EL MUNDO › LA AVALANCHA DE REFUGIADOS SE CONVIRTIó EN UNA CRISIS SEGúN ACNUR

El drama en la frontera

Unos 75.000 hombres pudieron escapar de Libia y cruzaron al país vecino. Ayer el sistema del cruce colapsó, cuando unos miles lucharon con los tunecinos locales. “La capacidad tunecina de ayuda llegó a su límite”, dijeron.

 Por Robert Fisk *

Desde Ras Jedir, frontera con Túnez

Los libios miraban desde una ventana del puesto de migraciones, asomándose para ver a los 20.000 trabajadores egipcios, bangladeshis, chinos e iraníes que huían apretujados contra la pared de la frontera. Parecían bastante despreocupados, las mangas de las camisas arremangadas, moviéndose a una ventanilla cerca de esta multitud. Ya unos 75.000 han entrado en Túnez, pero ayer el sistema del cruce colapsó cuando miles de hombres, casi todos árabes desesperados por escapar del Estado de Muammar Khadafi, lucharon con los tunecinos locales, quienes –bajo la mirada del ejército– los atacaron con palos y barras de hierro.

Muchos de los soldados tiraban botellas de agua de plástico y galletitas a la masa de refugiados que comenzaban a saltar la pared de la frontera en su desesperación, pasando a miembros de la familia y el equipaje a través de grietas en el cemento. Insoportable es la palabra que venía a la mente ayer. La mayoría de esos 20.000 habían estado sin comida, sin agua y sin dormir durante cuatro días. ¿Cómo es posible que la gente sufra tanto en un simple puesto de frontera?

Josette Sheeran, que se regocija con el título de directora ejecutiva del Programa Alimentario Mundial, miró este océano de humanidad y anunció: “Hacemos todo lo que podemos, estamos trabajando en esta situación. Y nunca es demasiado tarde”. Pero lo era. Sheeran llegó con 80 toneladas de alimentos, la mayoría galletitas, que fueron arrojadas por encima de la pared a la multitud en cuanto ella se fue. Firas Kayal, de Acnur, miró a los jóvenes tunecinos golpeando a los refugiados egipcios, dijo que se había llegado a una crisis en la frontera y que 14.000 refugiados habían cruzado en las últimas 12 horas. “La capacidad tunecina de ayuda llegó a su límite”, sostuvo. “Hoy traeremos dos vuelos de la ONU llenos de carpas para esta gente en Túnez. Ayudaremos a las autoridades locales y a la gente local a trabajar.” Lo que Kayal no dijo, por supuesto, era que los hombres que golpeaban a los refugiados eran “gente local”.

Siguió así todo el día, los hombres apretujados contra el portón, y miles detrás de ellos. Los hombres inconscientes eran llevados por médicos tunecinos sobre la pared de la frontera y dejados uno al lado del otro sobre la arena y sobre el asfalto. Los volvían en sí con agua y enfermeras que los masajeaban. Muchos simplemente se sentaban en la calle, sacudiendo sus cabezas y sollozando. Al atardecer, el ejército tunecino había trepado el portón –literalmente avanzando algunos metros dentro de Libia– para poner alambre de púa a lo largo de la pared. Para la noche, las autoridades tunecinas habían convertido el campo más cercano en una ciudad para refugiados, aunque no sin algo de cinismo. “Cuando los tunecinos llegan en botes al sur de Europa, ustedes dicen que es una crisis”, me dijo un médico bruscamente. “Pero cuando decenas de miles de egipcios tratan de cruzar nuestra frontera desde Libia, ustedes les dan galletitas y se olvidan de nosotros.”

De todas las historias sombrías de ayer, ninguna era más deprimente que la de Adel Jumaa. Era un joven libio que acababa de escaparse por el sur de la frontera tunecina y hablaba de las fuerzas especiales libias en los puestos de control, de altos oficiales de la policía a los que el régimen les disparaba, de gente del oeste de Libia que quería librarse del coronel Khadafi pero estaba desarmada y tenía mucho miedo de dejar sus casas. Los libios que habían hablado con canales de televisión extranjeros por teléfono habían sido arrestados y “desaparecidos”.

Dijo: “Hay un gran puente de este lado de Trípoli y Khadafi puso docenas de misiles en la punta oriental. La gente de seguridad revisó mi auto hasta quince veces en los puestos camineros. Buscaban tarjetas de teléfono, tarjetas PIN, cualquier cosa que tuviera que ver con comunicaciones”. Esta atrocidad surrealista estuvo bien ilustrada para mí cuando, conduciendo de vuelta desde la frontera anoche, escuché al coronel Khadafi en una emisión por la radio estatal a las 17 hora de Trípoli. Acá, para los estudiosos del absurdo, están los contenidos. La “gente de Libia” denunció las sanciones de la ONU. Un “rey” sudafricano le telefoneó al coronel Khadafi. Los Comités Revolucionarios protegerán a la gente de los terroristas de un “grupo muy conocido”. Un comité independiente libio se estableció para averiguar sobre los recientes “disturbios” y lograr saber por qué las organizaciones de noticias extranjeras estaban mintiendo sobre Libia. El pueblo libio “está feliz de defender su revolución y su liderazgo histórico y los logros de su amado líder”. En Benghazi, “la gente que llevó a cabo el 11 de septiembre está asesinando y violando”. Y “un imán denunció a todos los otros imanes que criticaron a su amado líder y a todas las organizaciones de noticias extranjeras que denunciaron al mismo Gran Líder”. Y un “reportero en Benghazi” describió la crueldad de Al Qaida con el pueblo de Libia.

* De The Independent de Gran Bretaña. Especial para Páginal12

Traducción: Celita Doyhambéhère.

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Refugiados egipcios esperan poder escapar de Libia en el paso fronterizo de Ras Jedir, Túnez.
Imagen: EFE
 
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