DIALOGOS › ¿POR QUE MICHEL HOUELLEBECQ?

El intelectual que se merece nuestro tiempo

 Por J. M. R.

Deja respuestas sin resolver y le gusta alimentar el morbo de su personalidad. Pero Michel Houellebecq (1958, Réunion), uno de los autores de más éxito en Francia, no deja a nadie indiferente. Polémico y controvertido, publicó en España su última obra, La posibilidad de una isla (Alfaguara).
A veces, la medida del misterio se puede desvanecer en cualquier esquina. Incluso puede diluirse en una existencia normal, aunque les pese a muchos. A mucha gente le extrañaría que el caso de Michel Houellebecq fuera así, que el escritor más controvertido de Francia hoy, esa figura a la que desde la aparición de Las partículas elementales se le ha esperado siempre entre un enjambre de garras y reclinatorios, no escondiera nada extraño, que guardara una distancia calculada entre los que lo tildan de racista, misógino, farsante y escandalizador y los que le ven como un escritor fundamental para comprender el mundo de hoy.
Esa manía suya de buscar blancos y apuntar a la cabeza va a hacer difícil que nos deje indiferentes. Si en Las partículas elementales se rebotaron los del ’68, Plataforma –ambas publicadas por Anagrama–, una radiografía brutal de la sociedad occidental a través del turismo de masas, le costó un proceso por blasfemo al atacar, de costado pero a lo bestia, al islam. Su nueva novela, La posibilidad de una isla (Alfaguara), aparece después de haber levantado más que ampollas en Francia, con críticas feroces en medios conservadores, como Le Figaro, y defensas apasionadas –“una buena novela, su obra maestra”– de Frank Nouchi en Le Monde. Ahora lo insultan porque creen que se ha hecho raeliano, cosa que él ni afirma ni niega: “Es asunto mío”, ha dicho. Pero lo cierto es que desde su primera obra de ficción, Ampliación del campo de batalla, título más que premonitorio sobre todo lo que vendría después, Houellebecq no ha dejado de abrir frentes con sus personajes, con reinvenciones de sí mismo y alter egos salvajes en los que ha recorrido su infancia, su adolescencia y ahora su madurez, en La posibilidad de una isla. En esta última da si cabe más piruetas y se desdobla en varios clones sacados de Daniel 1, un humorista feroz que lanza ataques contra budistas, árabes, judíos, políticos, escritores, periodistas y lo que se tercie, que conoce en España a una joven veinteañera que le volverá del revés después de haberse divorciado.
Houellebecq vuelve, pues, al ataque y sigue despertando pasiones encontradas. En La posibilidad de una isla, el escritor recrea un mundo salvaje, depredador y apocalíptico a expensas de sectas y otros cultos más oficiales. Para hacerlo se infiltró en la parafernalia raeliana –que ya describió en Lanzarote, una obra corta que, según él, “es mi libro más humorístico”– y ha reinventado un credo similar para su nueva obra en la que describe a un líder castrador, ventajista y anulador de voluntades. En ese ambiente, su personaje principal, admirador de Balzac y Baudelaire, sátiro obsesionado con un renacimiento del sexo, se considera un “Zaratustra de las clases medias”, en uno de esos cócteles culturales explosivos propios del autor, hábiles y brillantes en los que se mezclan la física cuántica y la genética con Nietzsche y David Bisbal, una de las pocas cosas reconocibles que restan en pie en un Madrid desolado por una catástrofe nuclear.
Un humorista es el protagonista de su nuevo libro. Puede que un artista así sea el intelectual que se merece nuestro tiempo.

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