EL MUNDO › ¿DóNDE ESTá KHADAFI? > ENTRE LOS COMBATES Y LA INCERTIDUMBRE

Francotiradores en la capital

 Por Kim Sengupta *

Desde Trípoli

El fuego de las ametralladoras interrumpió los cantos patrióticos que salían del gueto acribillado. Verdaderas ráfagas de metralla que hicieron que los combatientes rebeldes se pusieran a cubierto. Uno, apenas mayor que un niño, cayó al piso, la sangre le cubría la cara mientras estiraba sus manos desesperadamente para que dos amigos lo arrastraran de allí. El ataque al distrito de Gargarech fue uno de las muchas breves y brutales refriegas, en Trípoli, el día que Khadafi finalmente fue derrotado. Los revolucionarios, que habían llegado a la capital de Libia durante la noche, eran saludados con alegría por muchos residentes.

La Plaza Verde, en el corazón de la ciudad, fue durante un momento el escenario de una fiesta espontánea. Pero eso se interrumpió por los ataques de francotiradores. La mañana transcurrió tensa bajo una aparente cordialidad. A la tarde, una batalla se desarrollaba en el centro de la ciudad. Desde la terraza del Corinthia, un hotel cinco estrellas usado antiguamente por el régimen para sus huéspedes, se podía ver hombres armados en el piso 12º de un edificio cercano que disparaban hacia el puerto, donde los combatientes de la oposición habían establecido un puesto de control. La respuesta llegó en forma de morteros y de granadas propulsadas por misiles y algunas aterrizaron muy cerca. Los pocos huéspedes extranjeros que quedaban en el hotel habían pensado que ayer sería el día en que habrían podido escapar de su estadía forzosa; la esperanza se evaporó con los disparos. Columnas de humo se elevaban sobre Bab al-Aziziya, la base del coronel Khadafi, donde, se rumoreaba, podía tener su bunker secreto. El complejo había estado bajo el ataque desorganizado de los rebeldes desde las primeras horas. “Día del juicio para Khadafi”, decía una bandera que flameaba. Comenzaron a llegar a gritos las noticias de que los hijos del dictador habían sido capturados. El primer ministro, Al Baghdadi Ali al-Mahmoudi, estaba sitiado por los partidarios de la revolución en un hotel en la ciudad tunecina de Djerba. “Khadafi nos llamaba ratas, pero es él quien está escondido en un agujero”, gritaba Osama Mohammed Sattar, un líder de la juventud voluntaria Shabab, mientras disparaba su Kalashnikov. “Los colgaremos a todos juntos cuando los encontremos.” “Pero la pena capital ya fue abolida en Libia”, se le señaló. La respuesta no se hizo esperar. “Existen las leyes del hombre y las leyes de Dios.

El vocero del régimen, Moussa Ibrahim, dijo que “puede haber una masacre, cientos serán asesinados”, cuando los rebeldes tomaron Trípoli. La acusación, hecha por el vocero de un régimen que reprimió, resultó hueca. Aunque hubo acciones individuales de venganza, arbitraria y despiadada, sobre víctimas indefensas.

De The Independent, de Gran Bretaña. Especial para Página/12.
Traducción: C. D.

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