La agenda de los partidos conservadores en España de cara a la elección de abril
Una derecha antiabortista y nacionalista
La sangría electoral que están sufriendo el PP y Cs se produce por la irrupción del ultraderechista Vox, hoy la primera opción del voto nacionalista, y por eso corren detrás suyo radicalizando sus propuestas.
Dos caras de la derecha española: el líder del PP, Pablo Casado, y el de Ciudadanos, Albert Rivera.Dos caras de la derecha española: el líder del PP, Pablo Casado, y el de Ciudadanos, Albert Rivera.Dos caras de la derecha española: el líder del PP, Pablo Casado, y el de Ciudadanos, Albert Rivera.Dos caras de la derecha española: el líder del PP, Pablo Casado, y el de Ciudadanos, Albert Rivera.Dos caras de la derecha española: el líder del PP, Pablo Casado, y el de Ciudadanos, Albert Rivera.
Dos caras de la derecha española: el líder del PP, Pablo Casado, y el de Ciudadanos, Albert Rivera. 

Desde Madrid

El líder del Partido Popular, Pablo Casado, afirmó en una reciente entrevista a la televisión española (TVE) que su fuerza representa el “centro moderado, reformista y liberal, que puede pactar con la izquierda y con la derecha”, en referencia a una posible coalición de gobierno que surgiera de las próximas elecciones generales del 28 de abril.  

La afirmación del dirigente opositor, una mera declaración de intenciones, expresa la crisis de representación que sufre la derecha y centro derecha española que, desde que se agudizó el conflicto territorial y político en Cataluña, ha sufrido una sangría de votos en su electorado tradicional, pero también en el de centro.   

La última encuesta de intención de voto publicada por el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) esta semana, confirmó ese retroceso. El PP obtendría 16,7 por ciento. Ciudadanos, el partido que fundó Albert Rivera en el 2005 como una opción de centro, descendería del 22,4 por ciento de abril del 2018, antes de la moción de censura que catapultó a Mariano Rajoy, a un 15,3 por ciento. Mientras que el Partido Socialista Obrero Español (PSOE), obtendría el 33,3 de los sufragios, y superaría incluso a las dos formaciones en conjunto.

La sangría electoral que están sufriendo el PP y Cs se produce por dos razones. Por un lado, la irrupción del ultraderechista Vox, que saltó al escenario político el año pasado con un discurso de guerra abierta al independentismo catalán, y se convirtió en la primera opción del voto nacionalista. Por otro, el espanto que ha causado en votantes moderados el discurso radical del PP y Cs sobre el conflicto en Cataluña, y en otros asuntos como los inmigrantes ilegales, o las políticas de igualdad de género.

Con este panorama, y la cercanía de las elecciones generales, los estrategas del PP y Cs se encuentran ante el intrincado dilema de recuperar votos de un sector y de otro sin desdibujarse o, más bien, desbarrancar. Sin embargo, los primeros días de la campaña electoral que se inició tras el anuncio de Pedro Sánchez de convocar elecciones por el fracaso en la votación de sus Presupuestos Generales, ha demostrado que el PP y Cs solo pueden, por incapacidad o sinceridad política, intentar recuperar apoyos por el lado de la derecha. Una derecha donde campea a sus anchas Vox, para quien el PP y Cs, son “la derecha cobarde” y la “veleta naranja”. 

Después de haber acusado al presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, de traición a la patria por las condiciones en que negociaba un diálogo con la Generalitat de Cataluña, Pablo Casado prometió que en caso de llegar a la Moncloa, intervendría la autonomía catalana, aplicaría la Ley de Partidos Políticos para ilegalizar agrupaciones soberanistas que considera violentas, e impulsaría una modificación en la Ley de Financiamiento Político para impedir que fuerzas de perfil independentistas reciban fondos públicos. 

Un abanico de propuestas que dejaría a una porción considerable de la población catalana sin representación política, no resolvería el conflicto, e incluso podría darle alas a los soberanistas que saben bien cómo jugar la carta del victimismo.

En el caso de Cs, la crisis catalana se transformó también en su principal baza electoral. El pasado fin de semana, la diputada catalana Inés Arrimadas, estrella ascendente de la fuerza, se trasladó a Waterloo para realizar una manifestación de unos pocos minutos, y con un puñado de dirigentes de su fuerza, frente a la casa donde se encuentra Carles Puigdemont, el expresidente independentista de la Generalitat que organizó el referéndum ilegal del primero de Octubre de 2017. 

El director adjunto del periódico catalán La Vanguardia, Enric Juliana, uno de los analistas más lúcidos del país, afirmó que el viaje de Arrimadas no era a Bélgica, sino a la frontera con Vox, donde se encuentran unos 400 mil votos. Una interpretación que confirma las prioridades de Ciudadanos sobre el espectro político en el que intentará pescar sus apoyos.

Las propuestas reales de Cs para Cataluña, no difieren mucho de las del PP. Lo central, intervenir el Govern catalán, y confrontar a los independentistas. Pero para no ser menos que el PP, Rivera endureció su postura con el compromiso oficial de que Cs no formaría una coalición de gobierno con el socialismo debido a que Pedro Sánchez “pactó” con los soberanistas que buscan “romper el país”.  

Pero no solo Cataluña es parte del discurso radical del PP y Cs. Desde que Vox se animó a estigmatizar públicamente a los inmigrantes ilegales y cuestionar el avance civil que representan las medidas a favor de la igualdad de género y de combate a la violencia machista, el PP y Cs han corrido detrás suyo, en una dinámica accidentada que los acerca y aleja de la ultraderecha de forma muy peligrosa.

En la reciente manifestación en la plaza Colón de Madrid que reunió a PP, Cs, y Vox, para reprocharle a Sánchez el diálogo con la Generalitat de Cataluña, el presidente de Ciudadanos, Albert Rivera, armó una coreografía de banderas LGTBI detrás suyo para marcar diferencias en el escenario que compartió con el líder de Vox, Santiago Abascal, cuyo partido se opone al matrimonio igualitario, e impulsa una ley que defiende la “protección de la familia natural”.

El PP, por su parte, se ha propuesto agitar el programa tradicional de su partido, y ha desempolvado la discusión sobre el aborto, legalizado desde el 2010. En una entrevista al diario El Español, Casado criticó la norma vigente, y ponderó la ley de 1985, en la que los abortos podían realizarse solo en los supuestos de violación, riesgo para la salud física y psíquica de la madre y malformación del feto.

Las críticas que recibió, tanto entre integrantes de su partido, como de otros, no impidieron que el líder popular desbarrancara en torno a la agenda de la mujer. En la misma entrevista a TVE en la que calificó al PP de partido moderado, Casado se refirió a la violencia machista como “esa persona que no se está portando bien con ellas” (las mujeres). Una elección de palabras que deja en evidencia la distancia que separa al presidente del PP de los colectivos feministas que trabajan para concientizar a la sociedad sobre las decenas de femicidios que se producen anualmente en el país.

Para distanciarse de los exabruptos del dirigente popular, Albert Rivera salió al cruce por la apertura del debate sobre el aborto. Sin embargo, cuando lo hizo, aprovechó para cargar contra la exhumación de los restos del dictador Francisco Franco, que impulsa el PSOE. En un mitín de su partido, afirmó que estaba cansado de que se hablara de Franco y del aborto.  Posiblemente, Rivera habría pensado que solo el electorado de izquierda y centro izquierda apoya la exhumación de restos del dictador, mientras que el de centro, permanece indiferente. Lo cierto es que los votantes que rechazan esa medida, pertenecen a una fuerza de derecha, el PP, y a otra radical, como Vox. 

Al final, solo un ejemplo más de que el miedo a sufrir un batacazo electoral, no deja de escorar más a la derecha las pretensiones centristas de la oposición.

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