EL MUNDO › OPINIóN

La ley del revólver

 Por Norberto R. Méndez *

Uno de los iconos de la cinematografía estadounidense, Sam Peckinpah, escribió muchos de los guiones que hicieron célebre a la serie televisiva Gunsmoke, conocida en Argentina como La ley del revólver, un título más indicativo e inteligente de lo que mostraba esta producción hollywoodense: la violencia directa, sin juicio previo, como forma de aplicación de la justicia. Es cierto que ésta era la norma en un siglo XIX que no se caracterizó por el respeto a la ley. El problema es que estas formas perduran hasta hoy, cuando caen las máscaras de un capitalismo de época que puede caracterizarse como la violencia organizada para una re-colonización mundial.

El asesinato del dictador Muammar Khadafi a manos de combatientes irregulares del Consejo Nacional de Transición nos retrotrae a los tiempos de los vaqueros del Salvaje Oeste. Sin embargo, los poderosos de Occidente han elegido para establecer la democracia en Libia a este variopinto conjunto de ex oficiales de la Yamahiría khadafista, de militantes fundamentalistas islámicos (sospechosos de estar vinculados con la red Al Qaida), más algunos grupos menores de dudosa vocación civilizada.

Ya es ocioso repetir que la agresión contra el país norafricano se ha realizado fuera de todas las normas del derecho internacional que la propia ONU propulsó en sus resoluciones en defensa de la población civil, argumento central para justificar un ataque devastador que ha provocado más de 60.000 víctimas. Pero es necesario recalcar que los resultados que arroja la operación Odyssey Dawn agregan mayor inestabilidad y futuros riesgos a una región que se suponía transitando hacia un cambio de régimen democrático. No parece que estemos en presencia del amanecer de una nueva era menos autoritaria, sino más bien frente a un incendio alimentado con nafta.

Los elementos locales que atacaron al líder libio finalmente lo ejecutaron con un tiro en la sien, imposible de ser producto de un intercambio de disparos, como pretenden las fuentes rebeldes. A los pedidos de clemencia implorados por Khadafi, los combatientes jihadistas contestaban vociferando “Allah-hu-Akbar” (Dios es el más grande), contrariando los preceptos del Islam que obligan al trato humanitario de los prisioneros. Estos son los “revolucionarios” que hicieron en el terreno el trabajo sucio que la OTAN evadió, pero cuyos misiles y aviones no tripulados decidieron la suerte de una guerra civil en la cual la alianza atlántica tomó partido, burlando el principio de no intervención en los asuntos internos de los Estados, tal como está inscripto en la Carta de las Naciones Unidas.

Los “buenos” que fueron alentados por las potencias dominantes no parecen ser tan buenos (o convenientes) y sus patrones occidentales buscan salvar la cara anunciando que van a investigar si Khadafi fue muerto en “buena ley”. No es hipocresía, es el realismo del poder “blando” y del poder “duro” a como dé lugar. Son los cánones de un capitalismo en crisis que no trepida en colocarse fuera de toda ley, apelando a las formas más bárbaras porque está en juego su propia supervivencia.

Ya no alcanza con el dominio económico indirecto, vigente hasta el fin de la era de la Guerra Fría, sino que las “nuevas” formas de dominación reproducen extemporáneamente la etapa imperialista que definió Lenin como culminación del proceso avasallador del capital. La crueldad de los asesinos de Khadafi es mera expresión de los tiempos que vivimos y sus protagonistas no son más bestiales que los designios de sus mandantes. Retomar el rumbo del imperio de la ley verdadera debe ser el objetivo irrenunciable para la vigencia de un orden internacional justo y pacífico que deje de lado la “justicia” por mano propia, esto es, la legitimización espuria de la legalidad.

* Doctor en Relaciones Internacionales. Profesor de la UBA.

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