EL MUNDO › OPINION

El muro egipcio y los túneles de Gaza

 Por Robert Fisk *

Ellos son la verdadera resistencia. Son los pulmones de Gaza. Cierto, misiles son transportados a través de estas vías subterráneas, también cohetes Qassam, municiones para rifles Kalashnikov y explosivos. Pero por mucho, lo que más se transporta es la verdadera sangre vital de su minúsculo y sitiado feudo islamita: carne fresca, naranjas, chocolates, camisas, pantalones, juguetes, cigarros, vestidos de novia, papel, motores de auto en piezas, baterías para coche, hasta tapas de plástico para botellas. Los hombres de los túneles de Gaza son bombardeados y mueren cuando se derrumban sus propios conductos subterráneos y ahora enfrentan una nueva muralla egipcia, e incluso el miedo de morir ahogados. Bien pueden ser “terroristas”, según la promiscua definición que los israelíes dan a este término, que en estos días tiene escaso significado, pero son héroes para los palestinos de Gaza. Tal vez, incluso, para los ricos.

Pero en estos momentos, Abdul Halim Mohsen está preocupado por los egipcios. Sentado junto a una hoguera que chisporrotea cerca de la entrada de su túnel mientras se calienta las manos al fuego y respira el espeso humo azul cubierto con una amplia carpa blanca. Estos elementos hacen que él y sus compañeros de túnel proyecten sombras como las de un cuadro de Rembrandt. Se ven sus perfiles, sus gruesos suéteres, las flamas que contrastan con la oscuridad y en un rincón, un generador que zumba.

“Nos pueden inundar.”

“Desde luego que tengo miedo del muro egipcio”, dice Mohsen. “Nos pueden inundar. Nos ahogaremos. ¿Cómo lograremos vencer esto?”. Me muestra las palmas abiertas de sus manos como diciendo: “Qué vamos a hacer”, gesto que muchos palestinos hacen cuando hablan, con voces resignadas.

Los túneles debajo de la frontera entre Gaza y Egipto son un negocio, un juego profesional, y para las bombas israelíes son un desafío más que un problema. Incluso hay una pequeña vía de tren en uno de los subterráneos. El dinero hace que las ruedas giren.

Fieles a sus tratados con Israel y el Cuarteto para Medio Oriente (famoso por la participación de Lord Blair de Kut Al Amara), los egipcios anunciaron el mes pasado que construirán un muro, ya que los muros son moneda corriente en Medio Oriente últimamente, desde Kabul hasta Bagdad, pasando por Cisjordania, con el fin de destruir y cerrar los “túneles” de los “terroristas”. Organizaciones no gubernamentales desestimaron el anuncio al afirmar que se trata de las decoraciones a las que recurre Egipto para complacer a los israelíes, lo que implica también complacer a Estados Unidos, y aseguraron que el muro egipcio sólo tendrá una profundidad de poco más de cinco metros, una medida muy inferior a la de la profundidad de los túneles. Quizá los constructores de estos pasadizos son pesimistas por naturaleza, pero Mohsen se ve realmente alterado por la iniciativa egipcia.

“Si inundan los túneles, el peligro que corremos se incrementa. Toma una hora salir del túnel a gatas. Cuando los israelíes empiezan a bombardear nos amontonamos en el extremo egipcio del conducto, porque ellos no se arriesgan a que una de sus bombas caiga en territorio de Egipto. Pero si los egipcios nos detienen quedaremos atrapados y el túnel se derrumbará”, señala.

Me quedo pensando en ello, especialmente cuando Abu Wadieh nos invita a mirar dentro de la bóveda cavernosa que se abre en un rincón de la carpa. No es un simple hoyo en la tierra, sino un túnel sólido construido con piedra y ladrillo de cinco metros de alto y 28 de profundidad, al punto que apenas alcanzo a ver los diminutos brazos de los hombres que a lo lejos apiñan costales de fruta en un gancho que corre a lo largo de un cable de casi un kilómetro. El generador trae a la superficie la gruesa cuerda de la que penden los costales que son recibidos por los brazos abiertos de otros compañeros. Estos hombres saben su trabajo. Todos dicen no tener interés alguno en política, desde luego, y afirman no usar el túnel para transportar armas. Oh, no, por supuesto.

Un camión de carga cubierto con una lona trae a un escuadrón de hombres que empiezan a cargar el vehículo con frutas, vegetales y botellas de coca cola egipcia. Mohsen me asegura que trabajaría como ingeniero de la construcción si hubiera paz y reprime una risa. El ya conocía este tipo de túneles antes de ver, hace mucho, una película en que prisioneros de guerra cavan un túnel para huir de un campo de prisioneros alemán. ¡Claro, El gran escape! Richard Attenborough, James Garner y Steve McQueen, y las vías subterráneas que los sacan de Stalag. Esto explica la calidad profesional del túnel y de sus vías, si bien prefiero no recordarle a Mohsen lo que le ocurrió a Attenborough.

Pero esto no es cosa de risa. ONG estiman que Hamas se cobra 15 por ciento de las ganancias que obtienen los hombres de los túneles, lo cual deja a esa augusta institución, considerada escoria por Israel, Estados Unidos y Europa desde que tuvieron la temeridad de ganar las elecciones en 2006, con una ganancia anual de 225 millones de dólares.

Así, mientras el mundo bloquea Gaza y condenaron a un millón y medio de almas a la penuria y casi a la inanición, Hamas se surte de concreto, materiales de construcción, hierro y armas con sus recursos.

Mientras la Unión Europea cobardemente impide que civiles palestinos compren cemento para reconstruir sus hogares después del baño de sangre ocurrido en Gaza porque Hamas puede usarlo para construir bunkers, Hamas obtiene cemento suficiente para construir una ciudad de bunkers y mezquitas, sin mencionar los edificios que ha erigido justo enfrente al puesto de tropas israelíes en el paso de Erez.

En otras palabras, los túneles son lo que mantiene con vida a Gaza. Los palestinos pobres tienen que ser alimentados por la Organización de Naciones Unidas. Por lo tanto, los pasos subterráneos representan no sólo las arterias entre Gaza, sino que son símbolo de la masiva hipocresía internacional.

Abu Wadieh, quien tiene a 35 hombres trabajando dentro y encima del túnel de Mohsen, está de pie junto a la hoguera; su kuffiah envuelve apretadamente su cabeza como si fuera un casco de obrero. Se frota las manos por el frío del invierno que se cuela dentro de la tienda, al tiempo que el camión lleno de bienes parte hacia la ciudad de Gaza.

“Temo que los hombres se vayan si hay otra guerra”, dice. “Pero son expertos. Saben lo que tienen que hacer.”

A sólo cien metros de distancia, la cubierta amarilla de una perforadora egipcia se yergue en el horizonte y se ve el comienzo de una muralla gris. Detrás de él ondea una bandera egipcia encima de una torre de observación donde soldados árabes egipcios y sus hermanos árabes palestinos mantienen sitiado el tiradero de basura que es Gaza.

* De The Independent de Gran Bretaña. Especial para Página/12.

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