Producto Bruto Nacional y Tango Lesbiango, entre otras.

En una oportunidad has gritado: “Ustedes se ríen porque yo soy diferente. Yo me río porque ustedes son todos iguales”.

—Al poco tiempo que empecé a hacer teatro en Buenos Aires llegó la dictadura. Mi adolescencia quedó marcada por esos dos eventos: la opresión de la dictadura y la liberación del teatro, herramienta para poder decir lo que no se podía decir. Cuando empezó el gobierno de Bush, escribí: “¿Por qué me siguen las dictaduras a cualquier lado que voy?”. El gobierno de Bush parecía una copia de la dictadura, los discursos de los militares, el cristianismo fanático usado para justificar genocidio, tortura, persecución. Armaron la guerra contra Irak y una guerra en contra del matrimonio gay mientras el país se estaba cayendo a pedazos por la economía. Parecía cuando los militares armaron la historia de la guerra de las Malvinas para cubrir los horrores que habían hecho. Los años de Bush, a pesar de ser muy trágicos, eran buenísimos para la comedia, porque eran tan increíbles... él, por empezar, y todo su gabinete, estaban en la Edad Media.

Y así es que también saliste de los Estados Unidos.

—Argentina de exportación es una de mis obras con la que empecé a viajar por el mundo. Después de muchos años de hacer teatro en Nueva York, me pareció importante viajar a lugares donde quizás era más necesario hacer espectáculos abiertamente lesbianos, ya que yo tenía la posibilidad de exponerme más y después subirme al avión e irme. Los artistas tenemos una oportunidad única de llevar temas políticos, sociales, que nos preocupan y ponerlos en un espacio público, de cuestionar, crear diálogo. Me interesa con mi teatro interrumpir el discurso de los que están en el poder, de los que nos oprimen, como mujeres, como queer, inmigrantes, gente de color, pobres.

En la Argentina te conocimos por tus talleres sobre drag kings y algunas performances donde jugás con el género.

—Yo no soy ni pionera ni capitana del drag king, en realidad no lo uso en mis performances tampoco. Lo único original que hice es llevarlo a Latinoamérica. Hice talleres de género en la Argentina, Colombia, Ecuador, México; soy culpable de ponerles barbas a las chicas latinoamericanas.

Sin embargo, en tu puesta en escena hay siempre un esfuerzo explícito por transgredir el género, hay dislocación, burla, ciertos guiños que me parecen muy específicos de los ambientes drag y queer...

—Bueno, eso es así. Definitivamente. Lo que pasa es que el término drag king está asociado con una performance muy específica, que se hace sobre todo en clubes, imitando a un músico o grupo de música, moviendo los labios en alguna canción, etcétera. En cambio, todos los personajes de mis obras tienen un género indefinido, empezando por el nombre: trato de buscar nombres en latín o romanos, o nombres que no se los pueda identificar con mujer u hombre, etcétera. Las actrices son siempre mujeres o trans. El amor es siempre entre mujeres. El personaje con el que hago mis espectáculos unipersonales es también andrógino. Esos factores de género, de amor entre lesbianas, casi ni me doy cuenta de que están ahí, porque es la base de mi trabajo. En general es divertido, espectacular, liberador, el género es un espectáculo en sí, sólo al cambiarlo y “actuarlo” de verdad nos damos cuenta más vívidamente.

No parecerías estar muy de acuerdo con el chiste o burla que encierra muchas veces el espectáculo de dragueo...

—No estoy de acuerdo, según el caso. Los chistes racistas, sexistas, homofóbicos usan la risa, el chiste, la ridiculización para desarmar o para oprimir aún más a un grupo al que les interesa deshumanizar. En las Preciosas ridículas de Molière se ridiculizaba a las mujeres que querían estudiar, por ejemplo. Pero también se ridiculiza a los gays, a los latinos. La gente de color, los discapacitados, los extranjeros. Nos transforman en un chiste y, como boludos, nos reímos.

Tu trabajo con el género parece tener un trasfondo teórico y de militancia. ¿Cómo lo definirías?

—Las feministas de los años ’70 rechazaban la masculinidad en la mujer, consideraban que las butch se identificaban con los hombres, y eso no estaba bien, no era feminista. Las hacían ponerse vestidos para aceptar su feminidad. El sexo y el género aparecían como pegados, como si fuera “natural”, y venían en un par simétricamente opuesto: hombre o mujer. El tema de la butch y la mujer masculina también tenía implicaciones de clase (la camionera, marimacho, machona, opuesto a la “señorita”). En 1990, Judith Butler publicó el libro Gender Trouble, donde presenta al género como una actuación. Este énfasis en prestarle atención al género como una construcción produjo una revolución en la comunidad queer. De pronto el género se podía ver de una manera más fluida, móvil, transferible. En los ’90, el género drag king se populariza en algunas ciudades como NY o San Francisco, pero también se empieza a jugar más con expresiones de género en muchos otros niveles.

¿Pensás que hay una constante en el ejercicio escénico de la drag king?

—Bueno, algunas drag king crearon un tipo de performance que trataba de dar la ilusión de ser un hombre en el escenario y, al final del número, se sacaban la ropa, revelando que en realidad son una mujer, sexy, bella y femenina. Para muchas otras performers, butch o mujeres masculinas en la vida real, el drag king era más una manera de mostrar que butch, o mujer masculina puede ser bello, sexy, atractivo. A las chicas del público les encanta.

Yo recuerdo que por allá, a finales de los ’80, en Santo Domingo, de donde vengo, había pubs, antros nocturnos para “entendidxs” en donde había performance drag tanto de mujeres como de varones. En general todo bien con las drag queens, pero las kings causaban gran incomodidad en el público verlas haciendo de Raphael, Sandro, José José...

—Sí, es verdad que siempre hubo más drag queens, estamos más acostumbrados a ver por todas partes hombres vestidos de mujer, hasta en la televisión, en general ridiculizando a la mujer. Pero el masculino es como más intocable, con el macho no se jode. Quizá por eso es más interesante intentarlo. La masculinidad no debe ser monopolio de los hombres.

¿Tienes tus drags históricas favoritas?

—Bueno, Azucena Maizal, la tanguera argentina; Frida Kahlo, de quien hay una foto muy famosa con su familia, en el patio de la casa, típica foto familiar en la que ella está vestida de hombre. Eleanor Antin, que nació en 1935: ella, en 1972, realizó una performance llamada The King, que era un video donde se transformaba en hombre, poniéndose barbas y bigote, etcétera. Es un trabajo muy impactante que se puede ver online en www.moma.org.

¿Cuáles con las características del público que te sigue allá y aquí?

—Bueno, muchas mujeres sobre todo, pero también a veces viene gente un poco de todos lados y también les gusta. Lo que me di cuenta es de que en Latinoamérica, donde hay una tradición muy fuerte de teatro político, me invitan a festivales de teatro alternativo y les gusta mucho mi trabajo desde ese punto de vista. Pero la tradición de teatro político en Latinoamérica está centrada en la cuestión de la lucha de clases, mientras que aquí en Nueva York, por el contrario, el teatro político es casi siempre queer. En Latinoamérica, la sexualidad y la identidad de género no se reconocen como una preocupación política. Me suele pasar algo muy curioso: yo mando mi gacetilla con anterioridad y siempre tiene la palabra lesbiana, queer, butch... Pero cuando llego, lo han borrado todo: estas palabras no aparecen en la prensa o programa, y así no hay gays o lesbianas en el público. Entonces ahora, cuando viajo a una ciudad, trato de encontrar y contactar a los grupos de lesbianas feministas que circulen por allí, así me aseguro de que vengan y de que nos conozcamos.

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Performers dragueadas por Susana Cook en plena acción.
 
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