CONTRATAPA

Las vacas afortunadas contra Chávez

 Por José Pablo Feinmann

Ahí, erguido frente a todos en el Teatro Teresa Carreño, cerrando con su discurso la XII Cumbre de Jefes de Estado del Grupo de los Quince, vemos a Hugo Chávez como él quiere ser visto y acaso como lo que verdaderamente es: un líder de América latina, un conductor de pueblos en el que se actualizan todas las viejas, veneradas luchas de este continente vejado, desde Bolívar y Sucre hasta hoy, hasta este momento exacto en que este hombre macizo, robusto e impecablemente oscuro, dueño de una negritud hermosa que lo instala y lo legaliza de modo inmediato ante los suyos, los que comparten esa negritud, con el pelo corto a lo milico (como milico que es), con una pinta en la que confluyen el indio masacrado por el Evangelio de los conquistadores, el mestizo sometido por el látigo de las oligarquías y el pobrecito de los cerros que agoniza de hambre, se despacha con uno de los discursos más brillantes de todos los que en cualquier tiempo han sido dichos. Lee, pero mira a quienes lo escuchan. Tiene una dicción perfecta, una voz clara y penetrante, una convicción irresistible. Somete al auditorio. Impresiona ver a un morocho aindiado hablar de los suyos y de los padecimientos de los suyos desde el corazón de la raza. La lucha de clases, en América latina, es, también y simultáneamente, una lucha de razas. Lo es, hoy, en Venezuela. Chávez es la negritud y los pobrecitos de los cerros bajarán, en cuanto haga falta, a defenderlo, no porque haya hecho mucho por ellos, sino porque es uno de ellos, y si no es él quien los defiende, él, que es oscuro, que es indio, ninguno lo hará, ya que los otros (los llamados “antichavistas”) son los blanquitos de siempre, los cónsules de los conquistadores, los campeones del desdén y del odio racial. Así las cosas, Chávez empieza ganando por “presencia”, por pertenencia, por hacerle sentir a su gente que surgió de ella, que es un negro que echó a los blancos del poder y está destinado (por la piel, por la historia y por la historia que se expresa en esa piel) a defenderlos.
Importa decir esto ya que muchos se preguntan por qué Chávez sigue convocando el apoyo de los pobrecitos de los cerros cuando, en rigor, no ha hecho demasiado por ellos. “Aquí”, se dice apenas uno llega a Caracas, “siempre hubo un 82 por ciento de pobres y Chávez no bajó ese índice ni un solo punto”. En este país la numerología reemplazó a las ideas. Todo se cuenta, todo se numera: los votos, la pobreza y los muertos. “Este fin de semana hubo ciento setenta y cinco muertos”, dice alguien. Es corregido. Otro, como si buscara restarle tragedia o desmesura a esa cifra, dice: “Pero fue por el Carnaval. Si no, nunca es tanto”. “Cuánto es tanto”, pregunta uno. “Los muertos no pasan de noventa, noventa y dos”, es la respuesta. Luego se sigue hablando de la pobreza. De ese índice estremecedor: “El 82 por ciento de los venezolanos son pobres”. Entonces, la vieja pregunta del clásico intelectual de izquierda: ¿por qué los pobres están con quien no los quita de la pobreza? Y las viejas respuestas de siempre: por demagogia, por manipulación, por unas escuelas que se hicieron, por la ayuda de los médicos cubanos, en fin, por Chávez, por su carisma. O, en el fondo de la cuestión, porque las masas son irracionales y corren detrás de cualquier loquito que les promete cosas. Y el “loco Hugo” es un prometedor incesante. Un flautista de Hamelin con un programa de radio que se apodera largamente del día domingo, se llama “Aló, Presidente” (las reminiscencias del italianísimo “Pronto, Rafaella” o el “Hola Susana” de nuestra diva nacional son claras y no necesariamente incómodas o negativas) y permite a Chávez, en tanto one man show, un despliegue de su inagotable pirotecnia verbal. Martínez Estrada (¿Qué es esto?) encontraba “demoníaco” el uso que Perón hacía de la radio. Célebremente Goebbels decía que mil repeticiones hacen una verdad. Célebremente, entre nosotros, Celia Durruty, en un viejo y excelente libro de la izquierda lúcida argentina, demostró la insuficiencia de toda explicación del peronismo que se centrara en la teoría de la manipulación integradora de las masas (sindicatos, partido oficial, dominio integral de los medios): el peronismo, a partir de 1955, pierde todos sus aparatos de “captación” y “manipulación” de masas y las masas siguen, no obstante, siendo peronistas. Con Chávez (en este aspecto, no en otros) la cosa es similar: no es por “Aló, Presidente” que los pobres están con él, sino, sencilla y poderosamente, porque en Venezuela es el único al que pueden visualizar con alguna esperanza. Si de “ahí” no sale algo, de los “otros”, de los blanquitos, ni hablar, sólo saben depararles el hambre, el desprecio y la obscena sumisión a los que se llevan el oro negro que mana de la tierra. Porque en Venezuela hay petróleo y porque hay petróleo hay asesinatos, golpes de Estado, torturas e interminables maniobras electorales. Si hubiera arvejas, la CIA no estaría en Venezuela. Bush no habría ubicado el país en el “Eje del Mal”, en ese trípode bajo vigilancia y bajo fuego que forma con Cuba y la guerrilla colombiana. El petróleo, en sí, no vale nada. Un elemento de la naturaleza sólo vale en tanto es incorporado por un proyecto humano. Si el Imperio y su engranaje bélico se alimentara de arvejas, Venezuela viviría en paz y los países productores de arvejas serían los estragados por la violencia. Pero no. El Imperio necesita petróleo y Chávez es una molestia y los “antichavistas” lo entregarán, al petróleo, a manos llenas, gozosos. Dominan todos los medios de prensa y no tienen escrúpulos constitucionales: son golpistas, son violentos, son blanquitos y, si fueran “americanos”, votarían por Bush. De hecho, en la práctica, lo hacen todos los días.
Volvemos, ahora, al Teatro Teresa Carreño. Ahí está Chávez y con su voz clara, su tono venezolano y su vehemencia de líder de pueblos dice, memorablemente dice: “Cada vaca que pasta en tierras de la Unión Europea recibe en sus cuatro estómagos 2,20 dólares diarios como subsidio, teniendo mejor suerte que unos 2500 millones de pobres de los países del Sur, quienes apenas sobreviven con menos de dos dólares diarios de ingreso”. Mira a su auditorio, deja que la frase penetre y añade: “Afortunada la vaca”. El Teresa Carreño estalla en un aplauso cerrado, y nosotros, de pronto, nos descubrimos aplaudiendo rabiosamente también. Y no hacía falta que Chávez hubiese metido ahí, ocupando más de dos tercios de la platea, a un pequeño ejército de jóvenes bochincheros pero altamente adiestrados, con camisas rojas, que actuaban la adhesión, coreografiaban el fervor. Pero Chávez, ya lo hemos descubierto, es afecto a la militarización de sus adherentes y hasta, se dice y nos dicen, tiene una milicia de cien mil hombres. ¿Es un revolucionario, es un militar golpista que nunca dejará de serlo, un milico sudamericano más, es un héroe bolivariano, un insoslayable protagonista de esta nueva posibilidad de América latina? Es muy difícil responder unívocamente alguna de estas preguntas. Por ahora (y sobre todo: en tanto no reduzca ese aciago índice del 82 por ciento) es un caudillo popular, un indio de piel oscura y brillosa en el que los pobres ven una esperanza porque es “como ellos”, un orador de una pirotecnia formidable y un milico que jamás dejará de serlo, algo que devalúa su credibilidad como líder de una América latina que encuentra en la democracia un punto de convergencia que no se discute, aunque, hasta hoy, esa democracia sólo haya entregado desencantos y, entre nosotros, casi el entero país.
Hay que apoyarlo. Representa la constitucionalidad nacional. Y también –pese a lo que se intente objetarle con sinceridad– representa la única esperanza de los pobrecitos de Venezuela. Porque los “otros”, la llamada “oposición antichavista”, son torpes, son gordos, están pavorosamente fragmentados, y sólo dos cosas los unen: el odio a Chávez y el amor a Bush. Conspiran, mienten, matan y también mueren porque quieren seguir siendo lo que son: vacas afortunadas, vacas europeas, nunca chavistas de los cerros, pestilentes, ignorantes, negros como el petróleo y como, por desdicha, el presente y tal vez el futuro de Venezuela.

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