De a poco pero con intensidad, como quien no quiere la cosa porque queda feo en un escenario pandémico, van instalándose los ejes de la campaña electoral. Y para variar, hay alguien que rompe lo previsible.

El cuadro básico, en el país donde todo es o parece de corto plazo, se compone de cinco elementos: vacunación, inflación, poder adquisitivo, clases escolares “presenciales” y unidad peronista o panperonista (o del Frente de Todos; o de la unión frente al espanto de lo que hay enfrente; o de enfrentar a un bloque cada vez más ensimismado antes en sus prejuicios ideológicos y odio de clase que en lo que le convendría. O como se quiera).

Hacia la larga, dejemos de lado, momentáneamente, el temazo de cómo se construye desde la raíz una fuerza que lidie con ese bloque en el que no hay fisuras primarias.

Campestres, bancos, corporaciones concentradas, bolsas de comercio, medios de comunicación, famiglia judicial, industriales de Techint y Clarín, más allá de disputas entre franjas exportadoras y sectores ligados al mercado interno, están congregados ¿contra qué?

Contra la persistencia de otra juntada que, magistral movida política mediante, fue y es idónea para seguir pugnando hegemonía, con lo simbólico a la cabeza. ¿Cómo?

Apenas (muchas comillas) con el recurso de que hay un liderazgo extraordinario. Una referencia que con un cuatro, una sota y un ancho falso se las arregló para persistir, al saber vehiculizar el malhumor y la decepción por el fracaso del “macrismo”.

¿Esa líder encabeza un bloque de poder de tamaño e influencia siquiera similares?

No, con excepción del apoyo de una dirigencia sindical que no sale a incendiar nada mientras los salarios continúan perdiendo frente a la inflación.

Pero ella tiene ese influjo de poder emblocar a los oprimidos eternos, a la clase media-baja y a porciones de la media directa. Sintoniza allí como nadie.

Ella les marca la cancha. Los desespera. Los transforma en caricaturas de sí mismos. No saben encontrar la fórmula para evitar la parte de que sin ella no se puede.

Ahora volvió a salir(les) con que hace falta reformar el sistema sanitario.

No detalló nada de nada. La idea es un enunciado, pero le bastó para sacarlos de quicio. Para que hablen de expropiación estatizadora y para que, en simultáneo, se manifiesten de acuerdo con que hay que hacer cambios.

¿Alcanza eso, o disparadores de ese estilo, a fines de edificar opción de poder real, en su significado de disputar realmente el Poder ?

No.

¿Alcanza o alcanzaría, junto a la eficiencia de la gestión bonaerense en ese territorio donde ocurre la dichosa madre de todas las batallas, para ganar las elecciones de modo tal que se amplíe la mayoría parlamentaria? ¿Para que eso permita avanzar en un cúmulo de leyes e iniciativas con respaldo renovado, masivo, atrapante?

Sí.

De los cinco elementos enunciados, la vacunación, la muy relativa normalidad escolar y que no se quiebre el entramado frentista están, si no garantizados, con un piso alto.

El talón de Aquiles son la inflación y la plata en “el bolsillo de la gente”.

El acuerdo o no con el Fondo Monetario también es una piedra descomunal, pero hasta las elecciones aguanta(ría) sin decisión.

En cambio, si el Gobierno no domase los precios de lo indispensable; si no ejecuta soluciones creativas; si no aprovecha para ensanchar convocatorias y empoderamiento de actores de la economía popular, de pymes, de articular mucho mejor a los movimientos sociales y, como de costumbre, si no comunicara todo eso como se debe, estaría en problemas. Serios.

¿Demasiado reiterativo? Sí. ¿Inconducente? Nunca.

El viento pinta a favor para el Gobierno, por razones diversas que terminarían siendo concurrentes.

Hay reactivación en secciones de empuje general de la economía. Hay, como subraya Roberto Feletti y además de un horizonte positivo del programa vacunatorio que habilitaría libre circulación de personas y bienes hacia la primavera, capacidad industrial ociosa; disponibilidad de mano de obra; energía a costos accesibles; mayor volumen de reservas internacionales.

Sin embargo, todo es en potencial.

Mientras tanto, en lo local del virus hay unas decisiones y espíritu de cierto relajo o distensión.

Por un lado, se comprende --y hasta justificaría-- visto que las vacunas no paran de llegar. Pero por otro, está claro el riesgo de comerse la cena en el almuerzo.

Citemos otra vez al sociólogo Daniel Feierstein (artículo en [email protected]ñe), acerca de que las formas de confrontar con una pandemia son complejas y, mucho más, cuando se extienden. Cuando se debe lidiar con el cansancio que genera la continuidad de una situación de incertidumbre y sufrimiento.

Hay una medida que resulta claramente costo-efectiva: impedir que el virus ingrese al territorio o demorar su llegada.

“Gran parte de los países que tuvieron un desempeño exitoso (casi todo Oriente, Oceanía, Israel y muchos otros) implementaron controles de ingresos tempranos, con resultados dispares pero generalmente buenos”.

El virus entró a los países, recuerda Feierstein, gracias a infinitos desplazamientos de personas que son parte de la lógica globalizadora. Pero lo que irradió fue, fundamentalmente, por el canal de los aeropuertos.

En el caso argentino se cometió dos veces el mismo error, y no debería irse en camino directo a chocar por tercera vez con la misma piedra.

Los viajeros (de vuelta) ingresaron sin mayores controles entre diciembre 2020 y marzo 2021. Y se sumó una liberalización de actividades durante la Semana Santa de este año, que aceleró la dispersión de las nuevas variantes (ingresadas a través de Ezeiza) al conjunto del territorio nacional.

La dureza de esta segunda ola tuvo mucho que ver con ello al identificarse como dominantes, ya a partir de marzo y abril, las variantes más contagiosas.

“El control al ingreso de viajeros resulta la medida más efectiva y menos costosa de todas las posibles (…) Se supone que los seres humanos aprenden de sus errores. Ojalá eso también ocurra en el caso del gobierno argentino”.

Por fuera o muy adentro de esta prevención tan coyuntural como estructural, es casi imprescindible detenerse ¿brevemente? en el último hallazgo conceptual de Mauricio Macri, quien al desmentirlo no hizo más que ratificarse. Y no por sus graves inconvenientes a la hora de montar oraciones con sujeto, verbo y predicado.

La postura de quien firma es que se comete un error comunicacional al ir detrás de cada provocación, de cada invento, de cada fruslería del arco opositor.

Se cae, por esa vía, en un regodeo de obviedades que aburren. Que sólo sirven para afirmar la convicción de los convencidos.

Pero, en oportunidades como ésta, se hace imposible e inadecuado ignorar el hecho.

Macri ha señalado: “Nunca creí que esta gripe, un poco más grave, es algo por lo que uno debe estar sin dormir”.

Hay una pregunta con subordinadas que también es reiterativa, agotadora, y que debe proyectarse al margen de que el dicho del expresidente no es sorpresivo en absoluto. Y de que se presta a todas las humoradas y chascarrillos habidos y por haber.

¿De dónde surge y, sobre todo, hacia dónde podría conducir que una figura clave de la oposición, con estimable base de apoyo electoral, sea un tipo capaz de decir eso impunemente?

Cualquier construcción de poder debe anotar las dificultades de hacerlo en medio de una sociedad que, como tantas otras y en buena medida, aún es capaz de confiar en lo que personajes como ésos representan.