EL MUNDO › DESACUERDO SOBRE EL MANDO Y EL OBJETIVO DE LA MISIóN EN LIBIA

La coalición se resquebraja

Francia, Italia, Reino Unido, Estados Unidos, Noruega y hasta los Emiratos Arabes Unidos dejaron trascender públicamente sus diferencias en torno de los objetivos de la alianza, quién manda en ella y qué países y organismos la componen.

 Por Eduardo Febbro

Desde París

Las alianzas improvisadas duran poco. La que se construyó a las apuradas para aplicar los términos de la resolución 1973 aprobada por el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas que dio lugar a la intervención militar en Libia se rompió enseguida. Ayer, Francia, Italia, Reino Unido, Estados Unidos, Noruega y hasta los Emiratos Arabes Unidos dejaron trascender públicamente sus diferencias en torno de los objetivos de la alianza, quién manda en ella y qué países y organismos la componen. Ante las reiteradas críticas de la Liga Arabe, de China, de Rusia y de la India así como frente a las agraviosas y contradictorias declaraciones de unos y otros, el ministro francés de Relaciones Exteriores, Alain Juppé, aseguró que el operativo fue un “éxito” y que se evitó “un baño de sangre”. Pero ese parte optimista del frente de batalla abierto el sábado por Francia no dejó en segundo plano la interminable cola de la discordia.

El primer acto de esta opereta lo abrieron ayer por la mañana Estados Unidos y Gran Bretaña a propósito del fin del régimen de Khadafi. La resolución de la ONU no incluye ese objetivo, pero el ministro británico de Defensa, Liam Fox, le dijo a la BBC que Muammar Khadafi podría ser un objetivo “legítimo”. La frase deja entrever que la meta de la alianza es el derrocamiento del Coronel y no la protección de los civiles, que es el mandato que entregó la ONU. Washington reaccionó de inmediato y, a través de su secretario de Defensa, Robert Gates, consideró “insensato” poner la desaparición de Khadafi dentro de los objetivos del operativo Odisea del Amanecer. “Si empezamos agregando objetivos adicionales creo que crearemos un problema”, dijo Gates.

Este cruce de espadas entre aliados puede resultar anecdótico al lado de lo que ocurrió después. Todo parece revuelto en esta Odisea del espacio. Los países árabes, que tenían que integrar y “liderar” la alianza –Hillary Clinton– no están en ella y quien no debía aparecer ni por asomo, la OTAN, va a formar parte de ésta con amplio poder de decisión. La Odisea del Amanecer respira a traje cosido a las apuradas y a pelea entre costureros. Francia admitió el lunes que la cooperación entre los aliados todavía no está “integrada”. La palabra es correcta: es una desintegración.

Prueba de ello, el gobierno italiano solicitó que sea la OTAN quien tome bajo su mando la coordinación de los operativos en Libia, cosa que Francia rechaza tajantemente porque estima, y no sin razón, que la inclusión de la OTAN acarrearía problemas con las opiniones públicas del mundo árabe musulmán.

A su vez, Vladimir Putin, el primer ministro ruso (Moscú se abstuvo de votar la resolución 1973 al igual que China, Brasil, la India y Alemania), declaró que la resolución de la ONU era “deficiente y dañina” y que ésta le hacía pensar en “el llamado a las cruzadas en la época de la Edad Media”.

El primer ministro británico, David Cameron, se pronunció igualmente a favor de la inclusión de la OTAN: “Se está actuando bajo el mando de Estados Unidos, pero la intención es que ese mando sea transferido a la OTAN”, dijo Cameron. París está lejos de compartir esa línea. Francia piensa que la aparición de la OTAN complicaría la cooperación de los países árabes y que, en caso de problemas, éstos se volverían contra la alianza. Noruega le agregó una pincelada más a este cuadro desprolijo. Oslo envió seis cazas bombarderos F-16 al Mediterráneo, pero ayer precisó que estos aparatos no entrarán en acción hasta que su misión específica y el mando al que responden no sean aclarados.

Actualmente, las operaciones de la coalición integrada por Estados Unidos, Francia y Gran Bretaña son “nacionales” y están siendo coordinadas por el cuartel general norteamericano de Ramstein, Alemania, y otro situado en Nápoles, Italia. Lo cierto es que los países árabes brillan por su ausencia. Se habló de Qatar y de los Emiratos Arabes Unidos pero, aparte de Qatar, que prometió contribuir con algunos aviones, ningún otro se ha metido en esta aventura apresurada. Colmo del ridículo, los Emiratos Arabes Unidos aclararon el lunes que el papel que desempeñarán en Libia “se limita estrictamente a entregar ayuda humanitaria”. El domingo, el secretario general de la Liga Arabe, Amr Musa, había dicho que lo que se estaba haciendo en Libia “difiere del objetivo que consistió en imponer una zona de exclusión aérea. Nosotros queremos la protección de los civiles y no que se bombardee a más civiles”.

Sin embargo, tanto la Liga Arabe como el Consejo de Cooperación del Golfo (CCG), donde están agrupados los seis países árabes del Golfo Pérsico (Arabia Saudita, Omán, Kuwait, Bahrein, Emiratos Arabes Unidos y Qatar), habían solicitado de forma solemne al Consejo de Seguridad de la ONU que estableciera una zona de exclusión aérea. Más aún, la resolución aprobada fue presentada por el Líbano.

La tensión es palpable en el seno de la coalición y el resultado de estas incompatibilidades y ratificaciones es que, por primera vez en la historia, una operación internacional se está desplegando sin mando unificado. En Kosovo, Irak, Afganistán o Africa cada vez que hubo un operativo multinacional fue conducido por la OTAN, la ONU, Estados Unidos o la Unión Europea. Esta vez, cada parte evita asumir la responsabilidad.

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Un avión Rafale parte de una base francesa cargado de misiles hacia una misión en Libia.
Imagen: EFE
 
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