VERANO12

La arquitectura del fantasma

 Por Héctor Libertella

NOTA 1

“Derrotar la estabilidad de cada uno en su yo”

La frase de Macedonio Fernández señalaba el derrotero de cada uno en aquella ciudad.

Los años ‘60 en Buenos Aires eran el paroxismo. En la manzana loca vivía yo, instalado muy adentro como un gusano. La llamábamos La Gran Manzana, pero en realidad no era tan grande como Nueva York: no iba más allá de Marcelo Té, Leandro Nicéforo Alem, Viamonte y Maipú, en el sentido de las agujas del reloj. Pero chica como era un aleph donde todas las cosas concurrían, ocurrían conjuntas. Los strikers se desplazaban desnudos de una esquina a otra, y los plásticos exhibían toros vivos y coleantes en las galerías de arte. Todos –toros, plásticos y nudistas– con el aval que les deba el Instituto Di Tella allá al fondo, Florida al 900.

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En bandeja de plata, o de latón, Platón le ofrece a la arquitectura el dominio del saber. La filosofía no tiene ese dominio: sólo es la construcción de paradigmas para entender La Cosa, sí, pero el propio Platón nos recuerda hoy que paradigma (paradeigma) en el griego antiguo es “modelo arquitectónico”. El saber se traza por las líneas de un espacio que hoy es así y mañana asá, de modo que el sujeto está y no está y no hace pie en un lugar porque es el mismo lugar el que no está ahí. Eso era yo en el Bajo.

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Detrás del Di Tella y sus enormes galpones blancos, sobre Maipú, estaba el Moderno, que después se trasladó a Paraguay entre Maipú y Esmeralda, a metros del “Floridita”. Lugar interdisciplinario, si los hubo: cineastas; incipientes cultores del rock nacional; comunicólogos que, como a don Quijote, se les había secado el cerebro de tanto leer; dibujantes que ya hacían el mapa de esta ciudad de hoy que retroactivamente me llevará por sus calles hasta Florida. Florida era angosta, como siempre, con dos pequeñas veredas, y todavía pasaban autos por allí, ¿cómo hacían?

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Viamonte era un mundo aparte. Uno podía desayunar a las tres de la tarde en la Jockey y después cruzar a Galatea, la inescrutable librería francesa donde, para tener acceso, el cliente debía calzarse gafas de erudito. Más abajo, en la esquina con San Martín, estaba Nueva Visión con sus libros de arte y semiótica y sus lámparas hipermodernas que anticipaban el posmundo. Enfrente, las enormes, soviéticas y mortuorias vidrieras de Harrod’s, y junto a Nueva Visión la revista Sur. De allí se veía salir apurados a Victoria Ocampo y a Pepe Bianco, siempre raudos para tomar un taxi que los llevara directo a París. Y al lado apenas, la Facultad de Filosofía y Letras, aquella marabunta de minifaldas frente a la paz monástica del viejo convento de la otra vereda, que le daba un aire medieval al conjunto. Yo caminaba muy despacio por allí con mi pesada armadura –los huesos deteriorados de mi noche anterior–, tramado en las líneas de un mapa antiquísimo que de pronto me actualizaba como caballero andante. ¿Un déjà vu, tal vez?

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Salir del ghetto era entrar en el pánico. Tomé un día el subte línea D en la estación “Facultad”, y llegué a “Pueyrredón”. Entrecerré los ojos, que me pesaban un poco. Cuando los abrí, el coche ya salía hacia la próxima: “Agüero”. Pero al llegar miré por la ventanilla y la estación decía “Facultad”. ¿Iba el coche hacia atrás o mi terror hacia delante? Cinco a diez minutos quedé expulsado del sistema de la razón, hasta que me convino inventar una hipótesis, para tranquilizarme: al parecer yo me habría dormido profundamente en “Pueyrredón”, el coche avanzó hasta la terminal, rebotó y regresó conmigo dormido. Por pura casualidad me habría despertado en la misma “Pueyrredón”, pero de espaldas. Si esa hipótesis no se confirmaba, yo estaba lisa y llanamente en “Perdido”*.

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Una frase de Luis Wainerman podría ser el epígrafe de todo esto: “Yo era transportado sobre las baldosas donde se deslizaba mi cuerpo. ¿Cómo se diría de un sujeto personal que corriera las veredas la falta de silueta?”

* En México, D.F. una de las estaciones del metro se llama “Niño perdido”.

NOTA 2

Una triste historia de amor

Se trata de una historia sólo en patrilínea. Empezó cuando yo tendría nueve o diez años. Aquel día que murió mi abuelo leí la necrológica en el diario. Decía textualmente: Aquilio [Egidio] Libertella. Me pasé varios días recorriendo manuales de tipografía y diccionarios etimológicos para entender qué función tenía ese corchete en la frase. Sólo voy a concluir que nadie sabía cuál era el nombre de mi abuelo. Qué buen comienzo (para mí: qué buena puesta en abismo de la noción de identidad en la familia).

Otra cosa. Viniendo como vinieron en un galeón desde Italia, por estadística los míos tenían que ser cristianos o bien, directamente, católicos. Pero no lo eran, no. De chico había visto a papá en la iglesia, como acompañante social de mi madre. Nueva conmoción: él no sabía arrodillarse. Era un árabe recortado en la multitud, las nalgas apoyadas en los talones, como en una mezquita. En pleno siglo XXI, ¿habré emergido yo de entre los restos de una tradición pagana? Ya en Nueva York, un día recibí carta de mamá: “Ayer conseguí que tu padre se bautizara”. El tendría unos sesenta años...

Y otra cosa. En la adolescencia me puse a investigar qué ciudad italiana era el origen de todos ellos. Nadie sabía o nadie pudo decírmelo con precisión. Rencor: me privaron para siempre de ese “satori” que da visitar a los ancestros. (He recorrido muchos países de Europa, pero siempre evité Italia. ¿Terror? Sí tal vez, porque hasta incluso dudo que Italia haya sido nuestra cuna.)

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Qué mentira: en los buenos viejos tiempos yo jugaba con la idea neobarroca de la ausencia de origen. “Todo es traducción de traducciones.” Pero ahora que por primera vez pienso en estas cosas y las escribo, no sé por qué, lloro. Y mientras estoy llorando puro líquido, asocio los corchetes del abuelo con los corchetes de las tantas botellas de chablis que sir John Gielgud sigue destapando en algún jardín de Londres.

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Me resulta inexplicable que El paseo internacional del perverso se desarrolle sólo en patrilínea: abuelo, padre, hijo y nieto fundidos en una misma entidad narrativa, como reflejos de un mismo prisma. Uno cualquiera le ordena a otro: “Escribí nuestra novela familiar, pero hacerlo a puro lenguazo macho”. Me llevó meses cumplir la orden. Me entregué a la utopía de eliminar de los borradores todo adjetivo y todo artículo femeninos, lo cual demandó ajustes y cambios sustanciales en la anécdota. Cuando por ejemplo taché “la calle” y puse “el sendero”, tuve que desplazar el escenario de la ciudad al monte. Y así lo demás en ese libro.

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¿Por qué borrar a mamá? La presencia del “la”, del “ella”, de “la marquesa salió a las cinco” puede evocar en muchos la figura de una mujer. ¿Pero dónde está esa mujer a lo largo de más de quinientas páginas en el Gran Sertón de Guimaraes Rosa? ¿Quién es Orlando? En ésos, como en mil otros casos, la cuestión genérica (degenera: la cuestión genérica degenera). Aunque sea una verdad de Perogrullo, habrá que recordar que, precisamente por ser una formación discursiva –un artefacto, un cálculo–, el personaje de ficción es naturalmente asexuado.

(...)

Hoy todo me hace eco. Mientras escribo esto, corro a la biblioteca y reviso un párrafo de El paseo internacional... Lo voy a transcribir sin agregarle lectura:

Allí doy con un sueño que paso a contároslo en un instante. Sí parece un instante y es como un enigma: yo no quiero que papá y abuelo me encierren en un moisés. Salvo que el moisés es algo con diseño de galeón antiguo, y está navegando hacia el cementerio. Vamos balanceados en ese féretro grande para mí pero muy chiquito para ellos. Entonces lloro, y lloro tanto que me meten un gran biberón (de ron: de ron, rón) para taparme el garguero; hasta que al fin tiro ese frasco vacío al mar y ahí mismo me despierto, con el colchón mojado de miedo. ¿Qué soy allí: el padre de un hijo que consuela a su abuelo? ¿El nieto que se duerme con un biberón de papá? ¿El ahogado de todos?

NOTA 3

Duérmase mi niño

¿Cómo será la autobiografía de un nonato? ¿Serán los sueños húmedos que tuvo en ese país llamado Placenta? No sé. Sueño con aquel lector ideal que es un mono con mi libro entre las manos, y pienso: ¡Claro!, primero la pose del lector y después la palabra, o primero el teatro y después, recién después la retórica.

En 2001. Odisea del espacio los monos cumplen con las reglas del agón clásico. En el espacio teatral de unas montañas y unas cavernas milenarias se pelean con gruñidos y despliegan en dos bandos una lucha de fuerzas. Luego llegará del cielo la piedra de la sabiduría y ellos emprenderán el camino del hombre: se harán monos gramáticos y aprenderán a actuar hablando con parlamentos.

Esta historia pre-verbal del teatro la viví en carne propia como actor, a los diecinueve. Sucede que por aquellos años me tocó hacer de Colin, el criado de George Dandin en la obra de Molière. Al parecer, el tal Colin era muy haragán, de manera que a un lado del escenario me pusieron una cama y durante hora y media yo sólo tenía que dormir. Esto ocurrió en el Teatro Universitario Contemporáneo de Bahía Blanca, que a la sazón dirigía Néstor Tirri. Me habían vestido con un camisón blanco hasta los tobillos y una cofia en la cabeza, y tenía que hundirme callado en el colchón. Los tres o cuatro meses de ensayos antes del estreno me encontraron sumido en un camastro y con los ojos cerrados. Ni siquiera pude adivinar qué ocurría a mi alrededor, cómo era el desplazamiento de las argumentaciones y de qué bocas salían esos parlamentos tan gramáticos de Molière.

(...)

Cuarenta años después, releo Dandin en la edición de La Pléiade que ayer me regaló Alejandro Ariel. Por enésima vez dudaré de todo: en el libreto de Molière, Colin interviene. Habla apenas dos breves monosílabos. Pero habla, mientras yo sigo durmiendo en aquel camastro sin saber qué dice.

NOTA 4

A

Bibliomanía es la compulsión por armar un libro, a secas; verse el escritor a sí mismo encuadernado, el lomo cuadrado, los bordes guillotinados, adentro las páginas como pulmones de seda. Era el libro que faltaba en mi biblioteca; fue a ocupar un nicho vacío allá arriba, en algún estante que es el instante eterno del horror vacui.(...)¿Horror vacui? Cuando nací, el único volumen en la biblioteca de mis padres era un viejo diccionario impreso en 1917. El resto, un desierto. Había que escribir muchos libros para llenar el vacío de esos estantes, para tapar el hueco. Aunque sólo fueran muchos libros fantasmas para que el hueco siguiera ahí de cuerpo presente. Mamá me guiaba el pulso para que hiciera mil veces la letra a. Era, cómo decirlo, una maestra calígrafa: le daba tanta importancia al diseño de la a que seguramente delineaba ahí la clave de la lectoescritura. El hecho es que a los cuatro años, por no se sabe qué apuros familiares, entré a la escuela primaria sabiendo ya leer y escribir. Y sin embargo papá y mamá me empujaron al aula y la maestra me arrastró del brazo porque no me sentía preparado para aprender lo que mi pulso ya sabía.(...)Leía todo el día el único libro de mi casa: aquel diccionario español impreso en 1917. Lleno de españolismos. Ahora pienso que de ahí me queda algún toque “arcaizante” en el léxico. Lo leía de la A a la Z, un poco todos los días sin saltear palabra. Casi como un misal.Llegué un año antes que los demás a la primaria, por subterfugios familiares. Entre ciclo y ciclo lectivo, rendí un año libre en la secundaria y así gané otro año. Ingresé a los dieciséis a la universidad; en año y medio avancé una cuarta parte de Ingeniería Química. En el primer año de Licenciatura en Letras, entre materias libres y regulares aprobé quince, poco más de la mitad de la carrera. (La otra mitad ya en cámara lenta.) Sin duda algo o alguien me perseguía desde atrás como a esas liebres locas que corren a campo traviesa; ojalá supiera qué o quién. Pero no voy a recurrir al psicoanálisis porque las liebres –se supone mal– no tienen inconsciente. Sólo sé que, en su más vieja raíz etimológica, currículum quiere decir “carrera de carros en el Circo Romano”.

De aquel tiempo me queda la divina disciplina, ese esqueleto con huesos de metal que arma y sostiene a un organismo inestable. La diferencia que da haber cumplido con los castigos y rutinas de lo real. Por más irregular que uno sea, ese pathos universitario, no sé, hasta es capaz de hacer de la inestabilidad un sistema de hierro. Como que alguien me dijera: “Hasta para destruirte habrás de ser sistemático”.

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