EL PAIS › OPINION

Cuento campestre

 Por Noé Jitrik

En diciembre de 1977, durante un exilio en México que amenazaba con prolongarse indefinidamente, decidimos, para neutralizar sus rigores, la familia entera, buscar el mítico Mar Caribe, en Yucatán. En una de sus fastuosas playas unas personas que tomaban sol y se metían en el mar nos parecían conocidas, pero no porque las conociéramos, sino por el modo de moverse y ciertos tonos de voz, muy delatores. Eran argentinos, como nosotros, no me atrevo a decir “compatriotas” a causa del aspecto del que parecía ser el jefe de la tribu, un cuarentón de bigote perfecto y de cabellera negra, brillante, sin un pelo en desacuerdo. Tal vez por un prejuicio frené mi impulso a presentarme y hacer la pregunta ritual de recíproco reconocimiento porque el hombre me parecía conocido por su tipo, vi gente así a millares en la Argentina: “militar” pensé, “de vacaciones en el Caribe”. No parecía haber huido de la dictadura, más bien se me ocurrió, sentí, que formaba parte de ella y, por lo tanto, que pertenecíamos a mundos bien diferentes, yo sin poder volver, él pudiendo salir y volver cuando quisiera, pertrechado, por añadidura, con los “déme dos”, tan simpáticos de la época. Con cierto patetismo, lo reconozco, pensé que la Argentina no era un país sino dos, yo debía pertenecer a uno y ese señor –a lo mejor era inocente y mis cavilaciones eran puros ejercicios paranoicos– a otro, muy diferente.

Durante años esa imagen se quedó dormida pero en las últimas semanas, cuando empezó el conflicto con el campo, ofendidos sus voceros y simbólicos y reales representantes con el atentado a sus intereses que implicaban las retenciones, despertó con bastante fuerza. Me crucé en la calle Rodríguez Peña al 1200 con una señora de porte distinguido que caminaba sola y que parecía poseída por una furia muy grande; golpeaba una cacerola con bastante fuerza y me pareció que le caían las lágrimas; conmovido, le pregunté qué le pasaba y simplemente me dijo que “esa cosa de las retenciones es intolerable, este gobierno es intolerable, esa mujer es intolerable”. Al verla y escucharla volví a pensar en los dos países y me pregunté cuál era el mío, dónde estaba el de ella. No le discutí pero no, realmente, por cobardía: la metafísica de la división me pareció más importante lo que no impidió que me estremeciera: ¿correría peligro no mi vida sino el sentido de mi existencia en este lugar, tan querido por otra parte por mí?

Pensé, sin ningún rigor, en lo que podía definir a cada uno de esos países; creo que no es una cuestión de clase: yo estoy más cerca de pertenecer a la clase de aquel hombre y de esa señora pero ellos no están en mi país ni yo en el de ellos; no es una cuestión de educación porque ellos la han tenido y la tienen, viajan –como yo—, compran libros en la Feria y cuadros en arteBA, van al Colón, como yo cuando puedo, muchos son profesionales, como yo, y seguramente se manejan de acuerdo a valores que, vistos de cerca, no son demasiado diferentes de los que caracterizan a integrantes de mi país; tampoco es cuestión de religión, porque muchos miembros de mi país creen y muchos del otro no lo hacen y menos aún de partidos políticos, sobre todo cuando pertenecer a uno de ellos es, más que un desesperado acto de fe, como pudo ser en otro tiempo, un hábil oportunismo o una desdicha cuando alguien que dentro de un partido está no obstante en mi país, se pasa al otro. Es complicado definirlos: sólo se me ocurre, tímidamente, que tal vez sea una cuestión de memoria y de discurso y de exigencia intelectual. ¿Suena presuntuoso?

Digamos que en mi país la crítica es una cualidad espiritual, a veces un arma, una aspiración a la subjetividad, en el de ellos lo es la furia, la opinión, el credo, la repugnancia, el individualismo, el sentimiento emocional de la propiedad, si tengo compro y si puedo pagármelo, y puedo, lo tengo. Y si en mi país tal cualidad espiritual se atreve a la duda y se deja llevar por un impulso al convencimiento en el de ellos sus cualidades los llevan a un tajante “así es” que les permite confirmarse en cada afirmación que, aunque no tenga consistencia, profieren. No se entra en el país de ellos y a veces, en el nuestro, se los deja entrar, nos conmueve el ser humano oculto en la señora de la cacerola y si ella lo deja salir pues hasta nos parece un triunfo de nuestra parte su ingreso en el nuestro.

¿Nosotros somos intelectuales y ellos no lo son? ¿A nosotros la dictadura nos ofende y a ellos les da seguridad? ¿A ellos el dinero les es debido y a nosotros tenerlo nos es reprochado, sobre todo por nosotros mismos? ¿Ellos se sienten libres de culpas y nosotros las perseguimos con amor y deleite?

El planteo es complicado, pero me parece que sus términos no pueden ser negados. Y me parece también que el conflicto campestre lo pone en evidencia. Y, a propósito, como yo también soy del campo, pues nací en pleno campo, en un lugar que había sido propiedad de los indios pampas, el conflicto me evoca ciertas imágenes, tristísimas por cierto. La cosa es así: mi padre tenía un negocio de ramos generales que, antes de que yo naciera, iba bastante bien; los chacareros, no tal vez los pocos estancieros de la zona, compraban, firmaban pagarés que levantaban en término, después de la venta de las cosechas que, antes de la gran crisis agraria de fines de los veinte, eran abundantes, ríos de oro los granos de trigo, pesadas bolsas el maíz. Cuando, hacia fines de los veinte, sobrevino dicha crisis y proliferaban los suicidas en los Estados Unidos, todo se pudrió, muchos chacareros perdieron sus campos, lógicamente no podían levantar los pagarés y, como coletazo, mi padre se arruinó porque, contrariamente a lo que hicieron los bancos con las hipotecas, no tuvo corazón para ejecutarlos. Que yo recuerde, los grandes acopiadores, Bunge y Born, Dreyfus y acaso alguno más, no vinieron a socorrer a los campesinos que iniciaron, a veces junto con los pequeños comerciantes, como éramos nosotros, y los peones, la migración a las grandes ciudades, con la esperanza de sobrevivir: en el campo no se podía. Toda esa gente, lo pienso ahora, era parte de lo que llamo “mi país”. Los exportadores deben haber sufrido también la crisis, pero no tanto: siguieron adelante y si antes se habían enriquecido asombrosamente, al mismo tiempo que los grandes propietarios, ahora lo debían hacer más prudentemente, tal vez no ganar tanto pero nunca perder, desensillar hasta que aclare. Desde luego que para desensillar hay que tener caballo y nosotros nos quedamos de a pie. Toda esa gente, lo pienso ahora, en su momento no se me ocurrió pensarlo, forma parte de lo que llamo, el “otro” país. El Estado, entre tanto, en el mejor de los casos impotente pero en el peor ocupado por los grandes propietarios, no debía romperse demasiado la cabeza para hacer que los chacareros siguieran en posesión de sus campos puesto que la desposesión debía implicar que los más grandes se agrandaran, creo que eso se llama latifundios. ¿Será por eso que se suicidó un hombre llamado Lisandro de la Torre?

La guerra europea y el hambre que no podía faltar en la mesa de los contendientes robustecieron a quienes habían aguantado. Volvió la prosperidad y seguramente hubo muchas otras crisis de entonces a ahora. El concepto, sin embargo, siguió siendo el mismo: por ahí no ganar tanto pero nunca perder. Así fue cuando el peronismo en el poder metió la mano en las rentas agrarias y en las exportaciones: los resucitados campestres –propietarios, ganaderos, cerealeros, exportadores– negociaron, no perdieron, ganaron menos, pero no por eso se animaron a enfrentarse con un gobierno fuerte, en suma, negociaron aunque por momentos especularon y en vez de que pudiéramos comer el níveo pan de nuestras costumbres debimos comer durante algunos meses, no muchos, un sólido pan oscuro que no era de centeno.

¿En qué consiste la memoria y para qué ayuda recordar? Sé que no puede ser para juzgar, tal vez sí, modestamente, para comparar: durante la crisis de los veinte la miseria, la verdadera, recorría los campos; después del 2002, el campo empezó a reponerse, la producción aumentó, las exportaciones permitieron llenar las arcas del Banco Central y los pueblos del interior mejoraron notablemente su nivel de vida. Obviamente, quienes cuidaban de sus propiedades, pequeñas sobre todo, debían seguir levantándose temprano, pero da la impresión de que ese sacrificio daba sus frutos. Parece simple pero uno no puede dejar de pensar o sentir que esta vez la mano del Estado no es represora ni impide que se siga ganando lo que se estaba ganando hasta dos meses atrás. ¿Por qué, entonces, sorprendentemente, brota con fuerza un tipo de encono que no tendría los motivos que deberían haber llevado a medidas radicales a los chacareros del ’30 y, entre ellos, a mi padre? Hasta el ’30 eran los anarquistas los que, porque protestaban, eran molidos a palos; ahora, se tiran camiones de alimentos a las rutas, nadie lo impide, y quienes lo hacen hablan de diálogo: ¡vaya diálogo! No lo entiendo. ¿Será que, en efecto, hay dos países y que aquél al que pertenezco hace tan mal las cosas por sólo existir que el otro se tira con todo, hasta el triunfo total, hasta lo que en otros lugares se llamó la “solución final”?

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