ESPECTACULOS › EL FIN DE LA AGONIA DE JUAN CASTRO.
PERFIL DE UN CONDUCTOR QUE INVENTO UN ESTILO

El adiós al chico que hizo televisión de autor

Juan Castro murió en la madrugada de ayer, en medio del estupor que todavía provoca su tragedia. Promovió la “transparencia total” e hizo de la confesión su marca personal. También fue, ante las cámaras, en cada uno de los programas que condujo y produjo, el promotor de una misión pedagógica: quería “abrir conciencias”.

 Por Julián Gorodischer

Se lo recuerda en los tempranos ‘90, recibiendo el primer desplante en el noticiero de Telefé. Uno de esos jefes a la antigua, celoso de la verdad periodística, aceptó el casete, lo miró, puso cara de asco y lo tiró a la basura. Por suerte, uno de esos recién recibidos de Comunicación que nunca faltan (con algún poder) le dijo por lo bajo: “Dale para adelante”, desafiando la regla. Alguien, del otro lado, empezó a escuchar un nombre propio. El cronista acreditado en balnearios bonaerenses (para contar el verano en la era previa al parador) pasaba a otro estatuto: el de los informes especiales de cinco minutos. La pantalla del noticiero se llenó de lo impensado: edición rapidita, planos cortísimos mechados con barridas, fundidos a negro y declaraciones entrecortadas, la mentada “estética de videoclip” pero anterior a la irrupción de El Rayo, contemporánea a la llegada del MTV Latino, en la Argentina de entonces. Ya anticipaba lo que sería una constante: lo suyo no sería arrinconarse en una zona liberada sino asaltar espacios. Introducir a la “cultura joven”, aprendida junto a Mario Pergolini en Feedback en la escena misma del noticiero. Juan Castro sería de allí en más el rostro de “lo nuevo”, víctima temprana de esa compulsión televisiva a ubicar en rótulos.
Impuso la figura del “autor” en la factoría de los programas en serie, hechos uno tras otro como en una fábrica de chorizos. El que arriesga, gana: comprobó cuando le empezó a quedar chico el formato del “informe” breve, cuando quiso largarse con piloto propio y se asoció a Dolores Cahen D’Anvers, a quien había conocido en Telefé, para inaugurar Zoo. Fueron más parecidos a un VJ de MTV, deambulantes por el estudio y con apurado movimiento de manos, que a un locutor o un columnista. Juntos despertaron todos los prejuicios: proponían deslumbrarse frente a otras prácticas sexuales o visitaban la miseria, pero sin descuidar su marca personal; eran modernos, amaban el look. La primera vez, Juan y Dolores se plantaron frente a cámara, celosos de su objetivo esencial: desterrar las mesas-redondas-con-fondo-negro con el foco liviano del “pantallazo”: un tour de pocos días por unas cuantas postales (la calle Fitz Roy o el boliche de onda) para incluir al travesti, o la chica-dance, esos raros...
Abandonó la rutina de gimnasio y fue más gordo, se plantó en el púlpito (que volvería en todos sus programas) para empezar a “cantar verdades”. En Unidos y dominados, su propuesta post-Zoo, adosó al informe del panelista un género que nunca lo dejaría: la toma de postura. Fue implacable: nos enrostró al insolidario que llevamos adentro, nos atribuyó ceguera frente al pobre, pacatería ante el sadomaso, deseo reprimido por el travesti. A las recorridas de Ronnie Arias o de Carla Czudnowsky (sus más fieles), él agregó ese talento para el reto. El ex chico con onda se hizo cargo del objetivo del inicio: no ser un bicho raro. Llegó a la escena misma de la “formación de opinión”. No bastaba con la innovación formal, el informe de color y la edición apresurada; él iba por el poder. Cuando llegó Kaos, supo que lo había conseguido: sus informes del día repercutían más que el noticiero; su palabra era esperada, redescubría el mundo fiel a “mandatos y principios”, un andamiaje moral que expandía una doctrina. Pero le sumó otra cosa, eso que lo haría único y contradictorio: la capacidad de combinar el sermón con el deleite ante la experiencia freaky. De su breve paso por Confianza ciega se había llevado ese desparpajo, y quiso para sí otra carnadura. Inauguró sus confesiones, cada vez más expuesto, no para el punch sino como un sacrificio del estoico: entregarse al deleite y al escarnio de la doxa. “Entonces, Juan, que es amigo de ustedes –dijo la última vez–, aunque no estemos en un bar tomando un café, lo que les pide es que todos los jueves de acá a fin de año vean cómo una persona puede enfrentar sus miedos, sus tentaciones, y ser quien tiene que ser.”
Y dijo que era gay, mostró a su novio, a otro novio; dijo que tomaba cocaína, que estaba en un infierno, que se levantaba envuelto en llamas,que se había peleado con su nuevo novio, que se había reconciliado, fiel al pacto “de verdad”; nada que ver con las lagrimitas de duelo de la Legrand, o con las confesiones demagógicas de Susana. Esto era visceral: la fidelidad al personaje que se le iba entrecruzando con la vida. Fue la entrega en carne viva a su utopía moral: mostrarlo todo para fundir vida y personaje, un trabajo de 24 horas que tambaleó ante la invasión del paparazzo o la rueda de chimentos. Al estoico le señalaban el desvío, y lo confrontaban con una aspiración puramente ficcional.
Juan Castro fue un fan de Fabián Polosecki (Polo): compartieron un objeto (la fascinación por los márgenes) y un destino: el cronista que se impuso a sus propias vidas. Pero Polo nunca se despojó del “bicho raro”. Y Castro llegó mucho más allá: fue la cara visible de la corrección al poder, filtrado entre los formadores de opinión (los Lanata, los Grondona), en las fauces mismas de la industria. Fue el cronista que salió a mirar el mundo para integrar extraños a una burguesía progre; narró en tonos muy oscuros o en otros muy alegres, aferrado a los brillos de la “loca” junto a Ronnie, haciendo de lo gay no una pincelada sino un eje: una pedagogía. Porque Castro, además de todo, fue un iniciador que miró a la cámara y dijo su proclama: “Decile que sos puto y si no les gusta, que se jodan”, el que combinó ser emblema de un nicho con acceso a las masas, el que defendió hasta el último minuto “otra tele”, pero dio la cara para anunciar Los pensionados. El que se movió tan ágil, tan diestro por el medio hasta obtener ese premio de pocos: la ductilidad. Se lo vio menos dispuesto a correr riesgos, más generoso para dar espacios, confesando más allá del show, encarnando el verdadero “hombre sensible”, proclive a todo coming out. Más grave que entonces, más famoso, menos gracioso, más triste, menos experimental, más integrado pero no menos moderno, hasta el final.

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Con Kaos en la ciudad, Castro fue admitido sin reparos en las ligas mayores de la televisión.
 
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