CONTRATAPA

Atticus y los otros

 Por Rodrigo Fresán

Desde Barcelona

UNO El otro día me di cuenta –no puedo decir me acordé, porque creo que es algo que ni siquiera había olvidado– de que nunca había leído Matar a un ruiseñor, la clásica y única novela de Harper Lee que cumple medio siglo de vida. Y me di cuenta de ello del modo en que uno suele darse cuenta de estas cosas: enfrentado al libro, en una librería. A un precioso espécimen conmemorativo que reproduce la primera edición: dibujo de un árbol en marrones y verde con la mínima alteración de un pequeño círculo donde se lee “Celebra un clásico americano”. Y yo no tenía nada mejor que hacer que celebrar algo digno de ser celebrado.

Venga, dije.

Vamos, me dijo.

DOS Un par de noches después –Matar a un ruiseñor se lee rápido y feliz– no entendí cómo fue que recién lo leía y ensayé una disculpa un tanto absurda pero comprensible: “No leí Matar a un ruiseñor porque tampoco leí Lo que el viento se llevó ni Rebecca ni tantas otras novelas”. Es decir: no había leído Matar a un ruiseñor porque había visto tantas veces la magnífica película de 1962 dirigida por Robert Mulligan. Ya saben: Gregory Peck en el punto más alto de su carrera –ganó el Oscar y el Golden Globe y fue alabado por la misma Lee porque “allí se fundieron la persona y el personaje”– y dando rostro a quien, desde entonces, encuesta tras en encuesta, ocupa el primer puesto entre los héroes del celuloide norteamericano dejando atrás a Indiana Jones, Rocky Balboa, Superman, Tarzán, James Bond, Robin Hood y toda esa gentuza. Gregory Peck como Atticus Fich, el abogado y padre viudo de Maycomb County, Alabama, quien alguna vez fue el mejor tirador de la región pero dejó las armas para empuñar las palabras. Atticus Finch, quien decide defender a un hombre negro acusado injustamente de violar a una mujer blanca y se pone a todo el pueblo en contra suya y de su familia. Atticus Finch –hombre recto e implacable a la hora de buscar y encontrar justicia– como el inspirador directo de que tantos jóvenes norteamericanos decidan estudiar Derecho y pasen a formar parte del para muchos gremio más detestado en Estados Unidos. Así, abundan los chistes siniestros de abogados Made in USA; pero Atticus Fich permanece y, cincuenta años después, sigue poniéndose de pie despacio para pronunciar su alegato sin apuro y hacer pronta justicia. Y nosotros lo escuchamos.

TRES Matar a un ruiseñor es muchas cosas: una novela de iniciación (que funciona en su poderoso poder residual como la contraparte civilizada y pueblerina de la metropolitana y nihilista El guardián entre el centeno de J. D. Salinger), un formidable thriller legal, un perfecto exponente de la variante infantil del gótico sureño acaso fundado por Carson McCullers, un manual sobre cómo ser honesto e íntegro en un mundo cruel que nunca nos dice adiós y, además, como un roman à clef: el juicio está inspirado en un caso real de 1931, Harper Nelle Lee, hija de abogado idealista, amiga de Truman Capote (el autor de Desayuno en Tiffany’s aparece en Matar a un ruiseñor como el pequeño Dill Harris, Harper Lee hace lo propio en la primera novela de Capote, Otras voces, otros ámbitos, como la montaraz Idabel Tompkins) y fue su mano derecha en la investigación que resultó en A sangre fría.

Y Matar a un ruiseñor es, también, una leyenda editorial y urbana y verdadera: en 1957 Lee –malviviendo en Manhattan– recibió un montón de billetes recolectados por amigos con una nota: “Tienes un año de vacaciones para escribir lo que quieras”. Y Lee se tomó un año para escribir Matar a un ruiseñor.

La novela –que en principio recibió críticas de todo tipo– se convirtió en un clásico instantáneo, ganó el Premio Pulitzer y, desde 1960, es uno de los mejores y más multimillonarios best-long-sellers en la historia de la literatura norteamericana. Dicen que Capote nunca soportó el éxito de Lee –quien jamás imaginó semejante suceso para su ópera prima y última– y que, entre copas, le gustaba insinuar que él era el verdadero autor del libro. La más bien floja Capote in Kansas: A Ghost Story, de Kim Powers (2007), pretende explicar sobrenaturalmente la caída del muerto Truman y el silencio ermitaño de la todavía viva Lee. Pero fue la misma Lee –quien no se muestra ni da entrevistas– quien, en una conversación, le explicó a su primo Richard Williams el porqué de su desaparición: “Richard, cuando estás en lo más alto, sólo te queda una dirección en la que ir”.

Y así Harper Lee sigue ahí arriba, en lo más alto.

CUATRO El único agregado a mi clon del original de Matar a un ruiseñor es un brevísimo prólogo de la autora, de 1993, donde básicamente Lee explica que no le gustan los prólogos: “Las introducciones inhiben el placer, aniquilan la alegría por lo que llegará, frustran la curiosidad. Lo único bueno de las introducciones es que en algunos casos postergan la dosis por venir. Ruiseñor continúa diciendo lo que tiene para decir; se las ha arreglado para sobrevivir sin preámbulos a los años sin preámbulos”. Y unas líneas más arriba aclara: “Sigo viva pero muy silenciosa”.

Lo primero es verdad y lo segundo es mentira: Matar a un ruiseñor sigue cantando tan fuerte y claro y armoniosamente como aquella primera noche.

CINCO Leí Matar a un ruiseñor y lo leí como si lo recitara de memoria, como si sus personajes llevaran en principio las máscaras de Gregory Peck y de Mary Badham y del debutante Robert Duvall y de Philip Alford pero, a las pocas páginas –hay más de una diferencia entre película y libro, hay omisiones clave en la pantalla que iluminan en la página– se impusieran las letras de Harper Lee sobre las imágenes de Robert Mulligan.

Leí Matar a un ruiseñor casi rodeado por la estupidez del planeta: por la incesante cobertura de las vacaciones de Michelle Obama y su hija en España (hotel de superlujo, visita a tablado flamenco, la Alhambra, chapoteo en la playa con buzos del servicio secreto patrullando, almuerzo con los reyes en Mallorca, lo sé todo hasta el más mínimo detalle); por el tira y afloja entre controladores aéreos y sindicato y gobierno; por el misterio del parche antistress en el cuello del Príncipe Feliz; por la buena nueva de que Benedicto XVI cobrará entrada para las misas de su gira británica; por Mariano “Partido Popular” Rajoy colgando en Internet un video (cuyo desopilante título es Rajoy en acción) donde se despide hasta septiembre conduciendo sin el cinturón de seguridad abrochado; por Zapatero anunciando que este año no se tomará vacaciones (¿será conveniente que siga trabajando?); por los divagues atómico-apocalípticos de Fidel Castro; por la onírica película dirigida por Christopher Nolan y con Leonardo DiCaprio donde otra vez –náufrago, perdido– vuelven a venderme como logro absoluto el hecho de que nada sea creíble y que no se entienda nada de nada y por casa cómo andamos... Ni siquiera son malas noticias, son noticias tontas. Demasiado y demasiadas. Para los que quieran malas noticias, también hay, también tengo. Muchas y de todos los sabores. Noticias como buitres que nos matan y nos vuelven carroña de rápida digestión.

Leí Matar a un ruiseñor como un antídoto para todos los males de este mundo. Y lo cierto es que funcionó mientras duró. Pero –aunque inolvidable– duró poco: 323 páginas, letra grande y línea recta hasta ese adiós donde Atticus les asegura a su hija Scout y a los lectores que “la mayor parte de los otros son buenos cuando, finalmente, puedes verlos”.

Prometo hacer el esfuerzo, Atticus.

Mientras tanto y hasta entonces –he ahí lo que hace clásico a un clásico– ya mismo empiezo a leerlo de nuevo para que me siga protegiendo de los otros hasta que aprenda a verlos bien.

Después de todo fueron tantos, demasiados años, sin leerlo y sin siquiera pensar en que nunca lo había leído.

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