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DIARIO DE VIAJE

Por A. G.

Aparecieron los bocinazos. Por primera vez desde la estadía en Nuremberg, uno se entera de que los autos venían con bocina. Los ruidos rompen la monotonía –Hamburgo o Berlín es otra historia–. Alemania acaba de ganarle a Polonia y es tiempo de salir a festejar. Todo vale. El sombrero más ridículo posible, pinturitas en la cara, banderas negras, banderas rojas, camisetas de Ballack, de Podolski, cornetas... Lo importante es salir y caminar. Ahí está la clave. El festejo consiste en caminar, cantando y tomando. Hace unos días, desde estas páginas se informó del Mundial paralelo del consumo de cerveza, donde Alemania obtenía el segundo puesto con 116 litros por persona al año. Está claro que ése fue el resultado de las Eliminatorias. Con todos los titulares, con todo el equipo a punto y si siguen los triunfos, la marca no se mantendrá por mucho tiempo. Pero volviendo al festejo, no hay punto de encuentro, no hay obelisco, no hay lugar de reunión. Se celebra caminando, con repentinas muestras de alegría, tipo chispazos. Dos grupitos se cruzan, unos cantan algo, los otros responden, unos segundos de éxtasis y luego a seguir cada uno con su camino. Como buen lugar de paso, la estación central de trenes y subte es uno de los lugares donde hay mayores muestras de euforia: El “Deutschland, Deutschland” predomina. Hasta que uno sale a la Königstrasse, la calle principal y el panorama cambia. La fila de policías no permite avanzar, por más que uno ve cien, mil, miles de personas a dos metros de distancia, sólo separados por la barrera policial –ni siquiera hay distancia para un tiro libre–. “Hinchas ingleses no pueden pasar”, le dice a Eduardo García Barassi, un periodista argentino radicado en Madrid, uno de los vigilantes, que no acepta que no somos ni ingleses, ni alemanes, ni les hace caso a las credenciales de prensa. Nosotros sí le hacemos caso cuando nos dice que tenemos que irnos y dar la vuelta, pero giramos para el otro lado para encarar a otro agente, que amablemente nos deja pasar. Ahí sí, los hinchas ingleses, que hoy llenarán el Frankenstadion para el partido ante Trinidad y Tobago, copan la parada. Cantan todos juntos, apiñados, cerveza en mano, todos saben la letra, todos maldicen a los alemanes, todos casi como un ejército de celebración. En cambio, las células de festejo local no tienen nada que hacer. Gritan desunidas, no se alinean, avanzan desordenadas, se dispersan. Un solo canto consigue darles algo de cohesión y hasta ahí: “Berlin, Berlin, Wir fahren nach Berlin”.

–¿Qué dicen? –pregunta Barassi.

–“Berlín, Berlín, viajamos a Berlín”.

–Bah, tanto lío por eso, nosotros viajamos ayer...

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