CONTRATAPA

Fin de fiestas

 Por Rodrigo Fresán

Desde Barcelona

UNO Ayer, como todos los años, volví a salir al balcón para mirar la tartamuda caravana de resacosos arrastrando por los suelos sus ya amarillentos arbolitos de Navidad hasta el pequeño corral montado en la esquina por las autoridades. Creo que hay más de 200 puntos de recogida de esos a lo largo y ancho de la ciudad. Tirar ahí dentro los pinos muertos, las ganas de que se acabara el 2006, los sueños interrumpidos por la onda expansiva no de los petardos sino de la bomba, y el tema es qué hacer ahora con las ganas de que se acabe este 2007 que acaba de empezar. Y aquí vienen, así van pasando, uno tras otro. Hombres y arbolitos. Y yo los miro pasar y pensar desde mi balcón.

DOS Uno decide que tira el arbolito, vuelve a casa y abre la puerta al grito de “¡Se acabó: yo soy los Reyes Magos y a partir de hoy abdico!”. Otro piensa: “¿Y si me tiro yo y vuelve el arbolito?”. Otro está contento porque no hay nada mejor para olvidar el sismo del resumen de la tarjeta de crédito de diciembre que lanzarse de cabeza, suicida y extático, sobre las rebajas de enero. Otro se compra la última novela de John LeCarré –con quien se cruza mientras arrastra su arbolito (el escritor inglés está de paso por Barcelona)– para poder escandalizarse por lo mal que se está en Africa. Otro, aunque no entienda muy bien por qué, está tan hipnóticamente feliz por el anuncio de Steve Jobs de que se viene el iPhone: todo en uno, todo junto, todo en la palma de la mano, la herramienta ideal para filmar ahorcamientos. Otro recuerda que leyó que científicos españoles han develado cómo funciona la memoria y que estudios del MIT han ubicado la parte del cerebro que induce a la compra por placer y se pregunta cómo es que hay una parte del cerebro para cada cosa, como si se tratara de los colorcitos de los países en un globo terráqueo, y se dice que falta un poco menos para que ubiquen la parte del cerebro que nos lleva a ubicar las diferentes partes del cerebro; pero después, enseguida, se olvida de todo. Otro se apura para volver a su casa y seguir estudiando los mapas que desplegó sobre su mesa para continuar analizando –en plan T. E. G., estilo R. I. S. K.– la crisis del petróleo entre Rusia y el resto de Europa y se dice que John LeCarré debe estar contento porque los rusos vuelven a ser los malos o algo así. Otro se jura que ésta ha sido la última vez que compra billetes de lotería. No: la anteúltima. Otro está contento porque empieza la tercera temporada de House –serie de moda en España– y porque al Real Madrid le va mal pero muy mal y, de golpe, le inquieta tanto el comprender que ésos son los únicos dos motivos de felicidad que recuerda su cerebro. Otro lee, en una hoja de diario que se lleva el viento, un titular donde se lee “Argentina deja la crisis” y se pregunta: “¿Dónde la deja?”. Otro sufre un acceso de pánico porque ha oído por ahí que la organización de clochards de moda Los Hijos de Don Quijote juguetea con la idea de venir a instalar sus carpas a Barcelona y tiembla un “¿Dónde?, ¿en qué barrio?”. Otro tira el árbol y se va a pagar la cuota del crédito de la casa donde vive y que –si todo va bien– terminará de pagar su todavía inexistente nieto. Y otro está pensando en volver a vivir al País Vasco porque le cuenta un amigo que, superado el parate que comenzó el pasado marzo, ahora vuelve a haber gran demanda de guardaespaldas por allí.

TRES Y todos, todos todos todos, se preguntan –luego de la bomba en la Terminal 4 del aeropuerto madrileño de Barajas– cómo es eso de que ETA ha declarado vigente el alto el fuego a la vez que amenaza con volver a actuar mientras les achaca a las fuerzas del orden la muerte de los dos ecuatorianos por no haber evacuado a tiempo cuando ellos –¡oh, también!– se tomaron el trabajo y el tiempo de haber llamado tres veces por teléfono para avisar que todo iba a volar por los aires menos las tregua que, atención, sigue en pie.

Y todos, todos todos todos, están tan cansados. El columnista de El País Enrique Gil Calvo ha comparado todo el asunto con el mito de Sísifo y el símil es bueno y más que apropiado. Sólo que –a la eterna roca principal de la cuestión– se le suman, con cada frustración, con cada estafa, con cada ascenso en caída, las sucesivas nuevas rocas que agotan y que, con la repetición, se vuelven pesares pesados.

Así, otra vez, las reuniones Zapatero-Rajoy, donde nadie acuerda nada salvo la firme voluntad de descalificar al otro. La decodificación de comunicados y las hipótesis organigrámicas de varias ETAs –unas “buenas”, otras “malas”– dentro de ETA. El dolor de las familias de los muertos traducido en crónicas –tal vez involuntaria pero perversamente antropológicas– por enviados especiales a países lejanos. Las teorías conspirativas de siempre puestas al día por los paranoicos de rigor. Las explicaciones en cuanto a fallos de comunicación con la organización terrorista o banda armada o como más les guste porque “la información que tenía el gobierno no se correspondía con la voluntad de ETA” y debido a que “pudo haber un problema de información y de interlocución”. La insistencia casi histérica en muletillas como “proceso de paz” y “fin de la violencia”, que ahora no son más que muletas. La compulsiva elaboración de encuestas que revelan que el PSOE cae y que el PP (que parece haber olvidado súbitamente su cantinela de “ETA tuvo que ver con las bombas en los trenes de Madrid para ayudar a la derrota del PP en las pasadas elecciones” o algo por el estilo) sube y que, incluso, supera al partido en el poder. El retorno del apodo Bambi del que Zapatero parecía haberse sacudido. Las explicaciones del dirigente vasco de Batasuna –partido ilegalizado pero que ahí está– Arnaldo Otegi en cuanto a cómo interpretar bombas y actos de violencia callejera y alguna que otra cosita que se está preparando. Las declaraciones de ese oráculo para toda ocasión que es José Saramago. Las convocatorias a marchas por la paz en las que los pacifistas no pueden ponerse de acuerdo ni siquiera en el lema/slogan bajo el que marcharán.

Y así las cosas. Volver a empezar. El año y todo lo demás.

Lo único que ha llegado a su fin es el ciclo útil de todos esos arbolitos como elemento esperanzador, epifánico y festivo. Aquí vienen los camiones para comérselos y, seguramente, descargarlos hacia un nuevo y reprocesador destino en el que se convertirán, para muchos, en leña de árbol caído o en combustible de un fuego que no se acaba y cada vez arde más alto o en escarbadientes con los que algunos intentarán limpiar sus por siempre sucias sonrisas.

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