EL PAíS › PANORAMA POLITICO

Calderos

 Por J. M. Pasquini Durán

El caldo de incertidumbre en el que hierve México a causa del resultado de las elecciones presidenciales que le dan al ganador oficial una ventaja de medio punto porcentual, sobre 71 por ciento del total que suman los dos primeros, divide hoy a ese enorme país en dos fracciones rivales, aun en términos territoriales: el norte responde al conservador Felipe Calderón, del partido Acción Nacional (PAN), y el sur a los partidarios de Manuel López Obrador, candidato del Partido Revolucionario Democrático (PRD, escindido del PRI) y de la coalición “Por el bien de todos” que rechaza el escrutinio oficial. El tercero en discordia, el PRI (Partido Revolucionario Institucional), aunque logró alrededor del 20 por ciento de los sufragios, perdió todas las posiciones de poder que controló durante siete décadas, hasta hace seis años, cuando fue derrotado por la candidatura de Vicente Fox del PAN y, más que nada, por su propio agotamiento en el ejercicio del poder, entrampado en la megacorrupción y en el ineficiente burocratismo. Nunca antes los mexicanos habían enfrentado una situación como la actual.

Durante su gestión sexenal, Fox estableció “relaciones carnales” con la Casa Blanca, firmó el Tratado de Libre Comercio (TLC) con Estados Unidos y Canadá, mejoró los índices macroeconómicos y aumentó la pobreza que hoy perjudica, en cifras redondas, a más de la mitad de la población. Del 14 por ciento de los pobladores norteamericanos que son de origen latino (el 13 por ciento es de origen africano), la mayoría son mexicanos que se juegan la vida para huir de la miseria. El flujo de indocumentados es torrencial, a punto que el gobierno de George W. Bush, pese al TLC y a las “relaciones carnales”, decidió enviar a la extensa frontera con México a las tropas de la Guardia Nacional y levantar un muro como el que dividió a Berlín hasta principios de los años ’90.

En los comicios nacionales, casi nunca el electorado toma en cuenta la política exterior que proponen los postulantes, aunque más de una vez, como en México, sus derivaciones hacia el interior del país son decisivas. Hay que anotar, por ejemplo, todas las bravuconadas del gobierno de Bush sobre Irán y Corea del Norte, no sólo a las ideas fundamentalistas sobre los supuestos “ejes del mal”, sino a la muy concreta necesidad que tienen los conservadores de la Casa Blanca de aumentar la estrategia del miedo en el interior del país para remontar la caída de prestigio y la declinación del apoyo popular a la gestión unilateral y militarista del último quinquenio. Con literalidad, están dispuestos a invadir y matar con tal de retener el control gubernamental. En México, la gestión de Fox lo aisló del actual proceso político sudamericano y, por cierto, en esta zona había expectativas por el escrutinio, ya que algunas especulaciones diplomáticas y académicas suponían que López Obrador, si bien no daría la espalda a Washington, podría compensar mejor las relaciones con el norte y el sur de América.

Sobre todo porque en la actualidad “el Cono Sur cuenta con una singular oportunidad para contribuir a la estabilidad regional y así limitar y prevenir la intromisión estadounidense”, según la ajustada conclusión de los expertos académicos Roberto Russell y Juan Tokatlián. En esa perspectiva, la flamante asociación formal de Venezuela al Mercosur es una pieza de trascendencia, opacada tan sólo por los prejuicios que suscitan los modos y algunas conductas del presidente Hugo Chávez, al que le falta la templanza y la flexibilidad que le dieron los años de experiencia a Fidel Castro, cuyo temperamento también tuvo sus momentos de excesivo tropicalismo.

En la reciente visita del presidente Néstor Kirchner a Caracas, además de reiterar el compromiso con el tendido del Gran Gasoducto del Sur, ese “anillo energético” sudamericano al que adhiere la chilena Michelle Bachelet, fueron nominadas dos iniciativas nuevas: el “Bono del Sur”, de aval por lo menos binacional, para capturar inversiones financieras internacionales en los mayores mercados de capitales, y el banco regional que podría financiar proyectos nacionales y multilaterales, también mixtos con capitales privados, y a la vez sería una masa de capital destinado a promover el avance de los países asociados de menor desarrollo relativo, lo que demuestra que los reclamos de Uruguay y Paraguay por las asimetrías en el Mercosur no cayeron en saco roto.

Estos proyectos de energía y finanzas, sumados a los acuerdos binacionales, a los flujos comerciales y a la promoción de negocios entre empresas privadas de ambos países y de la subregión, están dándole al espacio sudamericano la chance de elevarse por encima de la meseta en la que estaba detenido el Mercosur. A Venezuela es posible que siga Bolivia, aunque para eso es necesario que pasen las elecciones de octubre en Brasil, de manera que los presidentes Lula y Morales puedan liberar sus relaciones de las presiones que suscitan los compromisos electorales, el de Constituyentes que acaba de terminar en Bolivia, y la disputa por la reelección presidencial brasileña, que se descuenta en los últimos sondeos de intención de voto.

En cuanto al pleito ambiental argentino-uruguayo, habrá una nueva etapa después de la semana próxima, ya que el jueves 13 se conocerá un primer veredicto del Tribunal de La Haya, antes del plenario de presidentes del Mercosur que se reunirá en Córdoba para recibir al nuevo socio. Hay quienes, sin malicia, se preguntan cuál es la política exterior argentina o cuál debería ser en estas circunstancias mundiales, pero en realidad es más bien una preocupación académica de quienes están acostumbrados a tener las anotaciones en un “paper” que sirva de guión a la realidad. Es una pretensión vana, al menos por dos motivos: el primero y más importante es que la realidad contemporánea se modifica a mucha mayor velocidad que cualquier pronóstico temporal, y el segundo tiene que ver con el estilo presidencial. Kirchner suele fijar algunos objetivos generales y marcha hacia ellos acomodando los pasos y eligiendo los caminos, también los acompañantes, según las oportunidades que puede construir o que se les ofrecen, sin ningún criterio sellado de una vez y para siempre. De ese modo construyó el poder que hoy detenta, desde su original posición minoritaria que parecía otorgarle un destino de marioneta.

En el campo de las relaciones internacionales, lo mismo que en el de los derechos humanos, el Presidente sigue una línea de compromiso con algunas de sus convicciones que están a la vista. Cree en la integración regional como una oportunidad para el progreso de las naciones aliadas en el proyecto y también para “limitar y prevenir la intromisión estadounidense” y de los organismos internacionales de crédito, a los que tiene anotados en su lista de enemigos. En verdad, lo que resulta demasiado insuficiente es el interés de la clase política, incluida la fracción oficialista, del establishment y de la sociedad civil, por las relaciones internacionales de la nación. Mientras Kirchner gestionaba la adhesión de Venezuela para las ideas del bono y el Banco del Sur, aquí en el Congreso nacional los representantes gastaban la mayor parte de sus energías en filosofar alrededor de las atribuciones del jefe de Gabinete de ministros para modificar el destino de porciones (mínimas según los datos de años anteriores) del Presupuesto nacional y, además, de la reglamentación de los decretos de necesidad y urgencia, dos recursos de administración que, por supuesto, demandan control legislativo como toda la gestión del Ejecutivo, pero no mucho más.

Da la impresión de que los opositores, también algunos adherentes críticos del Presidente, se han encapsulado por propia voluntad en una sola idea: la tentación hegemónica o el exacerbado autoritarismo del “régimen”, un término que los radicales adjudicaban al “mitrismo” y los “gorilas” alperonismo de mediados del siglo XX. Más allá de estas referencias a ciertas recurrencias del lenguaje que no son, por lo general, motivadas por la ingenuidad, vale la pena atender los razonamientos más serios sobre la mencionada tentación. El ensayista Natalio Botana, autor de agudos análisis de la evolución histórica de las ideas desde el punto de vista liberal, lo acaba de escribir así: “...la oposición se indigna; el gobierno, por su parte, sigue construyendo, ladrillo sobre ladrillo, el régimen de una democracia hegemónica. Este curso de acción es sostenido y responde a una concepción del poder tan atenta a su origen democrático como desatenta a su ejercicio republicano: una transmutación que lleva hasta límites extremos la idea de Alberdi de reforzar el rol del Presidente en el seno de lo que él había bautizado con el nombre de ‘república posible’” (La Nación, 06/07/06).

Como si lo hubiera leído, por la noche del mismo día, en su mensaje en la cena anual de camaradería de las Fuerzas Armadas, el presidente Kirchner afirmó: “Las sociedades modernas, y la nuestra no escapa a esta tendencia, son políticamente activas y demandantes, y exigen calidades y virtudes en sus instituciones. Poseen nuevos valores, exigen otros paradigmas al Estado y legitiman de manera diferente a sus actores políticos e institucionales. Es evidente que la sociedad argentina actual no es la misma ni comparte los valores a los que asistió durante todo el siglo XIX, al nacimiento y desarrollo del Estado nacional. Tampoco es la misma de mediados del siglo XX, durante el desarrollo de la sociedad industrial, ni obviamente es la misma de los años finales de la dictadura. Desde 1983 ha cambiado enormemente y hoy la principal condición que exige la sociedad a los diferentes actores e instituciones, y en el caso específico de las Fuerzas Armadas, es la legitimidad y la convivencia democrática”. Mientras los políticos argentinos meditan sobre esta diversidad de enfoques, sería bueno que guarden algunas neuronas para dedicarlas al análisis de los procesos regionales en marcha, porque sus consecuencias no terminan con este gobierno ni con el próximo.]

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