DIALOGOS › TULIO ANDREUSSI, ECONOMISTA, AMANTE DEL ARTE, DUEÑO DE UN MUSEO

“Hasta mi madre me dijo que estaba loco”

Literalmente por amor al arte, hizo un trato insólito con la escultora Magda Frank: le compró en vida su casa-taller y todas sus piezas para crear una fundación y un museo. Poco conocida entre nosotros, pero considerada una gran artista a nivel mundial, Frank es húngara, argentina y francesa, y la colección en el barrio de Saavedra es un inesperado tesoro.

 Por Andrew Graham-Yooll

–¿Cómo se le mete en la cabeza a uno querer comprar un museo de arte? Los museos muchas veces se forman de a poco, o a partir de una colección, o estamos acostumbrados a los Guggenheim, etc., que en California forman grandes colecciones. Pero esto, aquí sobre la Avenida General Paz, es diferente.

–En ningún momento de mi vida pensé en “tener” un museo. Cuando conocí la obra de Magda Frank, hace ya unos siete o más años, que fue cuando conocí a la artista, me enamoré completamente de lo que había creado. Eso, hace unos cinco años, me llevó a hacerme cargo, más que comprar, de la obra de Magda Frank.

–Magda Frank tenía la obra de toda su vida en esta casa de Saavedra. ¿Y ella vivía aquí? Digo “vivía” por la enfermedad que ahora no le permite estar al frente de su colección en esta casa.

–Acá ha habido bastante trabajo de montaje y presentación de la obra, una instalación que no está aún terminada. Todas sus piezas de escultura las trajo de Francia, donde desarrolló la mayor parte de su producción. Alrededor de 1990 ella dejó Francia y regresó a Hungría, donde había nacido, en busca de un lugar donde instalar y preservar su colección. En Budapest había estudiado en Bellas Artes. El gobierno húngaro le dio una casa, más bien una importante mansión, donde instalar su propio museo. Al poco tiempo comenzó a preocuparse porque la casa estaba demasiado alejada de Budapest y no era el lugar que ella quería para su casa museo, etc. Su preocupación también radica en que se sentía envejecer, se angustió por lo que podía pasar con su obra. Nuevamente decidió levantar todo y mudarse a la Argentina, que es donde vivía un hermano, que falleció en 2008, y tres sobrinos. En la casa que compartió con su hermano termina de instalar su casa taller.

–¿Entonces, Magda Frank es húngara, pero también francesa?

–Es húngara de nacimiento y tiene ciudadanía argentina y francesa. En realidad su vida está marcada por los grandes movimientos, fugas y también viajes que significan trasladar numerosas piezas de escultura para diferentes exposiciones. El último viaje que hizo es a Buenos Aires ya con la idea de establecer una casa taller museo, pero a su edad ya le resultaba difícil encarar el proyecto. Sentía que sus energías se iban reduciendo. Cuando conocí a la artista y a la colección, ella expresó en forma reiterada su gran ansiedad por la posible dispersión de su obra. Entonces me fui haciendo la idea de comprar la casa, que ella permaneciera acá de por vida, y hacerme cargo del cuidado de la colección. Esto no fue fácil. Obviamente había que hablarlo con el hermano, su único hermano, y proponerlo a sus sobrinos, había que tener el acuerdo de toda la familia. La preocupación de Magda por lo que podía suceder con su colección después de su muerte está presente en ella desde hace mucho. Está en la mudanza a Budapest, que expliqué antes, y en la decisión de mudarse a Buenos Aires. Ella lo cuenta, se lo expresa a críticos de arte de primera línea, como Rafael Squirru, hay artículos en La Nación y en La Prensa donde ella reitera esa preocupación. Squirru escribe en La Nación en febrero de 1996, “Es un inesperado lujo para Buenos Aires contar con la obra de Magda Frank”. En un artículo ella dice que le encantaría que la ciudad de Buenos Aires le encargase una escultura monumental para ser emplazada en lo que es ahora su ciudad. Vamos a ver si podemos pensar en la donación a la ciudad de una escultura.

–Usted me dijo que al principio pensó en la responsabilidad de una casa museo, como un hobby, y luego decidió encararlo como ocupación.

–Magda Frank está entre las mejores escultoras que tuvo el mundo en la segunda mitad del siglo veinte. Ella es completamente original y genuina en toda su obra. El conocedor y amante de la escultura se dará cuenta de que la obra de Magda Frank está a la altura de Archipenko (1887-1964), Brancusi (1876-1957), Wotruba (1917-1975), Vantongerloo (1886-1965), por citar algunos de los máximos exponentes de la escultura moderna. Es una cuestión de tiempo para que sea conocida en su total magnitud. Tener esto, para la Argentina, es como estar en posesión de un tesoro de la humanidad. No se la conoce más a Magda porque ella decidió participar del arte desde otro lugar, desde un espacio más espiritual. Es una ermitaña, vivió en un pueblo en las afueras de París durante más de veinte años. Vivió en las canteras produciendo sus esculturas monumentales y no formó parte de la bohemia. Se marginó, tuvo una relación mística con la escultura. Me gustaría leerle algunas líneas de una carpeta de apuntes, una especie de registro biográfico que ella llevaba: “Mis esculturas no son objetos construidos según una idea lógica, premeditada. Ellas surgen de mi subconsciente y ponen forma plástica en el espacio”. Después tengo unas líneas que describen su relación con la piedra. “Llego a Portoroz (Eslovenia) y me apuro para encontrarme con mi piedra. La encuentro a la orilla del mar, en un parque, acostada al lado del tronco de un gran pino. La miro, la imaginaba mucho más grande, me agacho a su lado y le digo en voz baja: sos linda, pero te prometo que tallada vas a serlo más aún, y vas a parecer más grande.” Es hermoso.

–¿De qué vivía?

–De los grandes encargos de gobiernos, del gobierno francés, algunos arquitectos, como Jean Balladur (1924-2002) y Henri Pottier (1912-2000), por ejemplo, que le encargaban la creación de monumentos. Ella tiene emplazadas en Europa 22 piezas monumentales, en París, en varias regiones de Francia, en Budapest, entre otros.

–Esta vida de ermitaña pertenece a su época en Francia, no en la Argentina. Pregunto, ¿por qué hay una primera etapa argentina que comienza a mediados de siglo?

–Mire, después de la Segunda Guerra ella termina sus estudios en Budapest (en 1947). Magda o Magdalena Fisher se casó alrededor de 1939 con un hombre cuyo apellido, Frank, decide llevar de por vida. Llevaba pocos años de casada y el marido le plantea algo así como “o la escultura o yo”. Elige la escultura. Se divorcian en 1948. Abandona Hungría y cruza a Suiza. El hermano que le queda emigra a la Argentina. Su otro hermano y sus padres fueron muertos por los nazis. A esa época se remite una escultura que ella titula Los ángeles osos. Está formada por dos alas abiertas, que permiten imaginar la enormidad de dos cuerpos de oso. La obra surge de su partida de Hungría cuando decide buscar nueva vida en Suiza, la Segunda Guerra ya había terminado. Tiene que cruzar las montañas y atravesar bosques. En su caminata se le aparece un oso. El oso la mira a los ojos, ella le devuelve la mirada y el oso da la media vuelta y se va. La anécdota de Magda es que si los hombres tenían ángeles, habiendo matado a su hermano y a sus padres y a tanta gente más, por qué los osos no van a tener ángeles si este animal le perdonó la vida. La imaginación juega un papel importante. El día que cumplió 50 años anunció que “al fin puedo realizar mi primera gran escultura”. Cuando va a la cantera pasa un río, y dice, “veo en el agua una mancha blanca que brilla. Es un pájaro blanco con sus alas abiertas, sus ojos cerrados. Tan lindo como si estuviese vivo. Una voz dentro de mí me ordena terminar mi primer gran mármol, que sea la piedra de la tumba de mi hermano Bela, al que mataron en Yugoslavia durante la guerra”. Cuando la escultura está terminada, sobre ella escribió: “Espíritu de la guerra, guarda el recuerdo de mi hermano Bela, torturado a muerte por los nazis”. En fin, después de toda esa tragedia, viajó a Buenos Aires a comienzos de la década del cincuenta y adoptó la nacionalidad argentina. En Buenos Aires participó de las vanguardias, es parte del Grupo de los Veinte, que integraban Libero Badíi (1916-2001), Noemí Gerstein (1918-1996), Juan Del Prete (1898-1987), Enio Iommi (1926) y otros. Ellos la aceptan. Estaba en su etapa figurativa expresionista y en 1952 comienzan sus primeros intentos de abstracción. Francia le otorga una beca para estudiar en París, pero está de regreso en Buenos Aires para 1957. Trabajó acá varios años, su obra reconoce gran inspiración del arte precolombino. Le leo de una entrevista en mayo de 1959 en un programa de LS4 Radio Porteña. Dice: “El arte antiguo sudamericano es desconocido por la mayoría de los artistas argentinos, sin hablar del pueblo; ellos ni sospechan las riquezas, las variaciones, las bellezas de los objetos de arte de estas culturas olvidadas. El arte precolombino está muy cerca del arte abstracto y surrealista contemporáneo, porque son creaciones puras que surgieron de la fantasía humana”. En 1960 vuelve a París y ahí comienza su época de creación más fuerte. Su obra empieza a tener una ascensión espiritual mas intensa.

–Deme un ejemplo de referencia.

–Una de las ilustraciones más lindas de esta forma de sentir y que escribe cuando se instala en Buenos Aires en 1995, dice: “Vivía en Francia, en una casa sobre la colina. Una noche, sentada a la mesa, vi en la pared un mosquito. Yo lo miré. Traté de darle alguna cosa de comer, no comió, no se movió. Después me acompañaba de una habitación a otra. Una mañana, al cabo de una noche de mucho frío, el pobre mosquito estaba muerto en mi almohada. Lo enterré en el jardín y después le hice un monumento”. Un punto importante para ella es cuando la eligen para participar en Grenoble, en Francia, en el primer Simposio de Escultura Mundial. El encuentro es en parte preparativo de las Olimpíadas de Invierno de 1968. La federación internacional de escultores elige a 15 artistas, recuerdo en estos momentos a Calder, Patkai, Lippi, Guadanucci, los más representativos, y ella es la única mujer seleccionada. Aparece representando a la Argentina, pero desde Buenos Aires no se le daba la cabida que se le debía. La gran figura argentina de la época era Alicia Penalba (1918-1982), que estaba en París desde 1948. Ella tenía lazos más fuertes con la embajada argentina en Francia y por eso no se le daba tanta participación a Magda Frank, que además no había nacido aquí. En algún momento si bien Magda Frank participa en eventos como argentina, el gobierno francés le presta más atención y es por ahí que saca la ciudadanía francesa, y con esa nueva nacionalidad tiene su lugar en más exposiciones. También sucede que el gobierno francés le encarga obras y esculturas monumentales. Para mí es argentina, y ella trajo su obra aquí. Pero para los franceses ella es una de las grandes escultoras de Francia. De cualquier manera su arte es internacional. André Malraux (1901-1976), escritor y ministro de cultura francés, descubrió la obra de Magda, y es quien comienza a encargarle trabajos monumentales. De ahí que es razonable pensar que los franceses la consideren escultora francesa.

–Cuénteme más sobre ella. Vivió casi treinta años en Francia...

–Durante 25 años desarrolló su serie de grandes monumentos. La obra importante de ella, de cualquier escultor, queda de cuando recibe encargos de autoridades y corporaciones. Eso es lo que le permite vivir, porque son las piezas que compran los gobiernos y las instituciones. Lo que existe hoy en el museo son los dibujos originales, los estudios, las pruebas y variaciones que tienen tamaños importantes pero son en realidad preparativos para los monumentos de tres metros de alto, las figuras grandes. El estilo de ella puede ser descripto como americanista, inspirado en el arte precolombino, que descubre acá en Buenos Aires. Ella también tenía una postura respecto del arte europeo y pensaba que estaba en plena decadencia. Esa conclusión surge en la posguerra y es compartida por muchos artistas. En realidad, así veían al hombre de posguerra, un individuo social en decadencia, un hombre que había terminado con la vida de millones de personas, masacres, genocidios, en los campos de la muerte nazis o las explosiones nucleares sobre Hiroshima y Nagasaki, un hombre desvalorizado. Evolucionaba el arte abstracto, pero como manifestación plástica se estaba quedando sin rumbo. Entonces surgió un grupo de artistas que hablaba de arte abstracto con “contenido interno”, línea que sigue Magda Frank. Ahora estos artistas sacudidos por el horror bélico no se encontraban nada cómodos con el modelo de hombre de la posguerra, y pensaban que tenía que fabricarse una imagen nueva ya que su imagen a quedado devaluada para siempre. La única salida para estos valientes escultores era hacer tabla rasa, olvidarse de lo aprendido de la escultura europea y remontarse a la prehistoria, y darle un contenido contemporáneo. En la obra de ella si uno la mira con cuidado va descubriendo personas, hombres y mujeres, animales y árboles. Eso le da mayor perdurabilidad. Los escultores necesitan objetos para inspirar la obra. Sucedió con otros. El inglés Henry Moore (1898-1986) se inspiró en el arte arcaico. Cuando Magda Frank recibió la beca (en los años cincuenta) del gobierno francés, fue a París y estudió en el Museo del Hombre con el antropólogo y etnólogo Paul Rivet (1876-1958), que le había enseñado arte precolombino al uruguayo Joaquín Torres García (1874-1949) décadas antes, supongo.

–Entonces ella “descubre”, por decir así, el arte precolombino. Eso entre 1952 y 1960...

–Ahí es cuando ella también descubre su arte, abandona la figuración y va elaborando un proceso de abstracción de la figuración. Salta a un cubismo constructivista. Esta geometrización de las figuras es lo que le va a permitir trasladarlas a escalas monumentales. La característica de su obra es que uno puede tomar una versión pequeña, fotografiarla contra el cielo, desde un ángulo inferior, y parecerá tal como la figura monumental luego, de tres o más metros de alto o lo que sea. Es una proyección difícil de lograr.

–Vayamos volviendo a Buenos Aires, se reinstaló en la casa, que convierte en su casa taller.

–Como dijimos antes, ella comienza a retomar contacto a comienzos de los noventa y termina de radicarse en 1995, ya con 81 años. Su preocupación mayor se centraba en qué iba a suceder con su obra una vez que ella no estuviera. No era una escultora de fortuna, los escultores generalmente no lo son. Además ella se había negado a vender sus obras, y quien se llevaba algo en préstamo, o para exposición, tenía que devolverlo. Ella vivió de los honorarios que ganaba con los grandes monumentos, con los premios que recibía. Pero hay que recordar que eso no era un ingreso constante. Había que estirarlo. Aquí se sintió contenida por la presencia de su hermano y los hijos, sus sobrinos. Pero también hay que reconocer que no todo ciudadano está en condiciones de recibir una colección de obras de arte, especialmente a una edad madura o aun cuando más joven, con una carrera y la vida por delante. No es fácil, de la noche a la mañana, convertirse en custodio de un número considerable de obras de escultura. La casa en el barrio de Saavedra la compró con el hermano y desde ahí pudo seguir trabajando, manteniendo contacto con sus colegas de todo el mundo.

–¿Usted tiene 40 años, cómo la conoce a Magda Frank, cuando tenía poco más de 30 años?

–Hace ocho años, cuando la conocí, tenía una idea bastante vaga acerca de quién era y de la obra de Magda. Había leído algo, sabía por comentarios, pero me aconsejó que la conociera nada menos que Pierre Restany, amigo a quien siempre estaré agradecido. Cuando vi toda la obra por primera vez me impresionó, por eso dije que me enamoré de la obra. También tuve buen asesoramiento de mi madre, pero cuando dije que quería hacerme cargo de esta obra me sacó corriendo. Me dijo que estaba medio loco.

–Quizás loco del todo, pero qué bueno que existan locuras como ésta. ¿Cómo fue la vida de Magda Frank en los últimos 15 años?

–Supongo que trataba de vivir una vida normal, en apariencia, pero con una angustia constante por el destino de su obra. Es, de última, a lo que ha dedicado su vida desde casi setenta años. Eso hay que saber comprenderlo. Además, la Argentina no le dio el lugar que sabemos, y ella sabía, que su obra merecía. Con sólo pensar en toda la obra que dejó instalada en Europa, aquí se sintió marginada. Tuvo muy buenos amigos, de primera línea, que le dieron lugar en la comunidad artística pero muchos más que pudieron acercarse no le dieron cabida. Así lo entiendo. También hay que recordar que Magda tiene un carácter especial, es una personalidad muy dura marcada por su doloroso pasado. No se marginó, pero al llegar al país ya tenía una edad que no le permitía gran acción. Dejó de tallar en 2002, más o menos. Hizo una exposición en esa época. Después la espera.

–Lo que usted se propuso fue una operación de mecenazgo a lo grande...

–Es demasiado ostentoso utilizar esa palabra. Lo que me propuse es poner en orden y en marcha el museo y luego crear una fundación que se encargue en la difusión y conservación de la obra. Se buscarán aportes y haré la donación de obras de mi propiedad. El Museo de Magda Frank conserva los derechos de autor, que es fundamental para la continuidad.

–Convendría que explique cómo funciona el ejercicio de esos derechos.

–El museo en algún momento, en el futuro, va a tener que financiarse. Eso ocurre de diversas formas, por subsidios en el caso de museos oficiales, el cobro de entradas en los privados y la venta de reproducciones, etc. Al ceder Magda los derechos de autor se le permite al museo ofrecer al coleccionista lo que se llaman “Piezas originales”, es decir a partir de la pieza auténtica (hecha en materiales como terracota, madera, yeso, o piedra), las piezas en bronce, editadas, seriadas y firmadas son “Piezas originales” del modelo en cuestión. Es importante esta salvedad ya que el mercado se abastece de estas series y los originales no suelen ponerse a la venta. El número de copias permitido depende de la legislación de cada país. Francia tiene establecido que para que una escultura sea pieza original la serie no debe pasar de ocho. Las fundiciones “originales” permiten que se abastezca a otros museos y galerías en todo el mundo. Es importante cuando se elige comprar una escultura que esté debidamente numerada y certificada.

–Pero si el museo puede hacer eso con la obra, ¿por qué no lo hizo la escultora misma?

–Porque no siempre los escultores tienen acceso al dinero necesario para fundir obras (a partir de la talla o la escultura original en yeso o piedra). Se hacen moldes y se funde en un procedimiento que se llama de cera perdida. La fundición se hace en bronce.

–Para quienes lean esto, ¿cómo se explica que una familia ceda esos derechos? Que vendan la casa es fácil, es una operación inmobiliaria, pero ¿la obra?

–Quien cede los derechos aquí es Magda. La otra cuestión es cómo gestionar la obra. Es un proceso caro y riesgoso. En el caso de Magda Frank se irá desarrollando una acción casi garantizada porque ella es reconocida en Europa. Su obra está en el Museo de Bellas Artes de Budapest, en el Vasarely, en el de Arte Moderno de París, en colecciones como la de Alix Rothschild, entre otros, además de las obras monumentales emplazadas en lugares públicos. Es necesario que sea más conocida en Argentina, pero aclaro que está en importantísimas colecciones de nuestro país.

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