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Imágenes antes del hundimiento

 Por Ernesto Semán, desde Nueva York

PáginaI12 En Estados Unidos

Y entonces ahora hay que esperar las fotos de las colas de pan, como en el ’33, con la mística de la Gran Depresión de fondo y los millones de norteamericanos en fila para recibir su ración de comida. O como en el 2001 en la Argentina, con el maremoto de los saqueos atrás, no menos épico.

Como con los terremotos, un efecto redentor de la aparición de las crisis es confirmarles a quienes quieran creerlo que todo fue repentino y ajeno, y posterior, y porque salió mal. Las fotos que desde estos días recorrerán el mundo podrían haberse sacado antes, si fotógrafos y periodistas cumplieran otra función que no sea celebratoria o alarmista. Este verano, en las piletas públicas de Red Hook, en Brooklyn, donde desde una camioneta, cada mediodía, se repartían bolsas de comida para el almuerzo: una botella de agua, un frasquito de yogur, un paquete de papas fritas, una caja de pollo al horno con arroz. O el lunes pasado, en el grupo amontonado de pacientes sin cobertura médica para atenderse con la piel descascarada en el centro de salud pública de la calle 28 y la avenida 9, en Chelsea, a veinte cuadras de donde comenzaba la Asamblea de las Naciones Unidas. O en la iglesia luterana de Harlem, donde, cada mañana, una cola infinita de negros y latinos recibe su desayuno de café con leche y baguels.

La crisis estalla en todo su esplendor cuando Estados Unidos atraviesa un momento de inédita efervescencia, dominado por la conversación política, la lectura apasionada de los diarios y los altísimos ratings de los programas periodísticos. Si esa excitación luce hoy porque los dos candidatos expresan como pocas veces proyectos tan distintos, la efervescencia viene de hace ya unos años, desde que la inflación y el desempleo desnudaron la caída de los ingresos que el crédito oculta mal y poco. No había que ser un gran analista para darse cuenta, pero sí había que ser producto de un clima de época para argumentar, en total negación, que la inflación no era tanta, que el crédito podía estirarse infinitamente sin afectar la estructura de la ecuación.

El cataclismo financiero de estos días se chupará a Nueva York a su modo, distinto del resto del país, no menos intenso, y volverá a cambiar la iluminista cara de Navidad eterna que la ciudad tiene desde principios de los ’90 y que los atentados del 2001 sólo afectaron parcialmente. No hay forma de que los servicios públicos (la insoportablemente publicitada seguridad de las calles de Nueva York) no sufra un deterioro significativo si los ingresos fiscales que se apuntalan en el sector financiero se desploman. Sin políticas anticíclicas, es de esperar una cadena como la siguiente: la ciudad ve caer sus ingresos fiscales, el Estado decide incrementar la tarifa de subte para achicar ese agujero, la cantidad de trabajadores que utilizan el subte baja, el agujero se agranda.

La mayor curiosidad política es que Michael Bloomberg eligiera el día de ayer para anunciar que buscará reformar la carta de la ciudad para buscar un tercer mandato como alcalde. Bloomberg, que entre sus muchísimas virtudes no tiene la de un mínimo guiño hacia la equidad social, lleva más de seis años al frente de un desmantelamiento más o menos constante de la vivienda pública de la ciudad. El derivado es que durante la última década, al mismo tiempo que la ciudad vivía uno de sus mejores momentos económicos, también perdía la oferta de viviendas accesibles en favor de edificios para una clase media que durante todo este tiempo pudo cubrir con créditos las carencias de sus ingresos. El panorama de una ciudad dividida entre quienes tienen casas que no pueden pagar, quienes ni tienen casas para pagar y quienes tienen alquileres anclados a los valores de la época de la burbuja, no es descabellado.

El alcalde piloteó todo el proceso con otras políticas públicas, y cooptando desde su fundación la casi totalidad de las organizaciones comunitarias de la ciudad. Si Bloomberg, que hasta hace meses jugueteó con la idea de candidatearse como presidente y hoy debe querer cortarse las cutículas por no haberlo hecho, se lanza a un tercer mandato, es porque sabe que hoy no tiene quién le compita, y no porque haya pensado en lo que se le va a venir.

Algunos estiman que Nueva York perderá en los próximos meses unos 80 mil puestos de trabajo vinculados directamente con el sector financiero. Muy pocos son analistas, o ejecutivos; la inmensa mayoría componen la famosa clase media, administrativos, carteros, pasantes cuyas familias se endeudaron hasta el riñón para que su hijo fuera a la escuela de negocios de NYU con la esperanza de que los sueldos de Merril Lynch pagaran la cuenta más tarde. Los efectos de ese desparramo se hará sentir en el tiempo: cuando la familia cuelgue la deuda impaga o se imponga un consumo gandhiano para pagarla, cuando el cartero anuncie que no tiene sueldo y el banco primero le saque la casa y después declare la quiebra, cuando la secretaria decida mudarse a una ciudad cuyo costo de vida sea algo menos hostil.

Otros costos serán más inmediatos. El lunes, en las mesas de un restaurante hindú de Gramercy Park, las apuestas giraban en torno de cuánto será la caída del precio de la propiedad en los próximos meses: ningún número bajaba del 12 por ciento. Unas semanas antes, una familia veía partir al hombre de la casa para un reentrenamiento forzoso: Continental Airlines hará una poda drástica de sus vuelos internacionales y les ofrece a sus pilotos el reentrenamiento para vuelos locales o el retiro.

Finalmente, quizá ni siquiera haya fotos de colas para el pan, y la caída sea mucho más pronunciada, mucho menos dramática. Nueva York lucía anoche igual y distinta de los últimos años, sucia y tumultuosa, el subte repleto a la hora del regreso del trabajo, con una ventana abierta hacia sus lejanos años ’70, el cielo violeta y los primeros fríos del otoño.

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