DIALOGOS › FERNANDO PEPE, ANTROPOLOGO DEL COLECTIVO GUIAS, QUE DENUNCIA EL GENOCIDIO DE LOS PUEBLOS ORIGINARIOS

“En el museo murieron, mínimo, seis personas”

En los sótanos del Museo de La Plata fueron recluidos varios prisioneros de la campaña del desierto cuando su titular era el perito Moreno. Por lo menos seis de ellos murieron en esas condiciones, según investigaciones del colectivo Guias.

En 2006, durante un proceso de ampliación del Museo de La Plata, apareció detrás de una pared demolida el esqueleto de un hombre tehuelche con el cráneo fracturado por un golpe mortal. El hallazgo se sumó a la lista de incógnitas a resolver del grupo autoconvocado de antropólogos Guias (Grupo Universitario de Investigación en Antropología Social), que desde ese año trabaja en la identificación y restitución de los restos de los pueblos originarios que conserva el museo desde la llamada Conquista del Desierto. Por aquella época, los últimos hombres y mujeres que resistieron la avanzada militar fueron masacrados y, los que no, tomados prisioneros. Por pedido del perito Francisco Moreno, algunos de ellos recalaron en los sótanos del museo, donde fueron estudiados como especímenes vivos antes de morir en circunstancias dudosas y ser destinados a la exhibición en las vitrinas. En diálogo con Página/12, el coordinador del Colectivo Guias, Fernando Pepe, devela la crueldad tras las buenas intenciones del perito Moreno y advierte sobre los reparos que aún existen frente a la revisión de una historia oficial que prefirió dejar oculta la cara más vergonzosas de sus protagonistas.

–¿Cómo fue ese episodio fundacional del Colectivo Guias, allá por 2005?

–Durante todo el 2005 hubo jornadas de discusión en el museo de la Facultad de Ciencias Naturales de La Plata, porque había un reclamo de las comunidades originarias tanto de La Plata como de las comunidades quechua-aymara de Bolivia por el retiro de exhibición de la momia de Tiahuanaco y de todos los restos humanos de los pueblos originarios que estaban expuestos en las vitrinas de las salas. Se hicieron distintos eventos y se pasaron documentales, entre los que había uno del antropólogo Cristian Jure que mostraba cómo esas comunidades habían ingresado al museo y habían hecho una ceremonia muy emotiva. Lo invité a Miguel Añón Suárez, un compañero, a ver ese documental y quedamos realmente impactados. Por eso en diciembre, cuando el consejo directivo de la facultad rechaza el pedido de retiro de exhibición de las comunidades, nos indignamos y decidimos tomar cartas en el asunto. Le propuse a Miguel y a otros compañeros organizar un equipo de investigación y apoyo a las comunidades cuando empezara el próximo ciclo lectivo y, efectivamente, el 2 de marzo de 2006 a las 8 de la mañana nos encontramos en la biblioteca del museo para comenzar a investigar.

–¿Por dónde empezaron?

–Sabíamos que muchos de los restos humanos que había eran de campañas arqueológicas posteriores a la Conquista del Desierto, pero que había un grupo de restos con otra problemática, que eran los de la familia del cacique Inakayal, que había muerto prisionera en el museo. Pensamos que sería bueno empezar por ahí. Hasta ese momento lo que encontrábamos en la historiografía oficial era que habían sido llevados al museo gracias a la colaboración del perito Moreno para sacarlos de la prisión y llevarlos a que vivan en condiciones mejores, pero después descubrimos que eso era una gran mentira. Comenzamos a ver que el museo tuvo un rol geopolítico que consistió en justificar la anexión de la Patagonia, y que para eso pretendieron demostrar que los pueblos originarios estaban en proceso de una extinción natural porque eran salvajes que no se podían adaptar. Eso es lo que quería mostrar el perito Moreno en el museo, por eso hizo el recorrido como un espiral evolutivo que empieza con el meteorito Kapper, sigue por las eras geológicas, continúa por los dinosaurios, la megafauna del cuaternario, los pueblos originarios y llega a la actualidad, en ese momento con el ferrocarril. Entonces, en ese marco de evolución natural, los pueblos originarios quedaban insertos como parte de un pasado remoto. El mismo perito vivía dentro del museo en “el palacio”, como todavía le dicen a ese sector del piso superior del museo y los prisioneros en las catacumbas subterráneas, toda una demostración de la ideología de la generación del 80.

–¿Cómo llegaron al museo esos prisioneros?

–En el marco de la mal llamada Conquista del Desierto. Fueron los últimos hombres y mujeres que resistieron con armas en mano a las campañas genocidas. En 1879 se hace una primera campaña de Roca, después viene una segunda campaña de Villegas en 1881 y una tercera también de Villegas en 1883, que los va arrinconando contra la cordillera. Se les pide la rendición en 1884 y son llamados a parlamentar. Los mensajeros vuelven a la comunidad a informar que la gente de Villegas quiere parlamentar, pero el coronel Lorenzo Winter los ataca a traición, mata a más de 20 personas y captura al resto. Llevan cerca de cuatrocientos prisioneros caminando hasta el puerto de Carmen de Patagones y los embarcan en el buque Villarino, que para nosotros es como si fuera la ESMA flotante. Paradójicamente el buque Villarino, que es el buque insignia de la Armada, realiza su viaje inaugural para traer los restos de San Martín desde Francia. Es decir, restituyó al padre de la patria en su primer viaje y después se lo utilizó para llevar a los prisioneros del genocidio, que nosotros estamos restituyendo hoy. El grupo de Inakayal termina en los cuarteles de Retiro y el perito Moreno pide públicamente que se los entreguen para protegerlos, para darles libertad, lo que es una cruel ironía.

–¿Por qué es una ironía? ¿Ahí comienzan a ver las grietas de su relato?

–Claro, empezamos a investigar la historiografía oficial, también las publicaciones de él, sus escritos privados, y ahí vimos el contraste. El dice públicamente en uno de sus libros “voy con dos indios amigos hacia...” y en una carta que le escribe a su padre, relatando el mismo hecho, dice “salgo con dos malditos indios, que se comieron el fiambre, entonces les di una carta que, como no saben leer, se la llevaron a Villegas, donde dice que sean detenidos...”. Es decir, en la carta figura que a sus “dos amigos indios” los mandó a meter presos y sabemos que finalmente fueron fusilados en un “intento de fuga”. Empezábamos a ver esas inconsistencias en el relato del perito Moreno con relación a lo que él mismo decía públicamente. Por ejemplo, cuando pide en el diario que manden al museo a estos hombres prisioneros, dice una frase que a nosotros nos hace mucho ruido, que es: “Para que no tengan el triste fin de Orkeke”. Y el triste fin de Orkeke, que era un cacique pacífico que él había conocido, fue que lo tomaron prisionero en Santa Cruz y murió luego en Buenos Aires, donde fue descarnado y expuesto en el Hospital Militar. El italiano Vanni Blengino, que estudia a Moreno en otros episodios, habla de “la cruel ironía del perito Moreno”, y acá encontramos otro ejemplo de esa cruel ironía: pide que los prisioneros vengan al museo para que no lleven el triste fin de Orkeke, que fue terminar en una vitrina, y terminan todos en una vitrina.

–¿Qué hacían los prisioneros en el museo?

–El antropólogo holandés Herman ten Kate registra que estaban deprimidos, enojados, molestos, que no hablaban. Eran observados por antropólogos europeos, eran especímenes vivos en exposición. Como dice Osvaldo Bayer, era un zoológico humano. Por más que Inakayal sabía español, lo único que respondía era “yo jefe, hijo de esta tierra, robaron mis caballos, la tierra que me vio nacer, mataron mis hijos y a mis hermanos, yo enojado”. También se negaban a trabajar, porque eran obligados a construir el mismo museo. La piedra fundamental de La Plata se coloca en 1882, el museo se empieza en 1884, ellos llegan en 1885 y son obligados a trabajar, las mujeres a cocinar para los obreros, a tejer mantas y prendas que luego se ponían en exhibición como “etnográficas”. Ten Kate también denuncia que estaban desnutridos.

–¿Cuántos prisioneros murieron en el museo y cómo se explican sus muertes?

–En el museo murieron, mínimo, seis personas: Inakayal, Margarita Foyel, la esposa de Inakayal, una niña que todavía no pudimos identificar, la fueguina Tafá y el joven yámana Maish Kensis. Todas son muertes dudosas, o de enfermedades curables para la época. Nosotros encontramos que en la primavera de 1887, el 27 de septiembre, un periodista del diario La Capital de La Plata publica una nota titulada “Denuncia gravísima”, donde denuncia la muerte de Margarita Foyel, de Inakayal y de la niña que no pudimos identificar y dice que quienes le dieron el primer hilo de la madeja de esa historia fueron Maish Kensis y Arturo, que estaban presos en el museo en ese entonces. El periodista dice que espera que esa denuncia los libere de la muerte, pero Maish Kensis muere algunos años más tarde en el museo y de Arturo no sabemos casi nada. Dicen que se escapó, aunque nos queda una gran duda. En el mismo museo apareció, en 2006, atrás de una pared como en un cuento de Poe, el esqueleto de un hombre muerto con un golpe en la cabeza. Ese bien podría ser Arturo.

–¿Con qué reacciones se encontraron cuando decidieron indagar en este tema?

–Cuando nosotros solicitamos a Héctor Pucciarelli, que era el jefe de la División Antropología del museo, acceso para ver los restos humanos de los prisioneros, él me dijo: “Mirá Pepe que éste tema es tabú”. Y eso uno lo sabe bien: si rompe un tabú va a tener un castigo. Por eso era un tema que nadie tocaba. De hecho, el diario del 27 de septiembre lo hallamos porque vino una antropóloga con un papelito que decía “27 de septiembre de 1887, diario La Capital”. “Busquen este diario en la hemeroteca”, nos dijo. De esa manera, con ese dato, fuimos y lo encontramos. Y también nos pidió que mirásemos qué número tenía el esqueleto que estaba exhibido en una vitrina de la sala de Antropología Biológica. Subimos con la escalera, miramos el esqueleto y tenía un número de catálogo que coincidía con el de Maish Kensis. En el museo decían que el esqueleto pertenecía a un no docente que donó su cuerpo a la ciencia, pero en realidad era de un prisionero de la Campaña del Desierto que había muerto a los 22 años de una enfermedad curable para la época, que había sido obligado a limpiar los cuerpos de los otros que se iban muriendo...

–Este debe ser un tema espinoso para las autoridades del museo. En ese sentido, parece importante el hecho de que ustedes cuando empezaron a investigar eran simplemente unos estudiantes con inquietudes.

–Teníamos el apoyo del jefe de la División Antropología y de la directora del museo, Silvia Ametrano, quién firmó el permiso, pero nos dijeron “háganlo ustedes”, porque nadie se animaba. Todos nos pasaban datos por abajo. El equipo de investigación estaba compuesto por estudiantes que ya habíamos terminado de cursar todas las materias y nos faltaban algunos finales para recibirnos, pero teníamos discusión y apoyo de compañeros ya graduados. Y, sorpresa, el primer día que accedimos a los depósitos preguntamos por los restos de la mujer de Inakayal al no docente a cargo y nos contestó que tenía su cuero cabelludo allí mismo. Lo sacó de atrás de unos bustos en una repisa bien alta, miramos el número de inventario, y comprobamos que ese cuero cabelludo no era de ella sino de Inakayal. Nos quedamos helados, porque Inakayal había sido, en 1994, el primer caso en el país de restitución de restos humanos a las comunidades y nosotros comprobamos que había sido una restitución incompleta, que el museo se había quedado con su cuero cabelludo, con la oreja izquierda y luego comprobamos que también se quedaron con su cerebro. Ahí tuvimos la primera discusión de grupo. Sabíamos que si lo publicábamos nos iban a echar a todos. El primer resto humano que vimos el primer día en los depósitos, nos condenó.

–¿Y qué hicieron?

–Lo denunciamos. Se estaba por realizar una nueva jornada de concientización para nuevamente intentar retirar de exhibición los restos humanos del museo y convencimos a un periodista que fue a cubrir el evento de que también publique que habíamos encontrado el cuero cabelludo y el cerebro de Inakayal. Esto generó que la gobernación de Chubut reclame los restos. Rosa Chiquichano, que fue la primera diputada nacional mapuche, también reclamó por la restitución. Sacamos también la denuncia de que Maish Kensis estaba expuesto en vitrina. Nosotros sabíamos que no se trataba de pedir o convencer, sino de luchar y presionar, así que luchamos por el retiro. Salimos con una fuerte campaña de difusión para concientizar a la comunidad platense, para que supieran lo que había pasado en el Museo de La Plata. El impacto de las noticias sobre el trabajo del Colectivo Guias tuvo efecto y el 1 de septiembre de 2006 se aprobó el retiro de exhibición de todos los restos de humanos de las comunidades y la restitución complementaria del cacique Inakayal, que se pudo efectivizar recién el año pasado. Valiéndonos de la Ley Nacional 25.517 también logramos que todos los restos que tenían identificación no pudieran ser estudiados por los científicos, como hasta ese entonces, sin el permiso y consentimiento expreso de las comunidades.

–Las resistencias tendrán que ver, también, con algunas disonancias históricas. A la luz de estos descubrimientos, algunos de nuestros “patriotas” se convierten en otra cosa...

–En cómplices del genocidio, al menos. El perito Moreno y otras personas que siguen siendo homenajeadas hasta el día de hoy, como Alejandro Korn, fundador del Hospital Melchor Romero, o el botánico Carlos Spegazzini, estaban muy comprometidos en las muertes de miembros de pueblos originarios en varias partes del país. Nosotros lo que encontramos en el museo fueron las pruebas materiales del genocidio. Hay antecedentes de investigadores como Diana Lenton, que encontró un ejemplar del diario La Nación de la época donde se lo acusa a Rudecindo Roca, uno de los hermanos de Julio Argentino, de delitos de lesa humanidad por haber encerrado en un corral a más de 50 prisioneros y fusilarlos. Eso es importante, porque muchas de las críticas que hemos recibido es que extrapolamos conceptos del presente al pasado y, en realidad, estos hechos ya estaban siendo denunciados en los diarios de la época, igual que en la denuncia al museo de 1887.

–¿Encuentran una continuidad histórica entre la llamada Conquista del Desierto, sus métodos, y lo que pasó en nuestro país luego con las dictaduras militares?

–Una de las tesis que nosotros sostenemos es que fue posible el genocidio de la última dictadura cívico militar porque el genocidio de los pueblos originarios quedó impune. Los militares genocidas pensaban que serían como Roca, que iban a tener sus propias estatuas, que iban a ser los héroes nacionales. Nunca pensaron que iban a ser juzgados y condenados, y que Videla terminaría muriendo sentado en el inodoro de una cárcel común. Se daban ese rol para sí mismos porque el genocidio de los pueblos originarios había catapultado a Roca a la presidencia de la Nación y al panteón de los héroes. Más allá de eso, el mismo gobierno de la dictadura cívico militar denominó a su plan genocida como el “proceso de reorganización nacional”, cuando el de Roca fue el “proceso de organización nacional”, y en 1979 festejaron con toda pompa el centenario de la Campaña del Desierto. Y después, si seguimos profundizando, vemos que incluso muchos militares procesistas son descendientes de aquellos militares de la campaña roquista.

–Sin embargo, pareciera que todavía hoy no hay una conciencia y un repudio generalizado de lo que ocurrió con los pueblos originarios, como tal vez sí lo hay respecto a tragedias más recientes.

–A nosotros nos parece importantísimo que el presidente Néstor Kirchner haya reconocido que el Estado argentino llevó a cabo un genocidio durante la última dictadura cívico militar y que se esté juzgando a los responsables de ese genocidio como paso previo para reconocer el de los pueblos originarios. Cómo íbamos nosotros a lograr que se reconozca el genocidio de los pueblos originarios si teníamos y aún tenemos jueces, médicos, políticos, periodistas cómplices de la última dictadura. Esa fue la piedra angular para nuestro trabajo, porque nosotros somos hijos del marco histórico que estamos viviendo. No hubiera existido el Colectivo Guias si no viviéramos en este contexto histórico. Nosotros en los ‘90 militábamos resistiendo el arancelamiento de la educación pública y ahora pudimos, en este marco histórico, pasar de esa militancia de la resistencia a la ofensiva, avanzando en la conquista de nuestros derechos. Pensar lo contrario es tener una visión individualista y errada de la historia.

Entrevista: Delfina Torres Cabreros.

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Imagen: Bernardino Avila
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