ECONOMIA › DE DIA DE LA INDEPENDENCIA ECONOMICA A DIA DE LA REACTIVACION

Pobre 9 de Julio, se ensañan con él

La fecha patria quedó asociada en 2001 al déficit cero, que no se alcanzó. Este año, Duhalde promete para entonces el final de esta interminable depresión. Pero faltan apenas cuatro meses y no se ven indicios. La devaluación crea oportunidades, por ahora no aprovechadas mientras cae el poder adquisitivo por el regreso de la inflación.

 Por Julio Nudler

El 9 de Julio de 2001 Fernando de la Rúa proclamó la independencia económica, a alcanzar mediante el déficit fiscal cero, ideado por Domingo Cavallo cuando se despidió de la heterodoxia. Pero no hubo tal déficit fiscal cero, y el Presidente, cinco meses después, debió abandonar la Casa de Gobierno por los techos. Su cuarto sucesor, Eduardo Duhalde, augura ahora que el próximo 9 de Julio podrá celebrarse la Fiesta de la Reactivación, después de cuatro años completos de recesión. Aunque de la Independencia se ha degradado a la pedestre Reactivación, no hay certeza de que la humildad del objetivo eleve las chances de alcanzarlo. Aunque por meras razones estacionales marzo resulte mejor mes que febrero, además de más largo, no hay todavía indicadores de reversión de la crisis. Dos meses largos después de la catarática devaluación del peso, la competitividad ganada de esta manera no ha conseguido estimular la actividad, aunque se supone que en algún momento deberá empezar a notarse algún efecto. Por ahora, el Gobierno sigue a la defensiva, tratando de contener el rebrote inflacionario y el desplome de la recaudación impositiva, que de proseguir derribará tanto al programa fiscal como al monetario. Ayer, utilizando su programa radial, el Presidente amenazó con reducir a cero los aranceles para la importación de bienes de consumo si éstos experimentan aumentos exagerados, pero, bien analizada, esa medida no daría grandes resultados en este momento. Varias son las razones.
Una suba de 125 por ciento en el dólar vuelve poco razonable la idea de que la importación pueda mantener a raya a los precios internos, ni siquiera tachando aranceles. Por otro lado, gran parte de los bienes primarios que componen la canasta familiar son exportables, y por tanto tienden a acomodar su valor en el mercado local al obtenible en otros mercados. La importación no guarda relación alguna con esto. Por último, cuando se trata de productos industrializados, parte de los costos vienen determinados por el dólar y provocan alzas difíciles de evitar por la falta de provisión nacional. Tampoco puede olvidarse que la Argentina acordó un arancel externo común con sus socios del Mercosur y no podría alterarlo unilateralmente. ¿O no es decisión de este Gobierno recomponer el bloque?
La preocupación de Duhalde por los precios se justifica, entre otras razones, porque la inflación reduce el ingreso real disponible de toda la población con ingresos fijos, deprimiendo aún más la demanda y quitándole sustento a los augurios de reactivación. Ello sin contar con la inflación reprimida que aún no pueden traslucir los índices y que anida en los servicios públicos y en los alquileres, por ahora invariados. En cualquier caso, diversos son los factores que conspiran contra el deseo de relanzar la economía:
- Los fuertes aumentos de precios, que minan el salario real. Una inflación de 15 por ciento para todo el año, como postula el ilusorio número puesto por Economía en el Presupuesto, determinaría una mengua del 13 por ciento. Pero si tuviesen razón los consultores que presagian un alza del 40 por ciento, el deterioro adquisitivo saltaría a un 29 por ciento.
- El aumento del desempleo, que siguió su curso desde la medición de octubre y se acentuó a partir de diciembre con el corralito, implica una caída aún más pronunciada en el poder de compra promedio de los consumidores.
- Reforzando estos factores recesivos seguirá actuando una política de ajuste fiscal, obligada por el objetivo de alcanzar un nuevo acuerdo con el Fondo Monetario.
- Del mismo modo, se aplicará un programa monetario astringente, que debería absorber la liquidez que drene del corralito y abstenerse de convalidar monetariamente la inflación.
- El ahogo crediticio perdurará mientras no se encuentre manera de normalizar el sistema financiero y reconciliar con éste a los ahorristas.Por ahora continuará la fuga de capitales porque el dólar seguirá ofreciendo el único refugio disponible para los excedentes financieros. No se espera una reanudación en el ingreso de capitales, y menos antes de que se supere el default si prospera la renegociación con los acreedores.
- La confianza del consumidor se mantendrá en niveles críticos, que se corresponden con la percepción de un alto riesgo de pérdida parcial o total de ingresos. Seguirá por tanto la postergación de consumos y la renuencia a endeudarse.
- La falta de un plan económico completo y definido agrava la incertidumbre. La sensación es que cualquier regla de juego puede ser alterada en cualquier momento. Un nuevo ejemplo de esto: el viceministro Jorge Todesca sugirió que si la inflación superase el 15 por ciento, Economía podría modificar el CER (indexación por precios minoristas de deudas y acreencias viejas). La consecuencia de una situación altamente inestable y del permanente cambio en el programa económico (con novedades tardías como las retenciones y el proyectado impuesto a la pesificación) es previsibilidad cero.
- La emigración, aunque de magnitud marginal, sigue reduciendo por goteo el tamaño del mercado y actuando como diapasón del ánimo imperante. La Argentina se muestra como un país sin proyectos ni proyecto, que aún debe tocar fondo.
A pesar de todo, la devaluación está empezando a tirar del carro. Donde haya sobrevivido capacidad de producción nacional hay una brusca sustitución de importaciones. Pero por falta de capital de trabajo y por la virtual ausencia de crédito comercial interno y externo, es apenas incipiente hasta hoy el aprovechamiento de las oportunidades que abrió la flotación cambiaria. Sin embargo, la economía va hacia allí. Lo que no se sabe es qué le pasará en el camino por el desorden macroeconómico y la rebelión social. Así, el acelerado desagote del corralito debería expandir la demanda de bienes, pero también puede intensificar la presión sobre el dólar y forzar al Banco Central a jugar todas sus armas de absorción.

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El Presidente confía ver muy pronto al país en carrera, tras una depresión sin precedentes.
 
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