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Los marines desembarcan en Costa Rica

 Por Atilio A. Boron

Con los votos del oficialista Partido Liberación Nacional (PLN), el Movimiento Libertario y el diputado evangélico del partido Renovación Costarricense, Justo Orozco, el pasado 1º de julio el Congreso de Costa Rica autorizó el ingreso a ese país de 46 buques de guerra de la Armada de los Estados Unidos, 200 helicópteros y aviones de combate, y 7000 marines. Lo que Washington le comunicó al país centroamericano fue que la situación imperante en México había forzado a los carteles de la droga a modificar sus rutas tradicionales de ingreso a Estados Unidos y que para desbaratar esa maniobra era preciso desplegar un sólido contingente de fuerzas militares en el istmo centroamericano. El gobierno de la presidenta Laura Chinchilla –estrechamente vinculada a lo largo de muchos años con la Usaid– brindó todo su apoyo y el de sus parlamentarios para responder obedientemente a la requisitoria de Washington.

El permiso concedido se extiende por seis meses; no obstante, esta concesión tiene metas pero no plazos, por lo cual la probabilidad de que los marines salgan de Costa Rica a fines de este año es prácticamente cero. Al igual que lo establecido en el Tratado Obama-Uribe, el personal militar estadounidense gozará de total inmunidad ante la justicia costarricense, y sus integrantes podrán entrar y salir de Costa Rica a su entera voluntad, circular por todo el territorio nacional vistiendo sus uniformes y portando sus pertrechos y armamentos de combate.

Esta iniciativa norteamericana se sitúa en el contexto de la creciente militarización de la política exterior de los Estados Unidos, cuyas expresiones más importantes en el marco latinoamericano han sido la reactivación de la Cuarta Flota, la firma del tratado Obama-Uribe, la de facto ocupación militar de Haití, la construcción del muro de la vergüenza entre México y Estados Unidos, el golpe de Estado en Honduras y la posterior legitimación del fraude, la concesión de nuevas bases militares por el gobierno reaccionario de Panamá, a todo lo cual se le agrega ahora el desembarco de los marines en Costa Rica. Por supuesto, todo lo anterior articulado con el mantenimiento del bloqueo y acoso a la Revolución Cubana y el permanente hostigamiento a Venezuela, Bolivia y Ecuador.

En conclusión, el imperio profundiza la militarización de la región y en los preparativos para una aventura militar de proporciones globales. Con vista a ello, Estados Unidos procura garantizar a cualquier precio el control absoluto y sin fisuras de lo que sus estrategas geopolíticos denominan la gran isla americana que se extiende desde Alaska a Tierra del Fuego, separada tanto de la masa terrestre eurasiática como de Africa y que según ellos desempeña un papel fundamental para la seguridad nacional norteamericana. Es ridículo que se pretenda convencer a nuestros pueblos de que la veintena de bases militares establecidas en la región, a las que ahora se suma el desembarco en Costa Rica, y la activación de la Cuarta Flota tienen por objetivo combatir al narcotráfico. Como lo enseña la experiencia, a éste no se lo combate con una estrategia militar sino con una política social.

La experiencia antes de Colombia y ahora de México (¡con sus más de 26.000 muertos desde que el presidente Felipe Calderón declarase su “guerra al narcotráfico” en diciembre del 2006!) atestiguan que la solución al problema no se resuelve con marines, portaaviones, submarinos y helicópteros artillados, sino construyendo una sociedad justa y solidaria, algo incompatible con la lógica del capitalismo y repugnante para los intereses fundamentales del imperio.

En síntesis: el desembarco de los marines en Costa Rica tiene por objetivo reforzar la dominación norteamericana en la región, derrocar por diversos métodos a los gobiernos considerados “enemigos” (Cuba, Venezuela, Bolivia y Ecuador), debilitar aún más a los vacilantes y ambivalentes gobiernos del “centroizquierda” y fortalecer a la derecha que se ha hecho fuerte en el litoral del Pacífico (Chile, Perú, Colombia, Panamá, Costa Rica, Honduras y México), reordenando de ese modo el “patio trasero” del imperio para así tener las manos libres y la retaguardia asegurada para salir a reafirmar la prepotencia imperial guerreando en otras latitudes.

* Politólogo. Versión completa en www.atilioboron.com.

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