CONTRATAPA

El golpe final

 Por Leonardo Moledo

Hay un cuento del memorable y hoy muy poco leído Dino Buzatti (19061972), en el que se describe el aterrizaje de un plato volador marciano en la terraza de una iglesia. Se había publicado en la colección grandes novelistas, de Emecé, junto con algunas otras piezas que valdría la pena recuperar, bajo el título genérico de El derrumbe. Lo cierto es que en este relato, el párroco, o el cura de turno, atiende a dos hombrecitos verdes que bajan del plato volador (Buzatti respeta puntillosamente la iconografía de la ciencia ficción). Los hombrecitos le dicen que en Marte saben todo sobre la Tierra, puesto que la han estudiado durante siglos. Pero hay una sola cosa que no lograron comprender: qué son esos “esos objetos” (las cruces) que se ven en la cima de las iglesias. Engolosinado por la perspectiva de una conversión extraplanetaria, el párroco entonces empieza a desgranar los pasos bíblicos del dogma: les habla del Génesis, del Jardín del Edén, del Arbol del Bien y del Mal, del inevitable traspié. Allí es donde los marcianos interrumpen el relato: “Pero entonces ellos comieron la manzana”; ante lo cual el párroco lo admite “¿acaso ustedes no habrían hecho lo mismo?”. Y los marcianos responden: No. El Arbol del Bien y del Mal creció también en Marte, pero todavía está intacto; nadie ha probado jamás uno de sus frutos. El cuento sigue; Dino Buzatti, infinitamente más hábil en el planteo de los cuentos que en su solución, se embarca en un discurso no muy interesante (decide que es mejor haber pecado y adorar a Dios que no haber pecado nunca y vivir despreocupado, como, según parece o recuerdo, viven los marcianos de este cuento).
Naturalmente, no hay marcianos que hayan venido o vayan a venir jamás en un plato volador, ni en ninguna otra nave, pero sí en estos momentos sobre la superficie desierta y triste de Marte hay una nave terrestre buscando agua, y pronto llegará otra que tratará de encontrar rastros de vida primitiva. Si finalmente resulta que los hay, aunque se trate de microbios y no de “verdaderos extraterrestres”, al estilo de los que nos acostumbraron la televisión y la imaginación (notar que ambos items se señalan por separado), quedará probado que la vida no es un fenómeno exclusivamente local; será sin duda una verdadera revolución conceptual, que pondrá en entredicho los supuestos más arraigados de las religiones monoteístas, fuertemente antropocéntricas, nacidas, de paso, en un momento en que la Tierra se imaginaba inmóvil en el centro del mundo, y los cielos a sólo poco kilómetros de distancia. Hoy en día hay multitud de teólogos dedicados a resolver con las armas de su disciplina el problema que plantearía el recibir señales de una civilización extraterrestre avanzada, si es que llega la ocasión, o si se tiene algún atisbo de su existencia y de conciliarlos con conceptos tan centrales como la “salvación” a través de un hijo de dios humano, o la predilección de los credos monoteístas por la humanidad en un mar de civilizaciones inteligentes. Algunos imaginan una “salvación permanente” en los distintos lugares donde la vida haya evolucionado hasta dar seres inteligentes capaces de ser crucificados. De hecho, el párroco de Buzatti debería haber pensado en eso: las religiones monoteístas son funcionales a la creación única de la vida y aquí: la soledad cósmica.
El ateísmo es, desde ya, mucho más consistente con cualquier rastro de vida fuera de la tierra y al revés que la religión con cualquier superpoblación galáctica. No es que las religiones no se puedan adaptar a la aparición de microorganismos en Marte o en cualquier otro lado, pero seguramente al costo de numerosas operaciones ad-hoc. Uno podría preguntarse qué importancia tienen los microorganismos, pero la existencia de microbios en un planeta que quizás haya sido muy distinto en el pasado, tal vez indique que hubo vida más compleja; y por otra parte, la existencia de vida fuera de la Tierra, probaría que ésta es un fenómeno natural y no casual, resultante de la química (como sostiene la ciencia) y no creado por un ser sobrenatural, como defiende la religión. Y hay más: si la vida es pan cósmica, no hay por qué pensar que los mecanismos de la evolución no lo son, y que cualquier atisbo vital puede terminar en vida inteligente y consciente. La adaptación de las religiones, que se han adaptado a cualquier cosa, será nuevamente, compleja.
Pero además la presencia de vida en Marte asestará el golpe final al biocentrismo humano, y por reflejo, al maltrecho antropocentrismo, que desde Copérnico en adelante no ha dejado de sufrir golpes y heridas narcisistas. El Spirit tiene en sus manos (o mejor dicho, en sus ruedas) la capacidad de golpear puntos centrales de nuestra cosmovisión. Vale preguntarse si los que critican estas misiones por su alto costo, de todas maneras mucho menores que los presupuestos armamentistas de los países opulentos, tienen en cuenta estas variantes.

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