CONTRATAPA

Generación

 Por Sandra Russo

La frase se me vino inevitablemente a la cabeza. Me llamaban para hablar en la presentación de la revista Generación, el 11 de junio, y alguien en el teléfono me decía que en la mesa también iba a estar una docente de la Facultad de Ciencias Sociales con la que últimamente nos vemos seguido. Me reí porque hasta hace un par de meses no nos conocíamos, y ahora chocamos en las entradas o las salidas de diversos encuentros en los que se discute la crisis del “campo” o en las que se discute la ley de radiodifusión. La frase, decía, se me vino como por inercia a la cabeza: nos une el espanto. Pensar en esa frase, no ya usarla, pensarla apenas, da un poco de rechazo, como todo lo demasiado escuchado, lo demasiado repetido, lo demasiado obvio. Y sin embargo, la frase de Borges, a quien también le debemos la percepción de que el peronismo es “incorregible”, me vino a la cabeza. Esa frase que anticipa que no es el amor el motivo de una unión sino la náusea.

Habiendo sido editora muchos años, sé que hay dos frases que muy a menudo acuden a la cabeza de quienes titulan diarios o revistas, y que después uno tacha, porque han sido tan transitadas que ya son lugares comunes. “No nos une el amor”, que implica espanto, y “Nos habíamos amado tanto”, el título de esa maravillosa película de Ettore Scola que hablaba de un grupo de amigos que compartió sueños y que después dejó de compartirlos. Unos siguieron pensando en ellos con otros, y otros siguieron pensando en ellos mismos. Compañeros de ruta, compañeros de generación que (otra vez Borges, otra vez el perceptor de esencias) llegados al punto en el que los caminos se abrían, se abrieron. Abrirse es otra manera particular de señalar alejamiento político o emocional. Abrirse connota libertad de acción. Es curioso, porque de alguna manera se opone a “cerrar filas”, o “encolumnarse”, que tienen connotaciones negativas. “Abriéndose”, se pretende salvaguardar la perspectiva individual. Hemos sobrevalorado, instados por las inercias de la época, la perspectiva de los “abiertos”.

A pesar de que me reí cuando rechacé mentalmente la frase, después me pregunté qué tienen en común esas dos expresiones que sirvieron en los últimos años tantas veces para titular diversas situaciones de la política argentina. Haberse constituido no por ellas mismas ni por su origen, sino por el uso dado, en lugares comunes, hace pensar en realidades también repetidas, también recurrentes. Que no nos una el amor sino el espanto. Que nos hayamos amado tanto: la frase tomada de Scola implica también una segunda parte no dicha: que ya no nos amamos. El tiempo verbal deja caer su letanía melancólica: todavía duele el amor ya inexistente. Inevitable también, viene otra frase, la estrofa de un tango, “Los mareados”, que argentiniza la sensación de vacío cuando cierta clase de amor se desgasta: “Mirá lo que quedó”.

Somos un país de cuya entraña brota la diferencia mal llevada. Quizá por eso nos brotan realidades que auspician estas maneras de decir. A muchos que ha unido el espanto, les ha sido negado el amor. No estoy siendo víctima del síndrome Paluch, ni poniéndome autoayuda, que justamente la autoayuda es uno de los conceptos que trajeron consigo los ’90 y que hicieron estragos en la percepción del otro. Es necesaria la aclaración por un desvío de tópicos pertinentes para hablar de cuestiones colectivas. Hablo de un amor en sentido amplio, hablo de la órbita de los afectos. Me pregunto cómo quedan, cómo juegan, cómo se mueven en esta triste historia. Y me pregunto también por qué será que tan pocas veces se habla de la dimensión afectiva de la política. De la pasión.

Los argentinos somos un pueblo pasional, pero el espanto es una pasión más popular que el amor. Hemos visto muchas más veces gente juntarse para odiar a otro que agrupándose por sus propias afinidades. No es así en todas partes. No es una ley de la condición humana. Es más bien, creo, el rasgo de una idiosincrasia que pretendió siempre ser portadora del estandarte del crisol de razas, pero en cuyos intestinos sigue anidando la bacteria del racismo. Este conflicto, además de tantas otras cosas, invisibilizó a millones de argentinos. Sobrevuela el prejuicio de que los peronistas son los vagos o los sobornados. Al “cabecita” alcanza con verle el color de pelo y de piel: no importa lo que piensa. El prejuicio indica que ni siquiera piensa: se deja llevar, se deja comprar por poca cosa.

También hay mucha gente que se quiso y que ya no se quiere. O que navegó en el mismo bote y ahora nada separada. Gente que anduvo junta y dejó de hacerlo, pero al modo argentino. Con dolor. “Nos habíamos amado tanto” cumple los requisitos para hablarnos de esos afectos que cubrieron con su potencia una época de la vida, y también de la separación traumática a la que parecemos destinados. Como si no tuviéramos previstas maneras honrosas de separación. “Nos habíamos amado tanto” suena casi como una copla o como un haiku lastimoso. No lo dice, no lo explicita, pero sugiere una traición.

Si para unos y para otros la Argentina lleva en sí alguna cuerda, una sola, que emita un sonido, uno solo, en este momento deberíamos escucharlo. Si para unos y para otros la patria vale la pena, esta pena de hoy habrá que digerirla y elaborarla, pero ya basta de roer insultos, subestimaciones, campeonatos de lucidez y falos de proporciones. La pulseada que presenciamos y padecemos es bizarra, pueril y machista. Va de suyo que quien dialoga cede algo para ganar al otro como interlocutor. Partiendo de esa base, las modificaciones anunciadas unilateralmente por el Gobierno implican que el diálogo no ha sido posible, pero también que hubo errores que se rectificaron o que se intentan rectificar. Al mejor modo argentino, “el campo” y el Gobierno deberían ahora sentarse por espanto, que nadie les pide amor. Pero sentarse.

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