CONTRATAPA

Un exiliado español

 Por David Viñas

No es un género que me resulte fácil la apología. Sobre todo si el objeto de semejante ademán es alguien que está vivo y participa de cierto poder, e inevitablemente, de manera lateral, parece solicitar una entonación cortesana. “Lamentable.” Pero si deslizándome, mediante la ambigua hospitalidad de los sinónimos, reemplazo la apologética por una memoria vindicatoria, reconozco que no sólo se trata de una franja posmortem sino que requiere una voz amortiguada –digamos– conjuratoria de toda tentación más o menos lisonjera.

–Y no me refiero a un problema de nominalismo, sino que estoy reconociendo aquí mis limitaciones.

Podría haber sido una secuencia de La dolce vita: una estatua intimidatoria del Generalísimo ecuestre flotando en el aire por encima de una plaza de Zaragoza. El presunto heroísmo del bronce arrancado de su pedestal por una grúa del municipio. Y como el epígrafe al pie de la foto comentaba maliciosamente lo efímero de las glorias mundanas, me acordé de Claudio Sánchez Albornoz: allá por 1950, siendo mi profesor de historia, solía repetir “Los muertos que vos matáis...”, mientras se sacudía, con regocijo, la bufanda muy roja y de flecos enrulados. Explicaba: “Franco acaba de despojarme de la ciudadanía”. Creo recordar, también, que amagaba a lo largo de la calle Viamonte, con un enérgico corte de manga. Sánchez Albornoz era entonces presidente de la República Española en el exilio; ya tenía más de setenta años y esas expansiones lo rejuvenecían.

Contra Franco. Se reía de Franco. Pero no se encarnizaba con la voz atiplada del generalísimo ni con sus notorias destrezas de estratega. Albornoz prefería hablarnos de Alfonso el Sabio y de sus monedas que apelaban a su tolerante reinado de “las tres religiones”.

–Nada de caudillo de España por la gracia de Dios. ¿Franco? –fingía interrogarnos– Un sacristán, como lo definió Hitler después de la entrevista de Hendaya.

Los miércoles y los viernes en una de las aulas del subsuelo: allí se exaltaba Albornoz con los ojos azules de los mayores herederos del Al-Andalus. “Sus madres eran gallegas”, nos advertía. O la gozaba con una muaxaha, escandida sobre la espalda de su amante, recitada por un antiguo poeta cordobés.

Una: –Aquel encuentro erótico andaluz concluía cuando sonaban las campanas de una iglesia muy próxima.

Y dos: –Franco ha sido bendecido por el arzobispo de Burgos, por eso la historia oficial de España huele a catecismo del padre Astete.

No; no le gustaba Buenos Aires. “Agradecido.” Pero con un fervor casi infantil Albornoz reconstruía, entre tizas y rodeos, las murallas abulenses: “Cigüeñas alargaban las chimeneas de Avila”. Y se tironeaba, con un gesto ladino, de las solapas al detallar los recientes carteles inaugurados en los muros de la ciudad donde había nacido: “Condena a los blasfemos”.

–Franco ordena delatar a los que lo maldicen –escribió en el pizarrón. “¡Coño!”, cabeceó varias veces, y como desanimado, bruscamente dio por terminada su clase del viernes.

El Mediterráneo de Braudel y el Erasmo en España (recién publicados en México) le ocuparon cuatro clases que agregó por su cuenta. Los miércoles, no en el subsuelo sino en el anfiteatro del primer piso. Fue en 1951, en una facultad casi afónica.

Regresó a España después de la muerte del Caudillo. Un argentino televisivo, demasiado servicial, le hizo una entrevista aclamando al viejo republicano por su condición de “modelo”; “ideal” repitió palmeándole la espalda. Don Claudio lo contemplaba en silencio y arqueaba sus cejas mefistofélicas.

–Lo vi por última vez en Buenos Aires rezando, solo y de pie, junto a la última fila de bancos de la capilla de un hospital en la calle Las Heras.

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