CONTRATAPA

Obama: el presidente como poeta

 Por Ariel Dorfman *

La mayor revelación acerca de quién es Barack Obama me la ofreció Toni Morrison, la Premio Nobel norteamericana, durante un almuerzo a principios de este año. Estábamos en medio de las feroces primarias entre Hillary y Obama, y Toni se había abstenido hasta ese momento de anunciar su adhesión al primer candidato de origen africano-americano que tuviera la posibilidad real de ocupar la Casa Blanca. Ella era muy compinche y admiradora de Hillary y también de Bill Clinton, al que había llamado, en un controvertido artículo en el New Yorker en 1998, el primer presidente negro de este país, pese, advertía, “a su piel blanca”.

–Mañana –me dijo Toni– voy a mandarle una carta abierta a Barack Obama, contándole que, por primera vez en mi vida, es mi intención apoyar públicamente a un candidato a la presidencia, apoyarlo a él. Y no es por su raza. Esa jamás debería ser la razón de que votemos por una persona, ni tampoco para votar en contra. He hablado con Barack varias veces en las últimas semanas y siempre termina la conversación con la misma frase: “I’d like to have your endorsement. Me gustaría que me apoyaras en forma abierta”. Y yo siempre me río y le digo que lo estoy pensando. Bueno, lo he pensado bastante y ahora estoy lista.

Y Toni me miró a mí y también a Richard Ford, el gran novelista norteamericano, que almorzaba con nosotros ese mediodía.

–¿Y quieren saber por qué? Muy sencillo: porque Barack Obama es un poeta.

Un poeta.

En los meses que siguieron he retornado muchas veces a esa definición de Toni y la encuentro cada vez más sagaz. Ya había reparado yo –¿quién podría no hacerlo?– en la excepcional inteligencia de Obama, el uso sólido y sutil del inglés que despliega, especialmente cuando se comparaba con el desastre idiomático de Bush. Y nada de lo que ha sucedido a lo largo de este año electoral me ha hecho cambiar de parecer. Por el contrario, la jerigonza retórica de McCain y para qué hablar de la masacre de la lengua de Shakespeare en la boca incoherente de Sarah Palin confirman cada día más la calidad lingüística de Obama, la certeza de que estamos ante un gran artífice de las palabras. Pero, ¿poeta?

Toni no hablaba tan sólo de alguien elocuente, de alguien que amaba las palabras, es decir, que las consideraba amigas íntimas y carnales, sino de algo más: un ser humano animado por una visión trascendental, a visionary, nos dijo Toni ese domingo a fines de enero mientras atacábamos una buena merienda sureña acá, en Carolina del Norte.

Confieso que me gustó, al principio, aquella dilucidación de Toni porque ayudaba a explicar la ventaja que Obama fue paulatinamente forjando entre los votantes, su capacidad de convencer y de inspirar, la importancia de tener un candidato a la presidencia que era capaz de mover a multitudes y especialmente a los jóvenes en el país que le brindó a la humanidad un rapsoda como Walt Whitman y un primer magistrado como Abraham Lincoln.

Es sólo ahora último, ahora que parece que es casi seguro que Obama será, efectivamente, elegido presidente de esta nación, que me he puesto a profundizar en las consecuencias de que un poeta pudiera, en efecto, dirigir los destinos del país más poderoso del mundo. Es sólo ahora último que me he permitido especular, no acerca de cómo Obama ha de ganar las elecciones sino acerca de cómo habrá de gobernar. Es sólo ahora, al contemplar la exacerbada crisis que el terremoto financiero ha ido dejando atrás, que comprendo tal vez la importancia histórica de que en este preciso momento catastrófico aparezca alguien que disponga de lo que Toni llamó ese día la “imaginación creativa”.

Porque de lo que se trata es, justamente, de imaginar una alternativa a esto que llamamos realidad, esto que se nos insiste que es excesivamente complejo y vasto como para poder controlarlo. Vivimos en un mundo que se precipita hacia un desastre ecológico y moral, un mundo donde se nos viene encima un cataclismo alimentario y energético como no hemos visto en siglos, un mundo de guerras incesantes y de un terrorismo tenaz, un mundo donde las armas nucleares van a proliferar como una plaga y donde las plagas van a proliferar como si fueran átomos y electrones desenfrenados, un mundo cada vez más interconectado y cada vez más indiferente al dolor ajeno. Lo más fácil, cuando hay tanta confusión aparentemente indomable, es guarecerse en respuestas y refugios del pasado que fortalezcan la identidad más tradicional, buscar en las más oscuras catacumbas del fundamentalismo las certidumbres que el presente empecinadamente nos niega.

En condiciones tan dramáticas, la existencia de una visión poética en un líder poderoso cobra su verdadera magnitud. Porque vislumbrar las palabras múltiples y claras con que lentamente vamos entendiendo lo que nos pasa hoy es indispensable para anticipar las soluciones para los difíciles años que se aproximan. Ya lo dijo Shelley antes de morir en el mar de su exilio italiano: los poetas son los “desconocidos legisladores de la humanidad”, los que preparan con sus palabras el vocabulario en que se han de escribir las leyes más justas del mañana, los que nos señalan la urgencia de un futuro ineludiblemente diferente y definitivamente más bello.

Hay muchas posiciones que ha tomado Barack Obama con las que, por cierto, discrepo, y no me cabe duda de que durante su tenencia en la Casa Blanca quedaré desilusionado en más de una ocasión. Pero la ilusión que no estoy dispuesto a abandonar es mi creencia en la necesidad de que este presidente poeta, en la coyuntura actual de su patria, va a tener que explicarles a los hombres y mujeres de Estados Unidos las dimensiones profundas y permanentes del trastorno al que se enfrentan y que no se resuelve con cambiar tan sólo un par de políticas; mi esperanza de que les lance el desafío de que no habrá tal cambio sin la participación masiva, diaria y ojalá clarividente del pueblo norteamericano, un pueblo que hasta ahora ha mostrado en forma mayoritaria una ignorancia virulenta y obstinada ante los problemas del planeta que habitamos y gozamos y sufrimos todos.

Pero es también el norteamericano un pueblo lleno de esperanzas, un pueblo que parece haber alcanzado por fin la madurez como para reconocer que requiere de un ser insólito como Obama para salir del marasmo en que nos deja Bush, hombres y mujeres que intuyen tal vez que hace falta reinventar este país y sus sueños si han de sobrevivir a los grandes retos y combates que se avecinan. Falta por ver si esos ciudadanos van a recibir y hacer suyas las palabras alucinadas y medidas y sabias que –es mi presagio– va a regalarles Barack Obama; falta por ver si vamos a merecerlas y acompañar esas palabras desde nuestra propia poesía cotidiana.

Antes de que sea demasiado tarde.

* El último libro de Ariel Dorfman es Otros septiembres.

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Imagen: AFP
 
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