EL MUNDO › LA VISITA A DAMASCO BUSCA AUMENTAR LA INFLUENCIA IRANI SOBRE EL CONFLICTO ARABE-ISRAELI

Tensión entre Israel e Irán-Siria

Aunque la utilización militar de la capacidad nuclear iraní preocupa a Washington y Tel Aviv, a Obama se le hace indispensable la cooperación de Teherán para una retirada ordenada de Irak y para la conquista de Afganistán.

 Por Sergio Rotbart

Desde Tel Aviv

“Somos hermanos”: el líder sirio Assad y su par Ahmadinejad en la cumbre de Damasco.
Imagen: AFP.

Durante su reciente visita a Siria, el presidente iraní, Mahmud Ahmadinejad, declaró que aspira a “un nuevo Medio Oriente, sin sionistas ni colonialistas”. Su anfitrión, el presidente sirio Bashar al-Assad, afirmó que su país se prepara ante una agresión israelí. El ejército de Israel no está interesado en un deterioro regional, aseguró por su parte su comandante en jefe, el general Gaby Ashkenazi, al final de un gran entrenamiento militar cuya hipótesis de trabajo era un enfrentamiento tanto en la frontera norte como en Gaza. Al mismo tiempo, aviones israelíes volaron a baja altura sobre el territorio del Líbano, según lo informó Al-Manar, la red de televisión que responde al movimiento Hezbolá. Tales son los últimos acontecimientos en la cadena de amenazas, disuasiones e inmediatos intentos de paliar sus posibles y desproporcionados efectos (presuntamente no deseados) que vienen ensamblando las principales partes del conflicto del Medio Oriente. El contexto de esta escalada se amplía hasta abarcar los intentos que viene realizando el gobierno norteamericano en la ONU para decretar sanciones contra Irán, tendientes a persuadirlo de que someta su proyecto nuclear al control internacional. Pero si bien, por un lado, la posible canalización de la capacidad nuclear iraní hacia la vía militar preocupa a Washington (y, especialmente, a Tel Aviv), por el otro la cooperación de Teherán es indispensable a la hora de garantizar una retirada medianamente ordenada de las tropas norteamericanas asentadas en Irak y permitir la profundización de la conquista de Afganistán. La prioridad de esos objetivos ha desplazado la atención sobre el desarrollo nuclear de Irán durante el primer año del gobierno de Barack Obama, quien optó por la vía del diálogo. Pero el plazo de esa estrategia negociadora ha vencido, sin que diera resultados concretos.

Ante la presión de los republicanos y de Aipac (el lobby pro-israelí), ahora Obama comienza a exhibir la carta de las sanciones económicas y del aislamiento contra Irán. Entonces se entiende mejor la última visita de Ahmadinejad a Damasco, con vistas a fortalecer la alianza con Siria y, gracias a ella, aumentar la influencia iraní sobre el conflicto árabe–israelí. Generalmente, los líderes del eje Teherán-Damasco no asumen posiciones protagónicas en el enfrentamiento con Israel, sino que dejan que esa tarea la hagan los movimientos por ellos tutelados y sus respectivas milicias: el Hezbolá en el Líbano y el Hamas en los territorios palestinos ocupados por Israel. Pero evidentemente el presidente iraní y su par sirio, Bashar al-Assad, consideran que la actual coyuntura es especialmente importante.

En primer lugar, Teherán ve con suma preocupación el acercamiento diplomático entre Washington y Damasco. En efecto, tras cinco años de ruptura, los Estados Unidos han designado un nuevo embajador en Siria. Luego de que el ex presidente George W. Bush incluyera a ese país en el “eje del mal”, el gobierno de Obama prioriza la certeza de que también la ayuda siria es indispensable para controlar el contrabando de armamentos a Irak. Y, de paso, les tira un hueso a los halcones obsesionados con el propósito de frenar el avance iraní en la región.

Pues bien, parece demostrarles el presidente demócrata, la mejor forma de hacerlo es apartando a Siria del eje comandado desde Teherán. Precisamente a eso se refirió días atrás la canciller norteamericana, Hillary Clinton, cuando dijo en el Congreso que la decisión de enviar nuevamente embajador a Damasco no implica condescender con los estrechos vínculos que los sirios mantienen con los iraníes y mucho menos con la ayuda que les brindan a organizaciones terroristas.

En el reciente encuentro que mantuvieron en Damasco, Ahmadinejad y Assad le replicaron a Clinton en un tono enardecido y con consignas antiimperialistas. “Nosotros somos hermanos”, subrayó el líder iraní mientras le tomaba la mano a su anfitrión sirio. A todas luces, ese gesto reafirma la creciente sospecha con la que el régimen de los ayatolás observa el acercamiento diplomático entre Siria y los Estados Unidos.

Desde el punto de vista sirio, la disposición norteamericana al diálogo no debe costarle a Assad la ruptura con Irán ni su apoyo al Hezbolá y al Hamas, sobre todo tomando en cuenta que el actual gobierno israelí no ha mostrado intenciones serias de reanudar las negociaciones sobre el futuro de la Alturas del Golán, el territorio que Israel ocupa desde 1967.

La retórica antiisraelí, por tanto, es la principal causa que mantiene aunadas a las dirigencias siria e iraní. Por eso Ahmadinejad aclaró que no sólo el Hezbolá libanés atacaría a Israel en caso de que irrumpiera una nueva contienda bélica, como la del 2006, sino que al movimiento chiíta se le sumarían ahora Siria y los palestinos islamistas del Hamas. De esta forma, deja asentado que la hegemonía regional de Irán ha aumentado desde entonces.

Las acusaciones iraníes contra las intenciones de Israel de atacar a Siria y al Líbano fueron refutadas por el premier israelí, Benjamin Netanyahu, quien aseguró que su país no busca ningún enfrentamiento con sus vecinos. Algunos días antes, sin embargo, su polémico canciller, Avigdor Lieberman, declaró que una futura guerra le costaría al presidente sirio, Bashar al-Assad, la pérdida de su régimen. Paralelamente, altas fuentes militares aseguran que el ejército está interesado en iniciar conversaciones de paz con Siria. El ministro de Defensa, Ehud Barak, señaló en el marco de su encuentro con su par norteamericano, Robert Gates, que a Israel le preocupa la influencia negativa de Irán en la región y que es necesario debilitar las relaciones que Teherán mantiene con Siria y con el Hezbolá.

En oportunidades anteriores, voceros israelíes advirtieron acerca del ingreso al Líbano de misiles antiaéreos avanzados y otras armas que modificarían el equilibrio de fuerzas existente entre el ejército y los milicianos del movimiento pro-iraní. Algunos analistas observan que si bien la disuasión actuó efectivamente para convencer a Damasco de que una guerra no es conveniente, en el caso del Hezbolá esa misma lógica condujo precisamente al estallido del enfrentamiento armado.

En el 2006, el movimiento libanés lanzó contra el territorio israelí, durante más de un mes, entre 50 y 200 cohetes. Recientemente, Ehud Barak le dijo al secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, que el Hezbolá cuenta hoy con alrededor de 40.000 misiles. El líder de la milicia chiíta, Hasan Nasralá, sostuvo la semana pasada que los ataques alcanzarán a Tel Aviv y al aeropuerto de Ben Gurión en caso de que Israel vuelva a bombardear Beirut. En una nueva contienda, seguramente el ejército israelí estará mejor preparado, como lo aseguran los portavoces de la doctrina de la disuasión, pero el precio lo pagará nuevamente la población civil, tanto en Israel como en el Líbano.

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