CONTRATAPA

Turismo ritual

 Por Leonardo Moledo

–Yo no tengo nada contra los japoneses –dijo el guía–. Mi mejor amigo de la infancia era japonés, pero desde que empezaron a venir masivamente nos obligaron a cambiar todo... Imagínese, ¡recitar haikus antes de una ceremonia guaraní! Le quita autenticidad al show.
Miré alrededor: en la inmensa carpa, decenas de rostros orientales se fascinaban ante el indio que desgranaba esos poemas mínimos, y cada tanto la noche entera se iluminaba con los flashes disparados en forma sincronizada. La carpa estaba equipada con las más estrictas medidas de seguridad, y por todas partes se veían matafuegos y tiras antideslizantes. Habíamos abordado el catamarán que nos transportó hasta donde tendría lugar un ritual guaraní, la primera actividad que la agencia de turismo había organizado para la excursión de tres días a las cataratas.
–Es una ceremonia que se practica desde tiempos inmemoriales –nos explicó el guía–, cuando los guaraníes llegaron a la región buscando la “Tierra sin Mal”, cuatrocientos años antes de que el mal los alcanzara en forma de gente blanca y barbuda, para oprimirlos y evangelizarlos a la fuerza.
El cacique nos había recibido con una oración dedicada a los dioses-palabras que habían creado el mundo, nombrándolo, mientras jóvenes con vestiduras tradicionales, y en silencio, nos alcanzaron cuencos con confitura de mandioca. Luego se apagaron las luces y empezó el recitado de los haikus que afortunadamente, no fue demasiado largo.
Finalmente, llegó el esperado momento del ritual. Las luces volvieron a apagarse, el chamán –que, según nos informaron, tenía más de cien años– se instaló en el centro del escenario y murmuró una letanía. De inmediato, dos guerreros arrastraron a un prisionero: era un indio alto y fornido que tenía las manos atadas a la espalda.
–El que sea impresionable puede seguir la ceremonia por video –dijo el guía, en castellano, en inglés y en guaraní. Y en efecto, afuera había varias pantallas de plasma; una cámara enfocaba el escenario. Pero casi nadie se levantó. Habíamos pagado por presenciar una auténtica ceremonia y queríamos sentirla en toda su crudeza.
Se hizo un momento de horrible silencio. Dos hombres atravesaron la escena llevando anuncios del free shop cercano.
Se acercaba el momento culminante. El chamán se acercó enarbolando un cuchillo de obsidiana, que mostró a todos los presentes y luego apoyó en el pecho del prisionero, abriéndolo de un solo tajo (“hara kiri”,”hara kiri”, murmuró un japonés). Todo el mundo contuvo la respiración y cincuenta flashes se dispararon al mismo tiempo.
–Un momento –le dije al guía–. Este es un rito azteca, no guaraní.
–Es el sincretismo cultural –me contestó el guía–. Además, qué quiere. Con la globalización, hay que ofrecer al público cosas sencillas de entender, como los shoppings o las hamburguesas.
El chamán metió la mano en el pecho del prisionero, arrancó el corazón y lo mostró al público. Dos o tres mujeres se desmayaron. Debo decir que yo mismo, endurecido después de cinco años de dirigir el Planetario, estaba conmovido. Después de un instante, hubo un aplauso atronador.
El resto fue rápido. El chamán dijo unas palabras en guaraní, los guerreros se llevaron rápidamente el cuerpo del prisionero, retiraron la piedra negra y el cuchillo de obsidiana, se encendieron las luces, y el guía anunció que había treinta minutos para pasar por el free shop antes de abordar de nuevo el catamarán. La carpa quedó vacía en pocos minutos. Los turistas se retiraban en silencio. Habían retrocedido en el tiempo, se habían internado en mundos remotos y bárbaros, donde reinaba la crueldad y a nadie le importaba el sufrimiento. En la cola frente al free shop, se comentaba la brutalidad de tribus capaces de presenciar semejantes cosas sin un atisbo de protesta. “Yo me hubiera sublevado”, le dijo una señora asu marido, que le contestó: “Yo también. Jamás hubiera permitido semejante cosa”.
–Venga –me dijo el guía–. Quiero mostrarle algo.
Y me hizo entrar en la tienda de atrás. El cacique, sentado en un sillón segundo imperio, leía La crítica de la razón pura y los dos guerreros discutían sobre la semiosis indígena. El prisionero recién ejecutado y su verdugo jugaban al ajedrez. Había unos estantes repletos de libros con los trucos de magia de David Copperfield.
–Usted no sabe lo que significó David Copperfield para nosotros. Cuando hizo desaparecer la Estatua de la Libertad o atravesó la Muralla China, empezó un mundo nuevo –me dijo el prisionero–. Antes teníamos que conformarnos con sencillos recitados. Jaque.
–¿Mañana va a visitar las cataratas? –me preguntó el chamán. Yo asentí.
–Entonces, escuche esta historia: “El río Iguazú corría tranquilo y sin cascadas, cuando los guaraníes habitaban la Tierra sin Mal y adoraban a los dioses-palabras, al dios Tupá y a su hijo M’ Boi, el dios serpiente que vivía en las aguas. M’Boi era tiránico, y cada año las más bellas vírgenes de la comunidad le eran ofrecidas como sacrificio. Pero cuando le tocó a Naipí, Tarobá, un valiente guerrero que la amaba, la raptó mientras M’Boi dormía y juntos se escaparon río abajo en una canoa. Pero Tarobá hizo ruido con sus remos, y ese leve rozarse con el agua despertó al dios serpiente. Enfurecido, M’Boi penetró en las entrañas de la tierra y allí contrajo sus músculos formando un inmenso cráter. Enseguida, agitó las aguas creando una enorme catarata. Naipí fue transformada en una roca y condenada a ser golpeada eternamente por las aguas que caen en la Garganta del Diablo. Y Tarobá fue transformado en una palmera y desde entonces contempla el castigo de su amada por toda la eternidad”.

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