DEPORTES › CON 38 FALTAS Y 33 DESPEJES DE CABEZA

Dunga, calcio a la brasileña

 Por Diego Torres *
desde Maracaibo

Dunga, el seleccionador de Brasil, se paseó por el estadio Pachencho Romero con una mueca de soberbia. “Hemos hecho un gran trabajo”, dijo. “Se ha visto el resultado de 34 días de concentración. Estudié toda la trayectoria de Basile y sus métodos, no sólo con la Selección, también en Boca.” Antiguamente, cuando Brasil conquistaba un título se lo atribuían al talento de sus futbolistas. El triunfo de Brasil en Venezuela fue distinto. Representó el éxito de un entrenador, Carlos Dunga, que organizó a la selección más creativa del planeta como si fuese un equipo italiano. Brasil ya no entretiene. Dunga repudia el “jogo bonito” que añoran sus compatriotas. Lo califica de “fantasía”. “Sólo sé de hechos”, insiste Dunga, que descubrió que la utilización discrecional de aforismos pragmáticos da importancia a los entrenadores.

Después de derrotar a la Argentina, no destacó a ningún jugador. Recordó que todo se debe al bloque: “Es el triunfo del trabajo de los futbolistas”. Este trabajo se traduce en una estadística singular. Brasil, que hasta hace unos años no se destacó nunca por estar pendiente de sus rivales, hizo 38 faltas repartidas entre 10 de sus jugadores, 13 más que Argentina. Los futbolistas más creativos, como Robinho o Diego, no brillaron. La final fue el partido de los centrales, Alex y Juan, que dieron una exhibición de despejes de cabeza: 33 entre ambos.

Como sucede con los partidos condicionados por planteamientos propios del calcio italiano, la final se decidió en un par de acciones más o menos circunstanciales. Pero Dunga habló del partido como de la precipitación de su plan maestro. Lo que no imaginó el técnico fue que Elano, su protegido, se lesionaría. Tuvo que sustituirlo por Dani Alves. El lateral del Sevilla, al que el seleccionador cuestiona por atacar demasiado, hizo un gran partido.

Dunga está convencido de que su camino es el único posible. Habla con desprecio del Brasil de 1982 y de la generación que encabezaron Zico, Junior, Sócrates y Falcao. “No ganaron nada”, advierte. Cree que su fórmula coincide con el éxito. Y eso es lo único que le importa. Para documentarlo apela a su historial. Empezando por la Copa América que ganó en el Maracaná en 1989, cuando él, que por entonces usaba flequillo, derrotó a la Argentina de Maradona con un mediocampo formado por Branco, Mazinho y Paulo Silas. Siempre se olvida de Romario. En 1989 y en la Copa del Mundo que obtuvo en 1994, Dunga prefiere considerar al genio como un accesorio. Sus referencias son Mazinho, Mauro Silva y él mismo, tres pivotes consagrados por Parreira en su escalada defensivista. A ellos, y a sí mismo, debió dedicar la conquista de Venezuela.

* De El País de Madrid. Especial para Página/12.

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