DEPORTES

Diario de viaje

 Por J. J. P.

Greco tiene una memoria increíble para dos cosas: el fútbol y el trazado urbano de Berlín. Uno le puede preguntar al tipo, ahora mismo, para comprobar la hipótesis, quiénes hicieron los goles en el partido por el tercer puesto de Argentina 78 y al toque contesta: “Brasil 2, Italia 1 en la cancha de River, goles de Causio, Nelinho y Dirceu”. Y así todo. Es admirable. Especialmente para aquellos que ya empezamos a olvidar cómo salieron Inglaterra y Suecia en este Mundial, hace un ratito nomás. Con las calles y las estaciones de subte de Berlín es igual. Estuvo aquí hace 14 años, en un intercambio estudiantil, porque estudiaba en un colegio alemán. Sólo cuatro meses estuvo, los suficientes como para saberse de memoria las calles, los barrios y las estaciones de subte. En algún momento relacionó datos con amores furtivos de sus 16 años (“acá en Charlottenburg vivía Martina; aquí en la Kantstrasse la conocí a Ulrike”) pero no eran sólo minas los puntos de referencia: se acordaba de todo con minas o sin ellas. Por supuesto, él hizo de lazarillo a un grupo de periodistas y salimos de recorrida: la iglesia de Gedächnis, la zona olímpica, la Opera, la Puerta de Brandeburgo, el Museo del Muro. Habíamos estado en Berlín dos veces antes, para los partidos de Brasil-Croacia y Argentina-Alemania. En ambos casos, casi sin tiempo para nada: del tren al estadio, del estadio al tren. “Berlín es fascinante”, había anticipado Greco. Tenía razón. Después de un rato de caminar desembocamos en Check point Charlie, el paso fronterizo emblema que comunicaba el Este con el Oeste. Ya en el ’92, cuando estuvo aquí, no había Muro y estaba el Museo, pero era mucho más chico de lo que es ahora. Son tres pisos, con muchísimas habitaciones: fotos, cuadros, pinturas, esculturas, estandartes, insignias, banderas, propaganda directa e indirecta contra toda forma de régimen comunista y toda clase de vehículos utilizados por gente de la RDA para huir: un Trabbi, un escarabajo Volkswagen, un mini Cooper con muñecos adentro representando a los obligados contorsionistas que se fugaban, un globo en el que huyeron cuatro personas, dos tablas de windsurf sobre un Renault Fuego que usó una muchacha. Todo muy sorprendente. Lo que también llamó la atención de la recorrida fue que no se sale por el mismo lado por el que se entra: se sale a un enorme local de venta de souvenirs: remeras, gorros, carteles, llaveros, fotos, postales, libros, revistas, y hasta pedacitos de supuesto Muro incrustados sobre cristales. De lo que pasaba al otro lado del Muro no vendían nada. Para conseguir una insignia con la cara de Lenin había que salir del museo. Las vendía un turco en un negocio ambulante, a pocos metros. A tres euros.

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